sábado, 1 de noviembre de 2014

ESTUDIAR BALLET: LO QUE SE CREE VS. LO QUE ES.


-Quiero dedicar esta entrada con mucho cariño a mis grandes profesores Leticia Dávalos, Olga Méndez, Luis Maya, Raúl Platas, Guillermo Hernández y Lelis Reyes.- 

Creo que cuando alguien tiene una idea equivocada sobre algo que amamos, lo fácil es ofenderse. A menudo no nos tomamos el tiempo de explicarle a esa persona lo que simplemente desconoce, porque no lo ha experimentado jamás, y por eso hoy me di a la tarea de contarles a todos ustedes cómo es realmente estudiar danza clásica. Aunque lo abandoné y no me dediqué a nivel profesional, pasé muchos años de mi vida inmersa en esta hermosa disciplina, y veo que la cultura pop la ha tratado de una forma un tanto distorsionada -para que me entiendan, algo así como cuando los mexicanos nos vemos reducidos a sombreros gigantescos con adornos que nunca hemos visto en la vida, y tacos tiesos y amarillos del estilo de los que no existen-, y pienso que tengo elementos para derribar ciertas ideas.

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LO QUE SE CREE: 

El ballet es un universo cursi para nenas ñoñas y delicadas, que prácticamente desaparecen entre un océano de tul rosa, flores, brillantina y risitas melosas.


LO QUE ES: 
El ballet es una disciplina física y artística para mujeres (y hombres) con carácter, resistentes y metódicas, a veces hasta rudas. Las nenas ñoñas y delicadas no soportan tres clases sin salir corriendo a lloriquear con su mamá. Lo del tul, las flores y la brillantina, que sólo se usan en escena, tienen que ver con las antiguas concepciones de femineidad, puesto que la indumentaria clásica se remonta a los siglos XVIII y XIX, especialmente a la época del romanticismo, cuando las mujeres usaban vestidos vaporosos y recargados, y a las creaciones de una diseñadora rusa de principios del XX, Karinska, que tenía un estilo particular de bordados complejos, muy de su país. Con todo, los tutús (la faldita que parece un plato alrededor de la cintura) ni son la regla, ni tan exagerados, ni son siempre color rosa, ni de un solo tipo. Lo que podría considerarse cursi proviene de las historias románticas y los seres fantásticos que a veces las protagonizan, pero no necesariamente de su intérprete. El “rosa” de las mallas y las zapatillas en realidad es un salmón pálido, tirando a ocre en ocasiones. Actualmente la ropa de trabajo, como leotardos, y otros accesorios, es negra, blanca, o de otros colores neutros, austera, de telas deportivas, y su único fin es permitir la movilidad y que los profesores vean cada músculo para corregir. De hecho, el tutú es una prenda complicada de confeccionar que mayormente usan las primas ballerinas y solistas. Nunca en más de una década entré a una clase, ensayo o audición donde hubiera un grupo de niñas regordetas con rizos, tutú clásico almidonado y diadema de florecitas. NUNCA. Ahora que tampoco creo que tenga nada de malo ser más empalagoso que una capirotada si a alguien le da la gana, pero es absurdo suponer que así tiene que ser siempre, especialmente en este caso.

LO QUE SE CREE: 
Las chicas que se dedican con demasiado ahínco al ballet están dañadas psicológicamente de algún modo, ya sea porque se esfuerzan demasiado en alcanzar la perfección, no soportan las presiones, son histéricas o quieren lograr un cuerpo esbelto al grado de volverse anoréxicas y bulímicas.

