Mostrando las entradas con la etiqueta El Efectista. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta El Efectista. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL EFECTISTA, parte 5.

Un lagarto cocainómano que se sentía Harold Pinter. 

El cadáver estaba en pésimo estado, ya que, además de la descomposición avanzada, Zaratustra se había comido casi la mitad. Lo encontraron porque el gerente del mini-súper se dio cuenta de que su cliente misterioso no había pedido en varias semanas la despensa que sin falta le entregaban todos los miércoles desde hacía más de diez años. La choza, que por fuera parecía miserable y deshabitada, por dentro estaba impecable y tenía todo lo necesario para vivir más o menos cómodamente. No obstante, al abrir la puerta por vez primera, surgió de adentro el perro furioso, que se abalanzó contra un agente de policía, causándole una severa herida en la oreja. Otro oficial mató de un balazo a Zaratustra antes de que le despedazara la yugular a su compañero, lo cual más tarde trascendería en los periódicos, y daría ocasión a una oleada de protestas en las redes sociales, que incluían conmovedoras imágenes del pobre animalito indefenso abatido por la policía. Cuándo el comandante vio aquella mordida espantosa, reconoció de inmediato a las de tres víctimas que habían fallecido cuatro años atrás, precisamente en la calle que estaba atravesando la carretera, donde ahora había en su lugar una empacadora de granos. Confirmó que habían encarcelado a un hombre inocente, como ya lo sabía en el fondo, al igual que todos.

Adentro de la pequeña casa encontraron los papeles de identidad de un tal Jorge Luis Antúnez Cosío, cuya causa de muerte fue suicidio. Sobre el escritorio, cerca de una computadora obsoleta, estaba la siguiente carta escrita a mano:

Quien quiera que sea:

Estoy seguro de que usted no sabe quien era yo, y probablemente ni siquiera tenía la más mínima noción de mi existencia. No negaré que tampoco me interesó integrarme a su insulsa comunidad en ningún instante de los dieciocho años que llevo viviendo en esta casa, pero también es cierto que nadie repara en nadie mientras no le sirva para algo, y, para muestra, sé que usted llegó aquí hasta que mis proveedores de alimentos prescindieron de mi dinero.

Confieso a través de esta nota suicida haber sido el responsable, en parte, de los sucesos en la calle Farol hace cuatro años, y me da mucha pena no creer en el más allá, porque desde el infierno me estaría riendo ahora mismo de los formidables "investigadores" que procesaron a un beodo enclenque por algo que fue, más que evidentemente, efectuado por un forzudo animal. A continuación, explico lo ocurrido, con la menos sincera expectativa de que mi lenguaje sea entendible en el futuro para los cerebros simiescos del cuerpo policíaco de este pueblo y la parodia de abogado que se consiguió el infortunado borrachín.

Estuve observando a la gente que vivía en esa calle desde hace mucho tiempo, y lo que puedo expresar, además de que era tan fascinante como ver ratones empujando corcholatas en un laberinto, es que entre ellos existía, no sólo la típica indiferencia cordial, sino un profundo desprecio reprimido. Además, casi todos esos personajes tenían su particular versión de una burda puesta en escena de virtud, y se me ocurrió que aquellas escenografías hechas de palillos solo necesitaban un empujoncito para desplomarse. Desde luego, aclaro que mi intención no fue darles una lección reformadora, puesto que yo mismo practiqué la indecencia asidua y gozosamente, sino probar la teoría de que hacen falta pequeños detonadores para sacar los miedos de sus húmedos escondrijos y, sobre todo, para entretenerme a sus costillas

