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sábado, 18 de abril de 2015

HUBIERA PODIDO, PERO NO.


Foto de Niklaus Hunziker

Cual Caperucita Roja urbana, mi nieto me trajo los panqués que hace su madre en un recipiente de plástico para que me los llevara como refrigerio a mi recorrido a Xico para personas de la tercera edad. Después de guardarlos en mi gran bolso de mimbre, aún tibios, me puse la pamela a rayas color malva que me había regalado mi esposo Armando, y un poco de labial de un tono similar, lo único que me faltaba para estar lista. 

Este tour era perfecto para mí, pues tenía un trabajo que hacer en Xico, y el precio del viaje era menor que simplemente comprar el boleto redondo, al considerar que incluía hospedaje y comidas. Encima, me convenía para mi encargo y, por supuesto, hace tiempo que soy una señora de la tercera edad.

Me tocó sentarme en el autobús junto a una mujer que durmió durante todo el camino, incluso en los caminos abruptos, donde su cabeza se azotaba con violencia como un péndulo a la deriva. Me pareció fantástico que no se despertara con nada. No obstante, la vida nunca es tan generosa, y en los dos asientos del otro lado del pasillo se apoltronaron un par de urracas que no dejaban de parlotear sobre exactamente los temas que menos me interesan, y tirar migajas de sus galletitas en un radio amplio. Desgraciadamente, en algún punto decidieron incluirme en su conversación, a pesar de que hundí la nariz en mi revista científica y me esforcé en no hacer contacto visual bajo ninguna circunstancia. En aquel momento hablaban de la terrible sensación en el siglo XXI de no poder salir a la calle sin el miedo a que apareciera un asaltante asesino en cualquier esquina. Creo que fue mi culpa de todas formas que me abordaran, porque debieron notar que esbocé una leve sonrisa al escucharlas. 

—Ay, Dios mío, sales al supermercado y ves a estos muchachos mugrosos y horribles, con esos tatuajes que… Cristo resucitado, y no sabes si cruzarte la calle o mejor hacer como que no los viste… 

—¿Y los padres? ¿Dónde están los padres?

—Tú nos entiendes, ¿verdad, querida? Luego, luego se ve que eres una señora distinguida. El otro día a Perenganita Gámez le arrancaron la bolsa y como se resistió le encajaron…

Lo único que hice fue asentir y sonreírle, y, mientras terminó de contar con más morbo que horror su historia sangrienta, fingí que le ponía atención, mientras me decía “vaya par de cretinas”, o algo similar. 

Siguieron el resto del camino inundando el ambiente, de otro modo agradable y plácido, de sonidos agudos destemplados, y yo pensaba que podría sacar el arma que disimulé con el contenedor de los panqués y robarles hasta los calzones a todos, bajar con el botín, despacio, porque me dolía la cadera donde me pusieron el clavo, y luego provocar un lamentable accidente para no dejar testigos, parecido al primero que provocamos Armando y yo en el golpe del ’65 con una bomba casera, mismo año en que nos casamos. También podría robarles en el hotel sin que lo notaran, y cortar los frenos para su fatal regreso, o simplemente darles una buena lección a aquellas dos, que juzgaban a los demás por su aspecto. Hubiera podido, y sin mayor esfuerzo, escabecharme a todos esos abuelitos y al chofer con provecho y sin dejar huellas, cosa que consideré seriamente por varios minutos, pero no. Mi trabajo era llegar a Xico y volar en mil pedazos la casa de vacaciones de un empresario con toda su familia y colaboradores dentro, y luego integrarme al recorrido para conocer las cascadas, que dice mi hijo mayor que son muy bonitas. Me gusta apegarme al plan original.


 

 

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sábado, 14 de marzo de 2015

LA COMBI MILAGROSA, parte 2.


Bianca esperó a la hora convenida, pero no aparecía Silvia, la mujer que la contactó a través del blog, y luego por un mensaje privado, y que aseguraba que ella era la propietaria de la combi azul. Sólo había una indigente sentada a la orilla de la calle, un tianguis ruidoso en la calle siguiente, y unos cuantos transeúntes que pasaban a Bianca de largo. 

Cuando transcurrió media hora, la indigente, fibrosa y llena de cicatrices, se levantó con parsimonia, se sacudió, y se acercó a Bianca para revelarle que ella era Silvia. 

--¿Por qué no me interceptó antes?