LO QUE ES: 
La danza requiere concentración, repetición constante y equilibrio literal y figurado. La concentración, por definición, es alejar la mente de distracciones, para enfocarla en un punto concreto. Alguien con ardillas en la azotea no puede alcanzar un debido nivel de atención, mucho menos uno tan agudo como el que requieren las artes escénicas, y tendría que abandonar la carrera. Del mismo modo, una persona con tendencia a la ansiedad, o a cualquier tipo de psicopatía, no soportaría repetir cientos de veces un sólo movimiento sin azotarse contra la barra, con lo cual queda claro que la serenidad y la paciencia aquí son condiciones sine qua non. El equilibrio también depende de una mente no sólo sana, sino entrenada. Por ejemplo, te propongo que te coloques en una posición precaria, y le pidas a alguien que te sostenga sólo con el dedo meñique. Notarás que puedes mantenerte en pie, pero que cuando la persona se retira, caes, y te preguntarás por qué antes mantenías el equilibrio a pesar de que un dedo meñique no es un soporte en absoluto. Porque tu cerebro te lo hacía creer. Asimismo, aunque no se puede negar que hay compañeras que se angustian de más por bajar de peso y no deberían, una alimentación correcta es también indispensable para el rendimiento adecuado de cualquier bailarín, y eso me lleva a... 
 

LO QUE SE CREE: 

Todos los hombres que bailan son gais, porque los meros machos hacen deporte.


LO QUE ES: 

Muchos bailarines son gais, lo cual ni le importa a nadie, ni les resta ningún valor, pero en verdad mucha gente se sorprendería si supiera la cantidad de hombres heterosexuales que son bailarines o se han interesado por la danza clásica en algún momento de su vida. Y todos los anteriores, sin importar su orientación sexual, e incluso según el cliché, seguirían siendo machos, puesto que resulta que la danza ES UN DEPORTE. La diferencia es que, en otros ámbitos, el atleta puede darse el permiso de sudar, caerse, poner cara de sufrimiento y hasta llorar, mientras que el bailarín (o bailarina), al doblar su función como artista, tiene que poner su mejor sonrisa y lucir como si estuviera volando entre almohadas de felpa aunque en realidad esté sintiendo el dolor más grande, y seguir adelante como si fuera el príncipe o una sílfide, aun cuando haya sufrido una caída o esté agitado/a. Lo común (y se supone que tendría que ser lo obvio) es que los hombres no usen tutú de ningún tipo, ni zapatillas de punta, y que éstas no se sujeten con listones, con excepciones, como que los bailarines formen parte de un proyecto travesti como Trockadero, o que usen las puntas en clase sólo para fortalecer algunos músculos indispensables como los abductores o los empeines. Un bailarín también debe hacer pesas, porque <inserte música de revelación dramática> las bailarinas no poseen el peso de una pluma, sino el de una mujer estándar, y ellos necesitan estar listos para alzarlas por los aires con seguridad.

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LO QUE SE CREE: 

Bailar de puntitas es bien fácil y los brazos de una bailarina están casi inactivos, como si fueran serpentinas. 
 

LO QUE ES: 

Lo de los brazos es comprensible, porque parece –y debe parecer- que así es, y porque,  en cierta forma, es cierto si se considera que el trabajo de brazos no se compara al del resto del cuerpo. Sin embargo, tampoco significa que no exista. Los brazos deben estar activos todo el tiempo, sin dejar caer los codos, y accionan alongándose desde los omóplatos, lo cual involucra todos los músculos desde el centro de la espalda hasta la punta de los dedos. Pero que alguien suponga que poner todo su peso sobre la punta del pie es fácil, o que la mujer que soporta ampollas, uñas caídas, juanetes y otras protuberancias extrañas y dolorosas sin queja alguna -porque lo vale- es “frágil y delicada”, sí es un proceso de razonamiento que nunca voy a entender aunque viva cien años…
 

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LO QUE SE CREE: Las maestras de ballet son señoritas enchongadas, dulces y distraídas, que sólo hablan abstracciones mafufas como: “Déjense llevar por el viento que roza sus sensaciooneees...”, mientras se balancean de un lado a otro como sauces.

