miércoles, 12 de junio de 2013

MELODRAMA EN EDRÓPOLI, parte 2


EL HIPERCUBO AL INFIERNO


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El dodecaedro veintiséis es un humedal inmenso y helado, repleto de islas giratorias en forma de icosaedro truncado, forradas de carrizos ásperos y retorcidos. Hay poca población porque la mayoría de las islas giran en sentido vertical, lo cual implicaría que los hogares se hundieran cada tanto en las aguas pantanosas y gélidas, a bordo de una rueda de la fortuna letal. Es por ello que sólo están pobladas las islas que giran sobre la superficie como carrusel. Sus habitantes tienen muy bonitas casas, pero están siempre mareados, y el ministro que se encargó de la primera boda de Clarisa y David, un ancianito con artritis, se tardaba mucho en hacer cada cosa. No le atinaba a su rostro al ponerse los lentes, y extendía los documentos con una parsimonia exasperante, mientras la mesa se le recorría hacia la izquierda. La ceremonia duró una hora, treinta minutos más de lo debido. Al término, Kiki y Rodrigo se vomitaron en el pasillo nupcial, justo cuando Mónica les tomaba una foto a los novios.

El veinticinco también es un humedal, pero mucho más cálido; las porciones de tierra son más regulares y, por suerte, inmóviles. Al llegar al lugar indicado, el sacerdote que oficiaría la segunda ceremonia estaba indispuesto, así que Enri se ofreció a tomar su lugar. Todos lo miraron con asombro, pero él ni siquiera se dio por enterado y galopó con tosquedad hasta la ventana de la sala de estar del segundo piso, pateando todas las queridas mecedoras de citrino de Clarisa, para gritarles a unas tales Suzette y Apolonia. Una mujer voluptuosa con un escote pronunciado y otra flaca, fibrosa y alta respondieron al llamado desde la casa de Nicole.

—Dinos, maestro.
—Chicas, voy a celebrar esta boda, necesito su ayuda.
—¡Qué honor!

Ya estacionadas ambas casas, Suzette y Apolonia aparecieron en la puerta cargando dos enormes maletines, envueltas en unas túnicas de gasa que no les cubrían nada. Cuando las dejaron pasar al salón, colocaron una alfombra de topacios y hiedra en forma de camino y encendieron una cantidad industrial de incienso. Después de efectuar una danza de gestos larguísima, les pidieron a todos que salieran de allí, porque el espacio tenía que estar vacío durante dos horas, para purificarlo. Los jóvenes aprovecharon para jugar con el proyector de David en los pantanos, y lo rompieron.

Del otro maletín, Apolonia sacó el traje ceremonial de Enri, una pijama con un estampado de ojos, y un chaleco de felpa gigantesco con un cuello de varas de amatista. Sin desprenderse de sus tenis viejos, ni hacer nada con sus rizos negros desaliñados, que le caían sobre el rostro en diagonal, Enri se colocó su indumentaria con un complicado procedimiento, que incluía muecas similares a las de la danza de sus discípulas, tras desnudarse sin el menor pudor enfrente de todo el mundo. Como la familia de Clarisa no entendía lo que estaba pasando, y Pedro y Lorena estaban furiosos con el espectáculo, lo único que le quedó a David fue asegurar que su hermano tenía permiso para efectuar ceremonias, y ésta era una emergencia. El rito constaba de siete estadios que simbolizaban el camino de la vida, y culminaba en una reflexión de la pareja, en la que debían contestar una serie de preguntas frente a un espejo, con una duración de ocho horas. Todavía seguían en esta última sección, cuando ya faltaba poco para la boda del dodecaedro veinticuatro.

Lorena y Pedro no habían entrado porque les pareció una apostasía abominable y, sobre todo, una payasada. Luis se había quedado con sus padres en la cocina a hacer pedazos a Enri, cosa que los tres disfrutaban desde la desventurada ocasión en que lo conocieron, y para lo único que Lorena y Pedro se dirigían la palabra. Luis advirtió en el telescopio que había cola en el hipercubo de transición y llegarían tarde al siguiente compromiso. Bajó a la cabina de control para adelantar la casa hasta la fila, pero David había dejado el acceso con llave. Después fue varias veces al salón para preguntar si ya casi terminaban, pero Suzette entreabría la puerta y le hacía señas de que guardara silencio. Finalmente, Luis perdió la paciencia e irrumpió tronando los dedos y con el rostro encendido.