Defino brevemente a algunas de mis víctimas: Gómez habitaba la casa seiscientos, y no era más que un pobre alcohólico que amenazaba a su mujer cada vez que podía, pero que en el fondo le tenía terror y se sentía inferior a ella; la señora, entretanto, parecía encontrar el verdadero placer de sus encuentros con el holgazán del seiscientos siete en hacerle la vida imposible a Gómez, más que en el acto carnal. Los hippies de la quinientos nueve -José y Flora, se llamaban- eran un clásico ejemplo de esos intelectuales autosuficientes que siempre tienen algún irritante consejo práctico para cada ocasión, mientras que su vida es una bomba de mierda que les explotó en la cara, y sólo pueden disipar el olor con el incienso falaz de los narcóticos. Los leí mejor que a ninguno, porque exactamente así era yo en mi juventud. Martina era una beata que vivía en la quinientos ocho, y creo que era la antítesis de José y Flora… o no, más bien se les parecía mucho, sólo que su vicio era la religión, y sus irritantes consejos, en lugar de sapiencia, destilaban moralina. Su casa estaba en medio de las de Tess Conway y Lorna Burgos. Tess se había jubilado y, según ella, vino aquí para descansar y vivir en paz. No obstante, vivía  preocupada por su seguridad a un nivel patológico, y tenía fobia a que invadieran su espacio, lo cual contrastaba con su amabilidad extrema y mofletes rojos de ingenua. Lorna era una mujer peleonera y brusca, que confundía su ramplonería con “ser una guerrera de la vida”; Guillermo, su mocoso, se sabía el consentido, y por ello se esforzaba en parecerse a lo que ella suponía “encantador”, es decir,  rutinas de foca circense y clichés de buena conducta fáciles de fingir y memorizar. Cuando mami le daba la espalda, era tan pendenciero como ella, perezoso y un adicto más, sólo que a los videojuegos. El padre estaba allí, pero bien podría no haber tenido rostro, o derretirse en su sofá, y hubiera dado lo mismo. La única que parecía auténtica y pura era la pequeña Tatiana. No recuerdo la última vez que supe de alguien tan incorrupto, pero apuesto a que ahora que es adolescente se está volviendo tan miserable como lo somos todos.

Lo único que yo hice fue desestabilizarlos y provocar que empezaran a comunicarse un poco más entre sí, utilizando efectos bastante pueriles y sencillos. Una noche calurosa, paseaba con Zaratustra, mi queridísimo perro, quien seguro ya le dio a usted la bienvenida a mi hogar que usted se merece, cuando noté que la ventana de Guillermo estaba abierta de par en par. Cuando me asomé, el chiquillo no estaba en su cama. Luego, observé que dejaba la ventana abierta todas las noches y se levantaba a mear a la misma hora. Adapté dos dispositivos a control remoto que hacían brincar un juguete, y los coloqué atrás de las patas de su cama. Me la pasé la mar de bien esa noche, haciendo rebotar la cabecera. Cuando salió corriendo con su mami, los retiré para que no descubriera el origen de las sacudidas. En otra ocasión, cargué una escultura terriblemente fea y pesada que habían hecho José y Flora en la orilla de la carretera, y sólo tuve que colocarla frente a su puerta y tocar el timbre. El LSD en el organismo de José hizo el resto del truco.

En uno de nuestros paseos nocturnos, Zaratustra se orinó en un dispositivo de seguridad de Conway, y ello produjo una descompostura que hacía que el cachivache soltara sonidos muy desagradables. Me di cuenta de que al pisar un cable, el sonido paraba. Me disponía a ir por el hacha para cortarlo, cuando vi a Conway incorporarse en su cama a través de los barrotes electrificados que la separaban del mundo. Pisé el cable, y volvió a acostarse porque el sonido había cesado. Solté el cable, y se sentó de nuevo. La coreografía se repitió varias veces, y luego dejé caer una piedra pesada sobre la conexión. Les hice tonterías similares a todos durante un tiempo, hasta que perdieron la gracia.

La última vez que llevé a cabo mis bromas, amarré a Zaratustra en el poste de un tendedero en el patio trasero de Martina. Proyecté la sombra del perro, porque daba un efecto diabólico al dirigir la lámpara a contraluz y de una determinada manera, para la cual tenía que alejarme. Con Martina eso bastaba, e incluso menos, para tenerla rezando el rosario toda la madrugada. No pudo más y salió enarbolando un crucifijo y tirando agua bendita. Ocurre que Zaratustra es aún más misántropo que yo, lo cual es mucho decir, por lo cual no duda en atacar a cualquiera que ose invadir su campo visual. No habían pasado quince segundos, cuando rompió el poste con fuerza descomunal y le saltó encima a Martina. Corrí a detenerlo, pero fue muy difícil separarlo de su presa. Cuando por fin tomé el control de la correa, era tarde. Martina me miró a los ojos un instante, y falleció. Mentiría del todo si digo que me impactó o conmovió. En cuanto a la infiel y su compañero, intentaron allanar mi casa, creo que supusieron que estaba vacía, en medio de un delirio etílico, y terminaron abatidos por mi fiel guardián, en especial porque el tipo lo provocó lanzándole piedritas y gritándole imbecilidades, mientras que la otra se reía como urraca. Zaratustra los mató rápido porque los atacó directamente en el cuello, y sin soltar un solo ladrido de advertencia. Moví los dos cuerpos a la calle Farol, con cuidado de no dejar huellas, únicamente porque no quería que me molestaran cuando fueran a recogerlos. Lo demás sucedió sin que yo tuviera nada que ver.