LO QUE ES: Los profesores y profesoras de ballet, unos más, otros menos, son extremadamente serios, rigurosos y técnicos. Por lo regular no se visten ni se peinan como el alumnado, y a veces ni siquiera realizan los ejercicios porque se dedican a observar. Si no sabes la nomenclatura en francés y de todas las posiciones, estás frito/a. En las clases libres, es decir, que no son ejercicios fijos, sino que montan la rutina en ese momento, si no te la aprendes a la primera, con suerte a la segunda, estás frito/a. Si conversas con el de al lado, te recargas en la barra, te sientas, cometes un error de postura que se supone que tendrías que haber aprendido en tu primera clase, te fuiste para el lado contrario en la coreografía… vas tan frito/a que te carbonizaste, si no es que ya te echaron del salón, previa humillación pública, dos errores atrás. Antiguamente, algunos llevaban un bastón con el que castigaban a los despistados... y sí, joven noventero, yo también estoy pensando en esto hace renglones:
(Imagen de lolmanagement.com)



LO QUE SE CREE: Sólo una joven delgada, espigada, alta y blanquita puede ser una gran bailarina y aspirar a ser solista.

LO QUE ES: Como la joven delgada, espigada, alta y blanquita que soy, te aseguro categóricamente que esa es una total y absoluta mentira. Ni tener esos atributos físicos te garantiza tener el talento para bailar, ni carecer de ellos te impide lograr la excelencia. En todos los casos es la constancia, la pasión, la gracia y el empeño los que llevan a buen puerto. Por supuesto, de patrañas racistas, ni hablar. Esta clasificación es injusta para todas, porque a estupendas bailarinas las condena sólo por bobadas como “no tener suficiente cintura”, pero también porque a las que poseemos aquellas características nos restan mérito, y lo digo porque yo inicié con la flexibilidad de un tronco, debido a mi herencia genética, y mi avance a menudo se le atribuyó a mi complexión, no al enorme esfuerzo que hice cada día. Pero en fin, la forma y el color del cuerpo no importa, sino lo que haces con él después.

BONUS: 

LO QUE SE CREE: Que los listones se colocan de esta forma tan coqueta:
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LO QUE ES:  No son sandalias de gladiador, ni alpargatas. Los listones son para sujetar, no solamente de adorno, y se atan a la altura del tobillo, nunca más arriba, porque eso podría ser hasta peligroso.



Para demostrar que no hay condicionamientos que valgan, y cerrar esta entrada derribando todas las concepciones erróneas de una forma más elocuente que cualquier cosa que pude escribir aquí hoy, está Misty Copeland, una prima ballerina que empezó a una edad tardía, y es curvilínea, morena, fuerte, sensual y fabulosa.




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sábado, 4 de octubre de 2014

DELÍRIUM TRÉMENS


No hagas más -ordena el cemento- quédate sentado, pero sentado es aquel que carece de pedúnculo, y pereza es de salud antónimo, así que él juega solitario con las cartas de su pasado, y bajo sus ojos se derrite el músculo. Todos lo conocen, pero su nombre en sus propios labios es: Anónimo.

La citosina arde si le agregas más nitrógeno, de adentro hacia afuera le inflama el fuego alucinógeno, ya apesta a muerte su estera, pues todo espectáculo llega al final, telón estupendo y fatal, soso y asombroso, pasmoso y ominoso. 

Su cerebro corrompido haría crecer verdura fresca, perfecta para su ragú de miseria: en su carne setecientas muescas, rellenas de espíritu en julianas.

No hay luz a través de las persianas. No hay ventana ni puerta para el borracho anacoreta.


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sábado, 27 de septiembre de 2014

BAJO SU PIEL 6

Capítulo final: Azucena es el cofre del tesoro.

 

¿Alguna vez le ha pasado que se le cae un objeto de cristal y se estrella con excesiva fuerza  contra el suelo? Aunque se recuperen todas las partes, ya sólo se puede intuir la forma que solía tener. Eso se puede decir de esta historia. No obstante, el resultado fue congruente. Creo que sería aburrido detallar cada testimonio y objeto que jugó el papel de astilla desperdigada -para seguir con la analogía- pero éste fue el resultado, y debe estar  cerca de la verdad completa, ya que se llegó a lo que importaba: la ubicación de los antiguos tesoros de nuestra tierra.  