Cuando llegaron al hipercubo, ciertamente había una enorme cola para ingresar, lo cual desencadenó un inevitable enfrentamiento entre Luis y Enri, que tenía más que ver con una vieja rencilla, que con la interrupción de la boda o la contingencia de tránsito. Enri cerró la pelea recomendándole a Luis que si tanto le urgía meterse al hipercubo, porque no tomaba de una vez el que lo llevara directo al infierno, con lo que se llevó un puñetazo colérico en la nariz.

Por fin, el agente le indicó a David que abordara la cara cinco del hipercubo, y se procedió a traslaparlo para entregar a los viandantes a sus diferentes destinos.  El D-veinticuatro es una ciudad mecanizada en la que todos sus habitantes son empleados de gobierno. Se yergue a orillas de un mar frío, gris y picado con una altísima concentración de amoníaco, y es una maraña geométrica de rampas y elevadores. No había más lugar para estacionarse, excepto junto a un remolino de licuación, por lo que Luis se vio obligado a fingir que tenía reacción alérgica. Lo único que tenían que hacer allí era un mero trámite, y bastó con colocar una moneda en la plataforma del puerto, para que la rampa y los elevadores se accionaran para llevarlos a todos a la oficina KIU-D24, en lo alto de un edificio negro, donde sólo bastaron unos cuantos sellos oficiales indelebles en el trasero de los novios, para validar que ahora se pertenecían el uno al otro. Lo engorroso fue, como siempre, el registro en los cubos de datos.

Entrar al veintitrés, cosa que todos deseaban con ansia porque el dodecaedro veinticuatro es lo más aburrido que puede existir, fue más sencillo porque la organización del hipercubo en esta zona es impecable, y el traslape a la velocidad de la luz, cosa distinta al veintitrés, donde todo es un verdadero caos. Allí, está lleno de mercados y centros nocturnos, que se levantan con un absoluto desorden en tres pisos tetraédricos.

—¡Fenomenal! Aquí si podemos abrir el bar —exclamó Rodrigo.  Él y su hermana Mónica se precipitaron a conducir el establecimiento hasta la verde playa, en donde consiguieron un nutrido grupo de parroquianos, entre ellos varios de los invitados a la boda. Abundaron los baños de alcohol, por lo que todos, en especial Rodrigo, Sandra e Hilda, estaban en un alto estado de ebriedad durante la boda esa noche, lo cual no importó demasiado, porque el ministro prácticamente aplaudió la fuerte borrachera de la concurrencia, aliviado por dentro de que eso desviara la atención de la propia.  

La fiesta siguió toda la noche. Algunos armaron la bohemia en el bar, otros visitaron los mercados y se compraron cuanta baratija se les puso enfrente, y algunos más prefirieron las discotecas del último piso. Mientras, Hilda descubrió que rentaban trajes de fibra de vidrio y butilo para nadar en el mar, que allí tiene una concentración de químicos relativamente baja. Ella, junto con Lilí y Beatriz, rentaron unos y se metieron al agua, que a esa hora fosforecía en vetas de amarillo, verde y rosa. Cuando Beatriz se adentró tanto que la perdieron de vista, Lilí pensó que era el momento adecuado para deshacerse de su hermanastra. Descubrió una jaula de las que usan los científicos para descender a estudiar el fondo del océano y retó a Hilda a una carrerita, para encerrarla allí y patear la caja fuera de la vista de los demás, a una cueva donde pudiera respirar, pero no pedir ayuda. Después se inventaría que Hilda se fue porque ya no quería vivir con ella y su padre. El plan marchó a la perfección, pero no contaba con que Beatriz sabía bucear en aguas profundas, donde descubrió a Hilda y la liberó. A continuación, se suscitó todo un drama familiar para Jesús, puesto que Hilda acusaba a Lilí de haber intentado asesinarla, y Lilí la acusaba a ella de seducir a su padre.