--Nunca me preguntaste si yo era Silvia. Ese es más o menos el motivo por el cual usaba esa combi, porque nadie le da importancia a lo que está tirado en la calle, se trate de un objeto, basura o una persona.

Bianca no supo qué contestarle, así que Silvia procedió a contar su historia: 

--La palabra "privilegio" es la clave. El momento en que su significado cambió para mí es lo que determina el propósito de mi existencia. Yo crecí en una familia de tradición en la abogacía. Durante muchas generaciones, todos los varones fueron jueces o fiscales, y muchos ocuparon grandes puestos en la Corte Suprema. El ambiente en mi casa era casi de una dinastía monárquica. A muchas niñas comunes y corrientes sus padres les dicen "princesa", por amor. A mí los míos apenas me dirigían la palabra, pero yo vivía como una princesa de verdad. Teníamos una propiedad de 120 hectáreas, rodeado de jardines, y yo no tenía un pony, sino tres, además de perros, tortugas, cisnes y hasta un cerdo. Por supuesto, no es necesario aclarar que más de la mitad de nuestras riquezas no eran lícitas. La mayoría de la extensión de aquellas tierras se las había regalado un político a mi abuelo para que no lo condenara por una masacre de campesinos, que había ocurrido allí mismo, puesto que precisamente esos campesinos eran los verdaderos dueños de los lotes. Como no se dejaban despojar, simplemente los mataron. Yo eso no lo sabía en la infancia. Escuchaba a la niñera hablar con otra empleada sobre los fantasmas de los ejidatarios en los pasillos de la planta baja, pero no podía entender cómo afectaba eso el patrimonio que yo iba a heredar. Me consideraba afortunada por haber nacido en esa familia. Pensaba que privilegio era tener todo aquello, y cada noche le agradecía a Dios por haberme permitido ser quien era. En la adolescencia cambié de perspectiva, y empecé a sentirme superior que los demás, fui rebelde, disfruté hacer llorar a mi madre y me volví tan mala estudiante que ni un soborno me salvó de repetir tercero de secundaria. Cuando a duras penas terminé la prepa, más docta en el uso ritual de LSD que en cualquier otra materia, llegó el momento de estudiar leyes, y ser la primera mujer de la familia en ejercer la profesión familiar, pero, como era hija única, y heredaría una vasta fortuna para pasar el resto de mis días con comodidad, decidí que no iba a estudiar. Mis padres se enojaron, pero no demasiado. Después de todo, quedaba la opción de que me casara bien, con algún juez, por ejemplo. Les hice creer que esa era mi intención, y no desaproveché ocasión para insinuármele a los vejetes que nos visitaban, pero de una forma vulgar, con un sarcasmo obvio. En esa misma época mi madre enfermó de cáncer de huesos, y ya no había nada que hacer por ella. Su dolor le hacía retorcerse y gritar de una forma inenarrable, por lo que le inyectaban grandes dosis de morfina. Yo también empecé a usar más drogas, para evadir la situación. A veces, con todos los medicamentos que tenía encima, mi madre alucinaba. Yo también estaba muy pasada aquella noche en que murió. Mi padre no tuvo el valor de observarla agonizar y se fue a fumar su puro a la oficina. Nos quedamos solas, y ella comenzó a apuntar con los ojos congelados hacia donde estaba su tocador "Míralos, vinieron por mí para que vague por la casa con ellos". Yo no miré hacia allá, más bien me acerqué a ella y traté de confortarla, pero insistió "¡Míralos! ¡Y diles que cuando esté con ellos no sean crueles conmigo, yo no los maté!" Entonces me volví, y no sé si fue porque yo también estaba hasta las chanclas y tuvimos una alucinación compartida, pero los ví. Eran como diez mujeres y hombres, y algunos niños. Llevaban overoles, o ropa de manta, huaraches o botas de trabajo. Sus rostros desencajados no tenían expresión, pero los orificios de bala se veían negros y sin fondo a través de sus camisas pobres y su piel gris.Cuando pude recuperarme del impacto, mi madre estaba muerta, y cuando dejé de abrazar su cuerpo inerte, los ejidatarios habían desaparecido. Mi padre cayó en una gran depresión, y yo le dije que quería irme de esa casa. Me dijo que esperara un poco, sólo un par de meses, para hacer lo que yo quisiera.  