La señorita Azucena Blancarte encontró el secreto de Joaquín, y descubrió que llegaba a la casa del doctor Enríquez y la que actualmente pertenece a los Ayala, pero que entonces era morada de otra familia, de la cual formaba parte un joven cadete. No se sabe si sólo por su cumpleaños, o con pretexto de encontrar esposo y no seguir en manos de su “tío” viudo, Azucena convocó a una fiesta, y eligió como pretendientes precisamente al doctor y al cadete. Pero en realidad lo que buscaba era a los cómplices perfectos para trasladar las riquezas paulatinamente a su dueño original: el pueblo. ¿Qué cómo es que  se demostró que Azucena y sus dos amigos no querían quedarse con todo? Porque el status económico de los tres al parecer no varió (del cadete no se sabe mucho, excepto que terminó sus días debajo de nuestro patio), porque no huyeron en los muchos años que duró su plan, y porque al estallar la guerra ese plan se transformó en uno nuevo e igualmente noble: ayudar a las personas a resguardar a sus familias y sus bienes. Entre ellos estaba el dueño de una tienda de pianos, que se construyó una bodega, por ejemplo. Tanto tiempo estuvieron subiendo y bajando a construir refugios allí, que hasta terminaron aprovechando el salón abovedado sin terminar del cuarto brazo del túnel para hacer un salón de fiestas. Así, mientras sobre su cabeza se fraguaban los horrores bélicos que inspiraron a Mariano Azuela, ellos danzaban y convivían, para fantasear por un instante con que no se les había desmoronando  la vida. No sólo era una fortaleza de protección para un nutrido grupo de ciudadanos, sino también un escape de su realidad brutal. 


En cuanto a los bienes que Azucena le confiscó a Joaquín, en nuestras casas no había nada, así que en alguna cámara subterránea tenía que estar el sitio donde se guardaban los preciados objetos. Tras revisar cada intersticio, los antropólogos encontraron en aquel salón en ruinas que, debajo de la pata de lo que solía ser otro gran piano, la última loza del suelo de mármol tenía una pequeña cerradura. Por supuesto, lo “fácil” era destruir el piso y olvidarse de la llavecita que abría la trampilla, pero este descubrimiento ya es patrimonio de la nación, la estructura del salón está, de por sí, dañada por la naturaleza, y, como les comenté, están pensando en aprovechar este bonito lugar como atracción turística. Además, en teoría sabíamos dónde estaba la llave: bajo la piel de un muslo de Azucena. El problema es que en 1921 encontraron el cuerpo acribillado de  Joaquín, en una casa ya prácticamente vacía, pero el de ella, jamás. Obviamente, el cadete iba a darle el mensaje al doctor de dónde estaba Azucena, cuando él mismo fue alcanzado por algún grupo armado que había descubierto el recinto. “Detrás del ar…”, decía lo que alcanzó a dibujar en la pared, ¿ar …mario? Es posible que el doctor no lo haya visto, pues decidió sellar la entrada para siempre, seguramente lleno de dolor por el desenlace trágico del intento por salvar a su localidad, o por lo menos alguna parte de ella, o simplemente por su propia seguridad. Luego se vino encima el resto del siglo XX, y el doctor calló, hasta que su demencia  le sacó fragmentos de la gran aventura. El caso es que “armario” era lo más lógico, pero en la que fue casa de Azucena ya no quedaba ni un vestigio congruente de mobiliario, y en las nuestras ya se había cambiado como cinco o seis veces a lo largo de generaciones, ni las paredes no estaban huecas. Tal vez era un esfuerzo inútil y Azucena huyó. Eso sospechábamos, cuando, en la habitación subterránea en cuya pared pendía el retrato desolador de unas niñas, por fin encontraron detrás de lo que al parecer era, en efecto, un armario, un ataúd empotrado en la pared de ladrillo. Adentro estaba el esqueleto de una mujer con un vestido casi intacto, y, recargada en su fémur, la llave. Por fin, los cuerpos de Azucena, el cadete desconocido, y ciento y pico personas que murieron por impactos de bala, o (se presume) inanición, tuvieron un entierro digno, y la pesada loza de mármol descubrió el tesoro local que por largo tiempo cobijó. Ojalá que esto sea un símbolo de que las cosas se pondrán en orden, que nuestros muertos descansarán y el dolor se irá de nuestra tierra, pero a veces ya no sé si es pedir demasiado. En fin... muchas gracias por su atención.
 