Clarisa y David habían programado una bendición de la chamana suprema en el dodecaedro veintidós. Allí no hay una sola gota de agua, sólo extensiones de tierra seca y estructuras flotantes, y hace un calor indescriptible. El vaho sube desde la arena y se cuela en los huesos de una forma que induce a la locura. No obstante, las personas en el D-veintidós ya están acostumbradas al clima, llevan una vida como cualquier otra, montados en sus estructuras, y controlan las alucinaciones que sufren.

Aunque el malestar era compartido, Pedro dio rienda suelta a su hipocondría, seguro de que se había evaporado el protoplasma de sus células, y estaba próximo a morir. Se recostó en el suelo de la planta baja, el único lugar fresco, y se dedicó a demandarle cosas a su hermana Thelma, que obedecía sus peticiones absurdas sin chistar.

Thelma se comportaba así porque tenía problemas económicos graves desde que enviudó, y Pedro, su hermano, les proporcionaba una pensión a ella y sus hijas. A cambio de eso, se transformó en su enfermera, y casi asistente personal. Sandra, por su parte, tenía un trabajo en donde ganaba un poco más para mantener a su hija, y con el que esperaba prescindir de la ayuda de su tío, pero nadie sabía de qué se trataba y, al ver su forma de vestir y maquillarse, las personas preferían abstenerse de preguntar. La familia Arista, excepto Clarisa, trataba a Thelma e hijas con displicencia, rara vez las invitaban a nada, y sólo cuando necesitaban algo de ellas recordaban su existencia.

Thelma tuvo que cargar a Pedro en sus espaldas hasta la casa de la chamana. La mujer ya tenía muchos años en su puesto, y siempre había un tumulto alrededor de la estructura en que vivía, por lo que estaba harta de ejercer sus funciones y no fue una experiencia tan mística e inolvidable como esperaron. Pasó sus hierbas por los convidados de forma mecánica, y declaró la bendición de memoria con la mayor velocidad de la que fue capaz. Entretanto, algunos se quedaban medio dormidos, entre el sopor y la resaca, y Pedro aprovechó para pedirle que le pusiera los ungimientos mortuorios de una vez. Por supuesto, y sin sorprender a nadie, al día siguiente ya estaba jugando tonchi-tong con Luis como si nada.

El veintiuno es otro desierto, menos caluroso pero oscuro, porque hay una espesa capa de nebulosas que tapan las lunas. Después de cumplir con la siguiente fase de su boda, Clarisa y David, con las plantas de los pies llenas de cortadas y ulceraciones por la alfombra de topacios y hiedra, importunados sin cesar por desavenencias ajenas y protestas de todo tipo, quemados por el clima del D-veintidós, con insomnio y un malestar estomacal severo por los cambios constantes, empezaban a preguntarse si no era un error todo ese asunto del viaje. Prefirieron suponer que sólo necesitaban un descanso, y se escaparon con una lámpara a dar un paseo por la arena azul, para relajarse y tener un instante que sólo fuera para ellos dos.

En el dodecaedro veinte hay una preciosa ciudad hecha enteramente de kunzita, que se refleja en un lago cristalino y plácido. Después de la tregua que se tomaron, Clarisa y David estaban más optimistas. Recargados el uno en el otro, observaron los edificios altos y limpios de la ciudad lila, y tendrían que atesorar aquellos momentos de sosiego, porque ya no encontrarían ninguno en el resto del itinerario.





miércoles, 5 de junio de 2013

MELODRAMA EN EDRÓPOLI


Introducción: La Magnífica Idea


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Mientras descansaba sentada en un alféizar, a Clarisa se le ocurrió una magnífica idea. Ante sus ojos se extendía la perspectiva que su nuevo hogar brindaba: las ocho lunas cúbicas fosforecían juntas en el firmamento, con las nubes enredándose alrededor de ellas, y brillaban aún más en su reflejo acuático, empedradas con los relumbrantes icosaedros de hielo que se desplegaban como una red infinita de diamante sobre las aguas. 