Al final, las cosas no salieron como yo creía, sino mejor, porque comenzaron a temerse y reñir, hasta que la calle se desocupó. José y Flora necearon en quedarse, pero su última alucinación, en la que vieron parir a su musa, aunque tiene pinta de haber sido perpetrada por mí para correrlos, no lo fue. Simplemente estaban así de pasados.

El día en que la última familia feliz terminó su mudanza y la calle se quedó vacía, me sentí muy satisfecho con mi nueva soledad absoluta. Salí a caminar, aunque odio el sol y procuro evitarlo si no tengo algo que comprar en la ciudad. Tatiana advirtió mi presencia y le sonreí, ante lo cual ella respondió asustándose de muerte .

No tengo más que decirle, excepto que deseo que dejen que los buitres se den un festín, tiren mi cuerpo en la fosa común,  o inauguren un puesto de tacos, siempre y cuando bajo ninguna circunstancia localicen a mi familia. Ahora, salga de mi casa y váyase al diablo.  

miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL EFECTISTA, parte 4.

Entre penumbras.

Jorge Luis Antúnez era un joven apuesto y brillante en 1985. Se había titulado como Filósofo y Dramaturgo, y estaba ansioso por hacer grandes cosas que cambiarían al país y al mundo, mediante el arte, la lucha por la justicia social, el análisis metafísico de las motivaciones conductuales, y todas esas cosas espléndidas que se posaban en su apolínea cabeza. Pero su golpe contra la realidad fue brutal, y en pocos meses se encontró con que su trabajo no le satisfacía, sus compañeros no se mostraban tan entusiastas al plantearles sus ideas, su padre había muerto, y su madre no lo quería ni ver porque no se había convertido en médico como su hermano. Duró diez años así, con un matrimonio fallido en el transcurso, hasta que lo despidieron y terminó inhalando cocaína en un sórdido departamento infestado de cucarachas. Al deber varios meses de renta, lo echaron de ese sitio, y se vio obligado a vagabundear por la ciudad, hasta que recordó que su abuelo tenía una choza inmersa en lo agreste, a las afueras de un pequeño pueblo, y se la pidió prestada. Al poco tiempo el abuelo murió y se la heredó.

Allí tenía viviendo como un ermitaño alrededor de quince años, rumiando su odio por el género humano y esmerándose en no ser notado por nadie. De cualquier forma –pensaba él- todos esos cretinos eran tan indolentes que no repararían en él, al igual que no se enteraban ni de lo que tenían sobre sus narices. En un principio, Jorge Luis salía a comprar sus víveres en la noche, en el autoservicio de la gasolinera, donde lo atendían cajeros distraídos que apenas lo miraban, y que cambiaban constantemente, pero después compraba y pagaba todo por Internet, medio por el cual también hacía algunos trabajos de redacción y corrección de estilo para un amigo del pasado. El pago se lo depositaba en su cuenta de banco, y de allí se cubrían todos los servicios automáticamente. Lo que le sobraba de tiempo a Jorge, que era mucho, lo empleaba en observar a las personas del pueblo, a quienes tenía perfectamente identificadas. Para que no se notara la luz ni el movimiento del interior, nunca abría los viejos postigos negros, excepto una rendija de vez en cuando para estudiar a aquellas criaturas, que él en su soberbia consideraba connaturalmente inferiores y elementales.

Con los años, llevó ese hobbie mucho más allá: conservaba en su poder un fichero donde registraba detalladamente el perfil de cada uno de los vecinos de la calle Farol, la cual se encontraba después de la carretera y un enorme terreno baldío, y que se alcanzaba a ver perfecto desde su ventana. A las cuatro de la madrugada, en que la mayoría estaban dormidos y algunos en estado inconveniente, sin falta salía a caminar y tomar el fresco llevando de una correa a su adorada bestia espeluznante: Zaratustra. Este pitbull repleto de cicatrices y deformidades era dócil con él porque lo había salvado de un club ilegal de peleas de perros, pero feroz para resguardar su aislada pocilga. Por ello, los del mini-súper, únicos seres humanos que se acercaron a su casa, pero sin ver a Jorge jamás, le tenían que dejar todos los paquetes junto a la cerca o en el buzón, y huir lo más rápido posible del perro enfurecido y musculoso .