 

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sábado, 20 de septiembre de 2014

BAJO SU PIEL 5

Capítulo 5: El vagabundo.

—¡Pero claro!—le insistía la señora Carlota a papá en el comedor, a la vez que se acababa todos los cacahuates. — Tú y yo nos conocimos cuando ustedes se mudaron aquí. Sí, claro que éramos niños, y ahora estamos viejos, pero…
La excelente memoria de Carlota Enríquez ya tenía a mi padre hasta el gorro, pero a los historiadores les fue de mucha ayuda más adelante. Ellos, en ese mismo momento, liderados por la brillante doctora Grecia Jiménez, trabajaban en la sala, y nosotros no nos dábamos abasto atendiendo a la tropa de extraños que invadieron nuestra casa.
Como les decía, la teoría se desarrolló a partir de dos pistas: una, la que aportó la nieta del doctor Enríquez, que implica que había una especie de conspiración entre él, la señorita Azucena Blancarte y otros amigos de ambos, para proteger una llave, o, más bien, lo que ésta resguardaba, y otra, que encontraron a otro lugareño cuya madre, al contarle la típica leyenda de que en el bosque se aparecía Azucena porque nunca encontraron su cuerpo, mencionó que los Blancarte venían de Puebla. En aquella ciudad, la investigación de la doctora Jiménez sacó más datos de esta familia, pero el interesante fue uno sólo: que Joaquín Blancarte era un pobre diablo sin un centavo en el bolsillo. Es más, era un borracho vagabundo, que probablemente salió huyendo de Puebla hasta llegar aquí tras haber cometido algún crimen. Otra de las cosas que sospechan es que Azucena no era su sobrina, sino alguna pobre niña que raptó, ya que no es posible que sus familiares le encomendaran una hija, considerando sus antecedentes. Pero lo mejor es lo que sigue. Cuando le realizaron el método de datación por radiocarbono a las paredes del túnel, descubrieron que, exceptuando las cámaras, éste tenía una antigüedad de aproximadamente doscientos años, es decir, era de la época de la Independencia, mientras que las habitaciones sí correspondían a la Revolución.

En cuanto a los puntos donde el pasadizo desemboca, en lo que hoy es nuestra casa se encontraba el ayuntamiento y tesorería del poblado A, inmueble que derribaron hace más de cien años, después de lo cual los Enríquez compraron ese terreno. El ayuntamiento del poblado B era lo que hoy es la súper-papelería  y casa de los Ayala, que permanecía en pie, casi tal cual, desde el siglo XIX. Lo que casi con seguridad ocurrió es que Joaquín Blancarte vagaba por el monte cuando se encontró con la primera boca del túnel, y descubrió que podía meterse a los ayuntamientos cuando quisiera y robar los tesoros poco a poco. A partir de allí, los poblados se acusaron mutuamente, ignorantes de esta peculiar realidad. Más tarde, Blancarte se hizo pasar por recién llegado, como una especie de conde de Montecristo malvado, y construyó su casa en el bosque, no por el desprecio que decía tenerle a la gente a costa de la cuál se enriqueció, sino porque allí estaba su gran secreto: la entrada del túnel. Estuvo casado un tiempo, hasta que su esposa falleció de neumonía, por lo cual una hipótesis es que hizo pasar a Azucena como su sobrina para salirse con la suya de tener una amante más joven bajo el mismo techo, y seguramente sin su consentimiento, a juzgar por la cháchara del doctor Enríquez. Sí, señor, a mí también me suena a villano de telenovela, pero la verdad  es que tiene sentido, y de algún lado se tuvieron que inspirar para los villanos antes de que fuera un cliché, ¿no? En fin, lo que el tipo no sabía era que la presencia de Azucena echaría a perder su perfecto atraco.

CONTINUARÁ... 

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sábado, 13 de septiembre de 2014

BAJO SU PIEL 4

Cápitulo 4: El mensaje que se retrasó un siglo.