En esa casa nueva vivirían y se transportarían Clarisa y David a partir de su boda. Era una montaña rústica de malaquita y otros minerales, estacionada en una base simple de la zona más tranquila del dodecaedro veintisiete. De sus rugosos muros exteriores sin labrar brotaban varias cascadas como si fueran heridas, y en sus habitaciones se escuchaba una música constante, como un coro de niños, que el viento producía al deslizarse entre las estalactitas de los techos. Si bien daba un aspecto placentero y tenía una altura considerable, era más bien modesta, y, al subir, cada uno de los siete niveles se hacía cada vez más estrecho. Sin embargo, esa noche Clarisa se sintió más feliz que nunca, a pesar de tener que despedirse de la comodidad de vivir cerca de sus padres y sus dos hermanos, y del contraste con el lujo del dodecaedro tres, donde habitó siempre. 

Mientras reflexionaba sobre esto fue que se le vino a la mente el fabuloso plan para su celebración nupcial: la adelantarían a las vacaciones, para que todos estuvieran enteramente disponibles, y tendrían preparada la casa para recibir a sus familiares y algunos amigos. Así, podrían estrenarla viajando con sus seres amados por los cuarentaidós dodecaedros de Edrópoli, número coincidente con los días que dura un himeneo, y convivir de tiempo completo, en lugar de sólo en las ceremonias y fiestas. 

A David le pareció que no podía haber manera más significativa de inaugurar su matrimonio, pero surgió en su fuero interno una cierta inquietud. No obstante, como era indefinida, la dejó pasar y accedió a la iniciativa de Clarisa. Se comunicó pronto con sus dos hijos, Mónica y Rodrigo, para que estuvieran enterados de las fechas nuevas, y en especial del viaje, y luego le encargó a éste último que fabricara un anuncio de neón en ese mismo momento para colgarlo en la pared del bar que tenían en el dodecaedro veintiocho, donde anunciaran que el negocio permanecería errante durante ese lapso. Más tarde, David también le avisó a su hermano menor Enri sobre la modificación en los planes, sin poder evitar rogarle que para entonces no saliera con alguna extravagancia enfrente de sus suegros. Enri aseguró que no le costaba nada portarse bien durante cuarentaidós días, aunque no se privó de recalcar que lo estaban obligando a ser un hipócrita.

Entretanto, la mejor amiga de Clarisa, Nicole, se ofreció a prestar su casa para los invitados que no formaban parte de la familia, por lo que la logística para recibir a la parentela se facilitó. No había problema en dividir el espacio entre catorce adultos y una niña. 

Simultáneamente, aunque fue engorroso, lograron ponerse de acuerdo con las instituciones pertinentes en cada dodecaedro, a través del intercomunicador dimensional. Cuando ya estuvo todo al punto, los novios podían estar más que confiados en que pasarían el mejor mes de sus vidas. 

El día señalado, los primeros en llegar con estricta puntualidad en un elegante cubículo de su empresa, que timoneaba un empleado, fueron el hermano mayor de Clarisa, Jesús, junto con su hija Lili y su hijastra Hilda. Jesús era un doble viudo, dueño de un exitoso negocio de alimentos por osmosis cutánea. Primero se casó con la madre de Lili, quien murió en el parto, y luego con una mujer que ya tenía una hija de la misma edad que la suya. Se divorció al poco tiempo de esta segunda esposa, pero, años más tarde, ella falleció por un raro caso de pulmones cristalizados y Jesús decidió acoger a Hilda para que no se quedara sola. 

Al mismo tiempo que Clarisa y David ensalzaban la belleza de las dos muchachas, Enri, Rodrigo y Mónica engancharon el bar al cuarto nivel de la casa, con el mayor ruido posible de cadenas y risotadas. 

Poco tiempo después, hizo su arribo triunfal la matriarca de los Arista, Lorena, a bordo de un veloz disco de plata. Su otro hijo, Luis, venía con ella. Se sintió profundamente decepcionada al conocer la cueva anodina en que su hija menor pensaba vivir, pero procuró ser discreta. Luis era apenas un poco mayor que Clarisa y trabajaba con Jesús como ejecutivo de ventas, aunque lo que en realidad le gustaba era no hacer absolutamente nada, excepto pasearse en las fiestas de la alta sociedad. Madre e hijo se vieron entre sí con enfado al advertir al bar Prisma flotando con torpeza.