Pero semejante estilo de vida aburre a cualquiera, y llegó el día en que Jorge Luis discurrió que con la información en su poder podría divertirse un poco y probar su teoría…

CONTINUARÁ...

miércoles, 29 de agosto de 2012

EL EFECTISTA. Parte 3.

El hombre solitario. 

Pasaron varias semanas, y la calle Farol se iba a dormir cada vez más temprano. Eso no incluía a la señora Gómez y al señor Morales, quienes continuaban con cinismo sus amoríos, a pesar de los múltiples episodios de furia del señor Gómez. Éste aprovechaba cualquier ocasión para golpearlos o vociferar, y en la última incluso se había roto la mano contra una pared. Así que cuando su esposa y Morales amanecieron muertos de manera idéntica a Martina, cerca de la cochera de la aterrada señora Conway, arrestaron a Gómez sin la menor contemplación.

La investigación policíaca fue deficiente a un grado casi irracional, ya que era muy poco probable que el pequeño Gómez hubiera abatido a dos personas a mordiscos, con una mano rota y cayéndose de borracho. La fiscalía también le imputó el caso de Martina, más que nada porque no tenían idea de cómo resolverlo. Pero, después de que el único argumento en defensa del señor Gómez, cuyo continuo estado etílico le impedía recordar nada sobre ninguna de las dos tragedias, fue el titular de un periódico amarillista que decía: "El Regreso del Chupacabras", pudieron declararlo culpable.

Una vez en la cárcel, Gómez recordó que la doñita gringa tenía varios dispositivos de seguridad con el pretexto de proteger su casa y su jardín de posibles intrusos. Uno de ellos había sido un enorme doberman del que se tendría que deshacer más tarde porque ladraba de día y de noche. No obstante, el desesperado señor Gómez presentó una apelación arguyendo que tal vez el asesino había sido aquel perro, o quizá la mascota de Memo y Tati. 

No fue difícil descartar como agresor al raquítico poodle con cáncer de piel que Lorna presentó. A su vez, la señora Conway demostró no tener ningún animal dentro de su casa desde hacía mucho tiempo, exceptuando un par de peces. Desestimaron la sospecha sobre ella, hasta que Memo se acercó demasiado a su invernadero y sufrió quemaduras leves al recibir descargas eléctricas de una cerca. Con una orden de cateo, descubrieron que la señora Conway tenía un sistema de seguridad excesivo, y que muchos de los ruidos horribles que se oían en la noche, incluyendo los insectos que reptaban, provenían de sus  máquinas, pero nada que pudiera causar tanto daño a una persona.

No obstante, aunque el único crimen de Conway era el de ser una paranoica obsesiva, el pueblo no tardó en demostrar su tajante rechazo hacia la pobre mujer, que terminó sufriendo un infarto de la angustia. Su hija Shirley fue por ella, para llevarla de vuelta a Wisconsin. Cuando empacaba las pertenencias de su madre, la misma Shirley tuvo problemas con un cerrojo e hizo sonar dos alarmas. Cuando salió, Lorna la esperaba en la calle, furiosa por lo que le había pasado a su hijito, y en espera de que pagaran los "gastos médicos" (si así se le podía considerar a una pomada que ya tenía en el botiquín). Lorna y Shirley terminaron haciéndose de palabras, aunque ninguna entendía nada de lo que la otra decía. Así fue mejor, porque de haber sabido los insultos que se declaraban mutuamente, habría una desgracia más que añadir a la lista. 

Al correr del tiempo, desde luego, nadie quería ocupar las casas vacías, por lo que se convertían poco a poco en cuatro tumbas desoladoras, repletas de graffiti y hierba. Lorna y su familia decidieron mudarse. Ella y su pareja les aconsejaron a José y Flora que hicieran lo mismo, o se quedarían solos en esa calle siniestra, que apenas hacía unos meses era tan acogedora. Con todo, ellos se quedaron. 

Esa madrugada, Olimpia volvió a tocar a la puerta de José y Flora, y dio a luz a un enorme y espantoso bebé de chatarra allí mismo, provocando en ambos un brote psicótico. A raíz de esto pasaron varios meses internados en el hospital psiquiátrico y luego en un centro de rehabilitación.  