 

Si intentara describir cómo se cuela el perfume de la muerte entre los poros al entrar a esa casa, no sería posible que lo entendieran. No es que sea tétrica, ni me refiero al olor a humedad y bosque tan penetrante, sino a lo contrario, a la ausencia de algo descriptible o tangible. Sencillamente allí ya no queda nada, pero el vacío no se puede poner en palabras. Tampoco quedaba nada en cuanto a bienes materiales, seguramente la saquearon a lo largo de tantos años. La presencia de vándalos también se delata en los graffitis obcenos, y, sin embargo, la elegancia delicada del edificio aún se percibe. 

Cuando Erminia vio aquellas pintas, le vino el recuerdo de  la primera vez que descendió al túnel, particularmente del letrero que decía "La señorita Blancarte está detrás del ar..." y, al que le había tomado una fotografía con su teléfono. Parecía escrito con sangre, pero no nos quisimos poner dramáticos o demasiado morbosos. Ahora estábamos en la casa que era de ella. La sensación que nos daba era de haber encontrado las piezas de un rompecabezas, claramente relacionadas entre sí, pero que no lográbamos unir. Las luces rojiazules de una patrulla iluminaron el techo. 

Y bueno, pues ya llegados a este punto, confieso que nunca llamamos a las autoridades, sino que ellos nos descubrieron porque la pareja de la papelería dio aviso cuando mi padre y su esposa surgieron de un agujero en el suelo, pero eso no significa que no hayamos pretendido hacerlo. La policía vigiló a mi padre y a los Ayala todo el día, y luego los siguieron en su auto cuando se reunieron con nosotros en la casa en ruinas.Cuando llegamos a nuestro hogar, ya tenían acordonada la zona, así como las otras tres bocas del subterráneo, había prensa, y las personas del Instituto de Antropología estaban trabajando, Dios sabe desde hacía cuantas horas. Por poco nos arrestan, pero les explicamos que no habíamos hecho nada malo, y les contamos esta misma historia. La nota en los periódicos nacionales e internacionales salió al día siguiente, y fue así como apareció en el pueblo una señora que tiene más o menos la misma edad que mi padre, y dice recordarlo, aunque él a ella no, una tal Carlota Enríquez.

Después de leer una reseña sobre el descubrimiento, ella recordó que su abuelo, oriundo de estas tierras, que había sido un doctor reconocido en su época, pero que terminó con demencia senil y falleció cuando ella aún era niña, les había contado que la señorita Azucena Blancarte era realmente bella, pero, sobre todo, gentil y divertida, y que él en sus años mozos la pretendió. Sin embargo, la mente fragmentada de este hombre hacía que la historia consiguiente sonara ridícula e inverosímil, o, por lo menos, demasiado enredada, y la constante insistencia en que había puesto "la llave en la entrepierna de Azucena", lo cual parecía algo sexual, hacía que la madre de la señora Carlota lo hiciera callar y llevara a los niños a otra habitación. Sin embargo, aquella histora absurda ahora tenía cierto sentido para Carlota. El gran salón bajo la tierra, el almacén secreto de pianos, y muchas otras cosas que parecían los delirios de un loco, ahora se presentaban ante sus ojos como datos reales en todos los periódicos. Pensaba que lo de la llave no era un eufemismo, sino algo más literal, en especial porque una vez, mientras la madre la llevaba escandalizada hacia otra parte, el abuelo gritó "¡No lo entiendes! ¡La llave está bajo su piel! ¡Tienen que buscarla bajo su piel!". Con esta anécdota fue que todo se empezó a aclarar. 

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CONTINUARÁ...

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sábado, 6 de septiembre de 2014

BAJO SU PIEL 3


 Capítulo 3: De visita en aposentos de la alta sociedad.