Unas dos tazas de tisana untable más tarde, llegó el padre de la novia, Pedro, con su hermana Thelma y la hija menor de ésta, Beatriz, a las que ya traía hasta el copete de quejas. 

Y por último, ya con considerable retraso, se aparecieron la otra hija de Thelma, Sandra, y su hijita Kiki, adentro de un melancólico octaedro de aguamarina de los que flotan arañando los mares con el vértice posterior. 

—Transportarse en octaedros es tan demodé…—le dijo Lilí a su abuela con un gesto de repugnancia.

—Y vulgar, querida mía— respondió Lorena.

Una vez que la familia de David bajó del bar, se hicieron los saludos y presentaciones, y ya reunidos en el salón principal, la pareja procedió a asignar dormitorios. En la planta baja estaban la cocina-comedor a desnivel y el salón, donde se quedarían David y Luis, que suponían que eran los más resistentes a escuchar el rumor del agua y el viento a través del piso. En el segundo, donde estaba el salón de estar de las mecedoras, sería para Clarisa y Mónica. El tercero, la biblioteca, estaba asignado a Enri y Rodrigo. Para que estuvieran más cómodos, los ancianos Lorena y Pedro dormirían, ella con Thelma en la recámara del cuarto piso, y él con Jesús en la del quinto. Los niveles seis y siete estaban asignados a Hilda y Lilí, y a Sandra y Beatriz, respectivamente. Kiki tendría todo el ático para ella sola, un piquito a través de cuyo domo transparente se veían los anillos de polvo satelital. Clarisa lo había decorado con esmero, con un encantador dosel morado de gasa que ella confeccionó, alrededor de un tendido repleto de cojines y muñecas, un escondite perfecto para cualquier niña…

Kiki rompió en llanto cuando se dio cuenta de que se quedaría en el ático. 

—¡¿Por qué yo me tengo que quedar sola en el cuarto de los cachivaches?!

—Yo soy alérgico al amoniaco, no puedo dormir en una planta baja durante un viaje. 

Clarisa no recordaba que Luis tuviera ese problema, pero no pudo pensar en eso por mucho tiempo, porque Lorena le expresó de inmediato que no consideraba “conveniente” quedarse con su excuñada Thelma. 

—…y además me ofende que estés evitando dormir con tu madre, Clarisa. ¿Me quieres explicar a qué se debe?

Pedro estaba seguro de que los “desdoblamientos de ectoplasma”, una de las enfermedades que creía tener, eran más comunes en un quinto piso, y Lilí no quería dormir con su hermanastra porque se venían peleando en el camino y el conflicto continuó mientras instalaban sus cámaras hiperbáricas. Sandra y Beatriz no necesitaron cambio, pero la primera también parecía indignada por lo de haber confinado a su criaturita a la soledad del ático. Por lo menos, Enri y Rodrigo no tuvieron inconveniente, motivo por el cual David y Clarisa se refugiaron en la biblioteca toda la tarde, mientras los demás decidían lo que les diera la gana.  La sorpresa fue que, sin saberlo, Rodrigo sí que era alérgico a los corpúsculos que despiden los libros antiguos. Los intercambios de recámara, a veces hostiles, continuaron durante muchas horas, en las cuales la esmerada decoración y limpieza de Clarisa fue descendiendo dramáticamente.

Cuando por fin Clarisa desplegó su cámara hiperbárica junto a la de su madre, ésta tenía un nuevo reclamo. No le gustaba para nada que el mamarracho de Enrique estuviera durmiendo tan cerca de ella. Clarisa, cansada, sólo le recordó lánguidamente que se trataba del hermano de su prometido. 