Pocos días después de que los padres de José y Flora se los llevaran en una ambulancia, Tati dio un último vistazo al lugar donde había pasado toda su infancia, antes de irse a vivir a Guadalajara y no volver nunca. Al final de la calle, distinguió a un hombre sombrío, con la barba crecida hasta la mitad del pecho, que los observaba incólume. Cuando el auto se puso en marcha, aquel individuo que nunca antes había visto se quedó completamente solo en el  decadente paraje, sonriendo de oreja a oreja, con un brillo malicioso en sus pequeños ojos de zorro.

CONTINUARÁ...

Vanessa Guízar Marín, 2012


miércoles, 22 de agosto de 2012

EL EFECTISTA. Parte 2

Ilusiones baratas.

A Martina le fascinaba meter sus narices en los asuntos ajenos. Usaba la información que pescaba para chismear con quien fuera y en todo lugar, pero principalmente hacía esto para justificarse a sí misma su propia existencia. Sin duda, el no dedicarse a algo trascendente le garantizaba una enorme superioridad moral sobre aquellos que se atrevían a vivir la vida, con todo y sus espeluznantes consecuencias. Nunca se interesó más en distribuir y engordar una noticia como cuando comenzaron a pasar cosas raras en su cuadra, que ella atribuía a manifestaciones del demonio invocadas por las decisiones de sus vecinos.
        
La primera vez fue cuando Memo tenía examen de matemáticas al día siguiente, para el cual no había estudiado. Esa no era suficiente razón para cancelar su sesión nocturna de juegos en el celular debajo de las cobijas. Ya eran las dos de la madrugada, y seguía matando zombies que clamaban por cerebros frescos, cuando, de repente, sintió un golpe debajo de su cama. Se detuvo un momento, pero luego pensó que había sido su imaginación, o un movimiento suyo. No obstante, los golpes continuaron, primero espaciados, después insoportablemente fuertes y constantes. La cama casi se levantaba del piso. Memo, aterrado, pero aún con la esperanza de que fuera su hermana o el perro, se asomó debajo de la cama, pero no había absolutamente nada más que sus tenis y muchas pelusas. Se tropezó con las cobijas varias veces al precipitarse a la recámara de sus padres. Al otro día no había evidencia de nada que pudiera provocar algo así. 

La siguiente noche, José y Flora se escurrieron en el callejón que estaba junto a "El Chupirul" para surtirse con el dealer de la zona. Ya en casa, se acomodaron en los grandes cojines de la sala, para gozar el fútil deleite de sumergirse en las suaves aguas de la vacuedad. De repente, tocaron a la puerta. Cuando José abrió, del otro lado estaba Olimpia. Su anatomía de tres metros seguía hecha de fierro, madera y plástico, pero ahora respiraba con fuerza, haciendo subir y bajar su pecho, y su cabello de cables rotos ondeaba como si estuviera debajo del agua. José pegó un grito agudo y cerró la puerta, para ponerse hecho un ovillo en un rincón de la sala. Flora, por su parte, ya se había quedado dormida en la mesa de centro.

Una bella mañana de verano, aparte de su estreñimiento, Mrs. Conway tenía que soportar el incesante parloteo de Martina mientras intentaba hacer sus necesidades en un baño público. Martina hacía lo propio, con más soltura, en el retrete de al lado, mientras aseguraba con fuerte voz que "Memo estaba atormentado porque sus padres no vivían en santo matrimonio, mientras que los gritos de espanto de los artistillas viciosos en mitad de la noche... esos simplemente no le sorprendían". Mrs. Conway pensaba que eran meros prejuicios de una vieja ignorante sobre dos parejas que a ella le parecían decentes, agradables y totalmente inofensivas. Aún rumiando insultos en inglés para el fanatismo religioso de su vecina de calle, y, más recientemente, de excusado, llegó Conway a su domicilio más tarde. No obstante, esa noche empezaría a preguntarse cual de sus pecados sería el que provocaba los asquerosos sonidos de animales que reptaban en el piso de su cocina, y que eran sustituidos por el más absoluto silencio en cuanto ella se incorporaba en su cama.