Al cabo de ese par de meses, se suicidó, y yo quedé inmensamente rica. Me mude a un penthouse y me gasté algo de aquel dinero en mis vicios durante un año. Como tuve miedo de que se me acabara, porque no hacía nada de provecho, a veces intercambiaba las drogas por favores sexuales. Eso dañaba mucho a Willie, el tipo con el que yo vivía, un estadounidense que llegó a México en su combi azul, a la cual llamaba Missie. Los padres de Willie lo corrieron de la casa por su simpatía con el comunismo, pero era la persona mas dulce y sensible que jamás conocí, y creo que realmente me amaba. Un día le conté lo de los espectros en la casa, y expresó que a él le parecía que ellos venían a hablarme a mí, y no a arrastrar el alma de mi madre a vagar con las suyas por la eternidad. "Esa gente es invisible, aun cuando están vivos. Sólo querían que los notaras". Empecé a considerar que Willie y yo deberíamos rehabilitarnos, casarnos, y hacer una vida normal con dos lindos hijitos, empleos, un auto compacto, y todas esas cosas, pero él amaneció muerto de una sobredosis. Fue allí cuando empecé a cuestionarme si una vida como la mía, donde todos los que amaba murieron de forma prematura y yo tenía que idiotizarme para no sentirme tan mal, realmente era privilegiada. Durante meses estuve encerrada, repleta de mis propias miasmas y mi propia miseria humana, hasta que, de tanto repasar el pasado, cobró coherencia para mí, y decidí que no iba a repetir las decisiones de mi padre y dejarme morir por haber perdido a mi pareja, y que iba a tratar de compensar todo el daño que mi abuelo ocultó bajo las comodides en que crecí. Subí a la combi azul y tracé un itinerario por todo el país. En cada lugar que llegara, haría algo bueno por los demás de forma anónima. De repente, al ver las sonrisas de padres que antes estaban desolados, o de un chico brillante que ahora podría ir a la escuela, mi tarea dejó de ser un acto para curar la culpa de mi linaje, y comencé a hacerlo por gusto. Allí fue donde entendí que el verdadero privilegio de una vida es ser causa de la felicidad de otros. No obstante, para continuar necesité ocultarme, ya que al principio la borracha de la combi azul (los estragos de mi drogadicción eran evidentes) llamaba la atención. Entonces conducía de madrugada hasta una calle desierta y procedía a disfrazar a  Missie. Cambiaba los neumáticos buenos por unos viejos y ponchados, y quitaba el asiento del conductor, el único que quedaba, para ocultarlo bajo una pila de porquería. Luego yo misma me ocultaba para dormir allí atrás y al día siguiente salía por allí, daba un nombre falso, hacía buenas migas con los lugareños, investigaba sobre alguna persona en problemas, le ayudaba y me iba. Después de quince años, en Tijuana, conocí a Carlitos. Era un hombre gigantesco repleto de tatuajes que vendía relojes robados y que había "visto la luz" igual que yo, y ya no quería otra cosa más que dedicarse a hacer actos de caridad. Trabajaba para el dispensario de una iglesia, pero no se sentía satisfecho con los servicios que daba. Fue cuando se convirtió en el Robin para mi Batman, por así decirlo. Me descubrió llenando la caja de limosnas del dispensario con billetes y medicinas, y no me quedó más que contarle todo esto mismo que te cuento a ti, y quiso ayudarme. Al principio dudé, porque no lo conocía y podría matarme de un golpe, pero luego el instinto me dijo que debía llevar a Carlitos conmigo, y no me equivoqué. Los maleantes que atábamos, los sometía él, como en una película. Bueno, y yo le ayudaba algo. No siempre nos iba bien, a veces nos madreaban, me han violado dos veces, pero bueno, ya sabía que esto no sería fácil. Así duramos largos años, pero nunca contamos con que habría una persona tan extravagante como tú, que iba por allí tomando fotos de trastos destartalados como nuestra Missie, que nos descubriría. Desde que empezaste el blog, conseguimos otro auto viejo y nos despedimos de la querida Missie, que de todas formas ya no andaba muy bien. Este año cumplo treinta años de errar por todo el país, y sólo vine aquí a revelarte quién soy porque he leído tu blog y creo que eres una excelente mujer, una enfermera piadosa y una madre ejemplar, y porque quisiera pedirte que Missie volviera al anonimato. 