De acuerdo, tal vez exageramos un poco al decir que no habíamos tocado nada, y sí, admito que en realidad no llamamos a las autoridades en el momento pertinente en absoluto, pero eso no nos resta ni un ápice de honestidad, damas y caballeros. Creo que a cualquiera lo hubiese vencido la curiosidad con un descubrimiento así. Formamos una comitiva entre nosotros, y el hijo de los Ayala y su esposa, y nos decidimos a revisar el resto de los pasajes secretos el siguiente fin de semana. No olvidamos pensar en llevar comida, medicamentos, linternas, teléfonos y algunas herramientas, y los Ayala ofrecieron un par de tanques de oxígeno, por si acaso. Lo primero que hice con mi hermano fue investigar de dónde provenía la ventilación del túnel. En este pueblo hay muchos baldíos y calles destrozadas y caóticas, y allí fue donde descubrimos los pequeños escapes de metal, algunos ingeniosamente camuflados como alcantarillas, pero la mayoría eran tubos nada discretos que surgían del suelo sin razón aparente, y que, no obstante, a nadie le llamaron la atención jamás. Muchos otros seguramente quedaron obstruídos por la pavimentación, y por eso hay tramos casi sin aire que respirar. Nos dividimos en dos. Los que transitarían  por el túnel que iniciaba en la papelería Ayala, y los que exploraríamos el de nuestra casa. A mí me tocó bajar en el segundo equipo, junto con Domingo, Erminia, y mi esposo.

Un día antes, los Ayala también hicieron una investigación previa, para saber si había alguna pista en el registro histórico del pueblo. Lo que encontraron, y los que pusimos atención en la escuela ya sabíamos, fue que hace más de un siglo, poco antes de la Revolución, había dos pueblos pequeños aquí, que en la actualidad están fusionados en uno, y antagonizaban porque se habían acusado mutuamente de robo, pero sus rencillas se volvieron triviales cuando estalló la Revolución. En ese momento, la información no nos dijo gran cosa sobre el túnel, excepto lo que cualquiera conoce, y que ya sospechábamos: que en los grandes conflictos de este país, un método recurrente para conspirar es construir pasadizos. También se toparon en Internet con el nombre de Joaquín Blancarte, un hombre extremadamente rico que había erigido su mansión en mitad del bosque para no mezclarse con el vulgo, y que vivía con su sobrina tras la muerte de sus padres, pero eso si de plano no lo relacionamos. Fue hasta más tarde que lograríamos unir las piezas de información.

En la expedición, Erminia se quedó en nuestro grupo, y papá en el de los Ayala, porque ellos serían algo así como nuestros guías, al menos en la primera mitad del trayecto. Con suerte nos encontraríamos en la intersección. Calculamos el tiempo para intentar que así fuera, pero no se logró. Con nuestros propios ojos vimos aquellas escenas detenidas en el tiempo, desintegrándose poco a poco, los objetos personales, los pianos, las esculturas y los esqueletos, y en silencio desde luego que reflexionamos sobre el destino de nuestra propia vida, que se quedaría sepultada en la eternidad del olvido de la misma manera. Nuestro corredor era inmensamente largo, y en él continuamos explorando multitud de habitaciones después de llegar a la encrucijada, algunas hasta tenían vestigios de cocinas antiguas. Era algo así como una ciudad subterránea, o por lo menos un condominio. La teoría más factible es que se trata de un refugio. Mientras tanto, papá y los Ayala tenían ante sí una caminata más breve, y más agradable, ya que encontraron al final un gran salón en ruinas, que había sido de una elegancia exquisita, y hoy es un sitio excepcional, que alberga un río subterráneo que se abrió paso entre el suelo cuarteado, y varios árboles y más vegetación que crece de milagro entre los pilares de mármol hasta el techo abovedado, donde buscan la luz frugal que entra por los escapes, que allí, a diferencia de los demás, tienen un hermoso trabajo de herrería. Después supieron, pues la salida estaba sólo unos metros más adelante, que la bóveda sobresale en mitad del campo, pero estaba oculta entre la hierba y alejada de la carretera y los poblados. Parece ser que ahora el Ayuntamiento quiere hacer de este lugar un punto turístico. Como sea, al grupo de mi padre le pareció un lugar místico, y se quedaron allí a cantar y meditar, o algo así les entendí, hasta que recibieron nuestra llamada para que se reunieran con nosotros. También habíamos encontrado algo al subir la escalinata final: la mansión de los Blancarte, en pie -bueno, algo ladeada-, en medio de los árboles salvajes, custodiando sus secretos desde aquella época en que vivió Emiliano Zapata.
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CONTINUARÁ...


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