Cosas parecidas, como sombras, sonidos, golpes e imágenes perturbadoras continuaron presentándoseles a todos en la calle Farol, sin que hubiera rastro de su procedencia, por lo que también se hablaba de patrañas como un embrujo o espíritus chocarreros. Martina, con el tiempo, se había unido a esa última teoría, porque de seguir con su postura del castigo moral, ella hubiese salido peor parada que nadie. Sobre todo cuando amaneció muerta, con el cuello destrozado y un rictus espeluznante grabado en los restos de lo que solía ser su cara. Justo el día anterior, le había comentado a la señora Conway y a otros vecinos que estaba segura de que una bestia acechaba su casa, sensación que compartían muchos. Pero, aunque el esposo de Lorna salió varias veces esa misma noche a revisar si se trataba de un verdadero animal, no encontró, como de costumbre, rastros de ningún tipo. Lo que en aquellas personas era un miedo moderado, y fastidio por el insomnio ocasional, se convirtió en terror. 

CONTINUARÁ...

Vanessa Guízar Marín, 2012

jueves, 16 de agosto de 2012

EL EFECTISTA. Parte 1.

Pintorescos e inofensivos vecinos. 

Érase una vez un golpe bajo que recorría su terreno con singular regocijo, buscando la entrada del dolor. Había salido de una bota de piel de serpiente, que a su vez pertenecía al señor Gómez, un parroquiano habitual de la cantina "El Chupirul", cuyo violento impulso obedecía a la necesidad de reivindicar su honra viril frente a sus compinches. El dolor, por su parte, corrió libremente en los testículos que pendían del señor Morales, el cual no hacía mucho honor a su apellido, puesto que se acostaba, sin remordimiento alguno, con la señora Gómez, motivo por el cual se hallaba en tan penosa situación. 

Mientras tanto, José y Flora esculpían cerca de la carretera, con los troncos caídos y la chatarra que acababan de recoger, preguntándose de nuevo por qué esa mujer embarazada de cabellos larguísimos se empecinaba en aparecer en todas sus obras, por más que ellos proyectaban otras ideas. Una de sus teorías era que el arte tiene una vida propia inefable, y el artista sólo es un instrumento para revelar ese universo alterno. Por lo pronto, ya habían bautizado a su musa constante como Olimpia.

En otro punto del pueblo, Martina usaba su prominente barriga como atril para leer pasajes de la Biblia, intrigada por todas las enseñanzas que se perdía, siendo que casi siempre escogían los mismos textos en la misa de los domingos, pero le angustiaba no comprender muchos términos y símbolos, debido a su escasa instrucción, por lo que se desahogaba en el consumo desesperado de papitas fritas, jamón y frituras de harina. No obstante, eso no suplía su carencia de conocimiento y de un diccionario. Consciente de su vicio evasivo, terminó rompiendo en llanto. Unos chiquillos se rieron al verla a través de su ventana, y Lorna, su madre, los reprimió... conteniéndose a si misma en realidad porque también estaba a punto de soltar una carcajada al ver a aquella enorme mujer sollozando, inundada en bolsas de Choffitos Extra-Queso y sosteniendo una Biblia en la mano derecha. Se fueron pronto, justo antes de que Martina se diera cuenta, y porque los dos hijos de Lorna tenían mucha prisa por llegar al festival de la escuela: Tati bailaría el son jarocho, mientras que Memo iba caracterizado como el Negrito Bailarín (con bastón y con bombín y con cara tiznada racista), orgulloso, quizá demasiado, por haber conseguido el papel tras la exhaustiva audición aplicada a los grupos de tercero A, B y C.

Entretanto, la señora Conway, una estadounidense que vivía allí desde los años ochenta, pero cuyo acento y desconocimiento de términos indicarían que tenía una semana de haber llegado, intentaba comprarle apio a una señora del mercado.

— Celery... tal vez se dice celerio... no lo sabe.

— Uy, marchantita, de eso tan raro no tengo. 

Así era un día común, en un pequeño lugar, pacífico, tradicional y agradable, donde la gente tenía la tranquilidad de salir a tomar un café de olla a la plaza a las doce de la noche, y el rostro de cada uno era conocido por el resto, especialmente en la calle Farol. Al menos eso era lo que ellos pensaban. 

No obstante, a esta utopía se le cayeron los precarios alfileres que la sostenían, debido a una, en principio imbécil, y después horrible sucesión de eventos inexplicables y violentos...

CONTINUARÁ....

                                           Vanessa Guízar, 2012.