Bianca le pidió encarecidamente a Silvia que le permitiera publicar su vida, como última entrada del blog antes de dejarlo allí sin actualizar, porque más gente tenía que entender el verdadero significado de una vida privilegiada. 

--¡Si quieres!--le gritó la justiciera anónima mientras ya desaparecía entre la multitud de un tianguis aledaño-- ¡De todas formas ni yo, ni Missie, ni Carlitos nos llamamos como te dije!


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sábado, 7 de marzo de 2015

LA COMBI MILAGROSA, parte 1.


Bianca es enfermera y tiene tres hijos, pero su pasatiempo siempre fue coleccionar fotografías de cosas y lugares abandonados, y hasta ha recogido uno que otro cachivache que guarda en el garage, para desagrado de su esposo. Uno de sus objetos favoritos son los automóviles destartalados  que se quedan estacionados para siempre, o más bien hasta que los remolca la grúa, en alguna calle o a la orilla de la carretera. Le atraen porque estimulan su imaginación: tal vez era de un ladrón de bancos que tuvo que huir y dejar el auto robado que no arrancaba, de alguien solitario que falleció, por lo que nunca pudo regresar por su vehículo, o procedía de una historia sórdida que involucra cadáveres, armas o millones de dólares bajo la tapa oxidada de una cajuela que nadie levantará jamás. 

La verdad es que Bianca tiene razón, y detrás de lo abandonado hay siempre una historia interesante, si no es que varias, y la que ella descubrió gracias a su pasatiempo podría decirse que es inspiradora.

Cuando vivían en Tepoztlán, Bianca trabajaba en la clínica, y su esposo era guía de turistas. En una ocasión en que él se rompió una pierna, Bianca lo relevó porque necesitaban mucho el dinero. Mientras les mostraba la exuberante naturaleza tepozteca a cinco colombianos y a un par de canadienses vestidos cual exploradores de la jungla en los 50’s, descubrió en la carretera lo que quedaba de lo que algún día fue una bonita combi azul cielo, y se detuvo un momento antes de continuar con la expedición al cerro para tomar una instantánea más para su nutrida colección. Lo raro fue que en los años consiguientes aquella combi descascarada, a pesar de que siempre tenía las llantas ponchadas y en lugar de asientos albergaba un maremágnum de basura, comenzó a aparecer en distintos, pero muy distintos lugares. Cuando la familia de Bianca se mudó a Cuernavaca, volvieron a verla en una calle del centro. Luego a ella le pareció distinguirla de nuevo en la ciudad de México cuando llevó a su hijo mayor a instalarse, después la reconocieron retratada en una tarjeta postal de Tijuana, y finalmente en un basurero municipal cuando visitaba a su hermano en Oaxaca. Como se los comentó a sus amigos y familiares, varios tomaban una fotografía cada vez que se encontraban una combi azul abandonada en diversas ciudades y pueblos, y se la enviaban a Bianca, preguntándole si se trataba de la misma. Para la mayoría la respuesta era afirmativa,  aunque cada vez, como es lógico, aquella lucía más estropeada. Al cabo de más de una década, el misterio de la combi azul siguió intrigando a propios y extraños, pero la única que tenía un registro de cada lugar en que alguien la detectó era Bianca. Cuando sus hijos eran adultos, y ella y su esposo ya no tenían que trabajar todo el día, por fin pudo revisar si existía algún patrón en las apariciones de la vagoneta. En efecto, encontró dos: que su trayecto era siempre de norte a sur por el este, de sur a norte por el centro, y luego otra vez de norte a sur, pero por el oeste, y también que cada vez que la avistaron algo maravilloso se leía en las noticias locales del poblado en cuestión: una familia que encontraba el dinero que necesitaba para la operación de un niño en un sobre deslizado bajo la puerta, vagabundos que amanecían junto a ua caja llena de comida fresca, escuelas rurales que encontraban innumerables cajas de libros en la puerta, una mujer a punto del suicidio que recibió un alud de cartas que la persuadieron, o una banda de asaltantes que apareció una mañana amarrada en mitad de la avenida principal, mientras que todo lo que se habían robado llegó por paquetería a la casa de sus auténticos dueños.

Bianca comenzo un blog titulado "La combi azul", en que publicaba todo esto y pedía a los visitantes de la página que cooperaran para seguir investigando si continuaba por allí. El asunto suscitó cierto interés, pero ya nadie pudo fotografiarla de nuevo. No obstante, el fervor religioso de algunas personas hizo que empezaran a creer que aquella combi era algo así como la humilde señal del cielo de que un ángel había descendido a operar un milagro. Es cierto que era el medio de transporte de un ángel, pero no venía exactamente del cielo. Así lo supo Bianca cuando, finalmente, el blog recibió el comentario que aclaraba el misterio.

CONTINUARÁ...


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