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"Me visto para matar, pero con buen gusto" |
Existe una situación peculiar en la vida en que algo parece
perseguirnos de forma fortuita y, sin embargo, con una misteriosa lógica
que, por decir lo menos, resulta increíble. Para mí, ese algo que me sigue a todos lados es el famoso concierto de Queen en Wembley, grabado en 1986. Por
inverosímil que parezca, suele encenderse en alguna pantalla cada vez que me
encuentro en un momento difícil, tan infalible y constantemente, que ya podría
decirse que espero y sé que cuando algo turbe a mi corazón, allí estará Freddie
para cantarle.
A pesar de ese raro y hermoso fenómeno -que espero no haber
arruinado al tomar plena conciencia de él, y quemarlo públicamente- confieso lo
inconfesable para una fanática de hueso colorado: nunca me había tomado el
tiempo de ver el concierto de principio a fin y sin interrupciones. Menos mal que eso cambió este
domingo, en que desempolvé mi copia del DVD (tengo la versión publicada en
2003).
La conclusión que saqué después de casi dos horas de felicidad paroxística y cantos neurasténicos que hicieron ladrar al perro de los vecinos, fue: “esto merece, como mínimo, que me tome el trabajo de escribir una entrada, no es que ya esté sobado el tema, ni mucho menos”.
La conclusión que saqué después de casi dos horas de felicidad paroxística y cantos neurasténicos que hicieron ladrar al perro de los vecinos, fue: “esto merece, como mínimo, que me tome el trabajo de escribir una entrada, no es que ya esté sobado el tema, ni mucho menos”.
Todo comienza con una especie de alardeo de la magnitud del
evento, común en los conciertos grabados de cualquier banda, con el montaje en
cámara rápida del tremendo escenario, las luces, el sofisticado equipo de
sonido, muñecos inflables, pantalla y demás parafernalia, que nos prepara para
el tour de force prometido en Let me entertain you, y que sin duda nos
harán efectivo a continuación. Durante este prólogo, suenan los gritos de la multitud,
mientras se ilustran los empujones que se propinaron para entrar al recinto, y cuando comienzan los primeros acordes de OneVision casi nos hacemos pipí ante la expectativa de un show intimidante y fenomenal. Así ocurre, excepto por
lo de intimidante, porque lo curioso del asunto es que, a pesar de tanto
despliegue, y todos esos armatostes colosales que amenazaban con romperle el
cráneo a alguien a la menor falla, la sensación es en todo momento de una
deliciosa intimidad, como si cuatro amigos queridísimos de siempre nos tocaran
con toda confianza en la sala de nuestro hogar.
…O DE SINVERGÜENZA SE PASA.
No voy a continuar describiendo cada canción y movimiento, porque asumo que conocemos hasta el último pestañeo de Freddie en esa bella tardecita, y si no, de cualquier forma es mejor verlo, narrarlo no tiene chiste.
Lo que me limitaré a comentar es que, para todos aquellos que
hemos sentido el llamado a colocar nuestros pies en el terreno sagrado del escenario,
sea la disciplina que fuere, ver y analizar el desempeño de Freddie es muy
recomendable, si no es que obligado. Como en la clase más elocuente y precisa de
expresión corporal y vocal, aquí tenemos la mejor cátedra de lo que está
esperando la audiencia de un intérprete. Él deja clara la diferencia entre el
artista escénico que trabaja para sí mismo, y el que se pone al servicio del
público (postura que él definiera en su encantador lenguaje procaz como “soy
una prostituta musical”). Sabía escucharlo y adaptarse a lo que está pidiendo, lo cual tiene
una importancia cardinal. Eso no impide que haya tenido las notas, letras, desplazamientos y gestos bien calculados (recuerdo, con gran temor
a equivocarme, que ensayaron alrededor de un mes), pero es precisamente la suma
de las dos partes: rigurosa preparación y flexibilidad ante la disposición de cada auditorio, lo
que cambia el nivel de calidad de un espectáculo, no importa de qué tamaño o
importancia sea.
En cuanto a May, Taylor y Deacon, creo que el excesivo brillo
de Mercury a veces nos hace olvidar que cada uno de ellos tenía luz propia, cosa
que no ocurre en todas las bandas, y es justo remarcarlo. Para muestra, uno de los
momentos inolvidables en esa ocasión es el solo de Brighton Rock de Brian May, con la
aliteración mágica del sonido, de por sí único y virtuoso, que mana de la Red Special; la presencia de John Deacon
es discreta, pero imprescindible, como si fuera un cimiento; y la voz,presencia y energía de Roger Taylor me parecen mejores que los de muchos frontmen que se sienten la última
Coca-Cola del desierto… sólo que estar sentado detrás de Freddie no era el
mejor lugar para destacar.
En fin, para no redundar en un asunto sobre el que se han
escrito un mar de loas, críticas y reseñas, hacia el final descubrimos que
estamos presenciando el acto de (auto) coronación más merecido en la historia
de Inglaterra, y lo único que una puede exclamar mientras hace una graciosa genuflexión
cortesana es DIOS SALVE A LA REINA.
Vanessa es un gusto leerte
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