Por tanto discutir e moverse de un lado al otro, Clarisa no se había dado cuenta de que Nicole ya llevaba tres horas de retraso. David, por su parte, estaba en el patio frontal, nerviosísimo. Finalmente, la mansión de Nicole arribó. A través de las ventanas se percibía una gran algarabía. Nicole, medio borracha, se asomó mascando algo, para justificarse diciendo que se había perdido porque no le dieron bien la dirección.

—Ya llevo varios dodecaedros recorridos, ya no sé ni para que voy con ustedes —declaró, medio en serio, medio en broma —No te creas, mi Deivid. Oye, perdona, pero tengo que pasar por mi prima Socorrito todavía, aquí mismo en el D-veintisiete, no les molesta, ¿verdad?

David acordó resignado seguir a Nicole hasta allá. Bajó a la cabina y desimantó los cimientos. La casa de malaquita levitó de inmediato, tambaleándose un poco al principio, pero David la estabilizó hábilmente con el timón. Era su primera travesía como el señor de esa casa, por lo que lo consideró casi como un ritual. 

Resultó que la prima Socorrito vivía en un lugar laberíntico, después de unos géiseres que golpearon un par de veces la estructura, haciendo gritar a todos, pero en la madrugada, cuando ya se tornaban rosas las lunas, David por fin pudo dirigir el piloto automático hacia el primer destino: el dodecaedro veintiséis.





  


miércoles, 29 de mayo de 2013

EL HOMBRE SIN LÁGRIMAS, parte 5

Los caprichos de Tezcatlipoca.


Sonó la trompeta de caracol tan temprano como siempre, mientras un hombre se escurría entre los árboles con torpeza, junto con los primeros rayos de luz. Los comerciantes empezaban a poner sus tendidos de ropa, comida y alhajas, por lo que el individuo, a la vez que se sobaba el espinazo, se internó un poco más entre las matas para que no lo reconocieran en el mercado. No había tiempo que perder. Por suerte sabía un atajo a partir de allí que lo llevaría rápido hasta la casa de Atzin.

Atzin estaba muy bien vestido, en espera de los candidatos para formar su nuevo equipo de trabajo. Supuso que el visitante recién llegado sería uno de ellos, pero para su sorpresa se trataba de un viejo amigo que él no esperaba volver a ver.

—¡Gordo Opo! ¡Creí que habías fallecido, querido hermano!

Muchos meses atrás, durante el encuentro violento, los comerciantes mayas hirieron a Opo, pero se hizo el muerto y logró salvarse. En cuanto a los demás, ellos desgraciadamente sí habían perdido la vida. Pero Opo no estaba allí para actualizar la información y echarse la tortillita con chile que le ofrecían, a pesar de lo mucho que se le antojaba, sino que tenía que prevenir a Atzin cuanto antes de que un grupo de Caballeros Águila venía a capturarlo y matarlo por órdenes del tlatoani, y ya era bastante fortuna que no hubiesen llegado todavía. Apenas dijo eso y se desplomó jadeante.

En Ekab, Opo el gordo -que ahora era Opo el flaco porque comió pura fruta en ese tiempo- anduvo errante, hasta que se declaró la guerra y pudo vislumbrar una oportunidad para reencontrarse con los suyos y volver a casa. Buscó el campamento del ejército, donde lo recibieron afectuosamente. Cuando lo llevaban frente al tlatoani, para mostrarle con gusto que uno de los Tlacuaches estaba sano y salvo, Opo escuchó una conversación entre el señor y una anciana.

La anciana decía ser Amankaya, la Dama de Blanco, y explicó que le había salvado la vida a uno de los suyos, por lo que esperaba que su excelencia fuera benévolo y le permitiera negociar, en lugar de recurrir a las armas. El tlatoani se enteró de esta forma de que Atzin no le había dicho la verdad y se enfureció al grado de exigir que le llevaran su cabeza, además de que, aunque accedió a las súplicas de la halach y aceptó levantar el estado de guerra a cambio de tributos, la tomó como prisionera junto con una joven que la acompañaba. Opo se escabulló de inmediato para emprender el largo viaje a Tenochtitlán y evitar la muerte de Atzin, con los ejecutores de la voluntad del gobernante pisándole los talones.

Atzin consideró que su vida estaba acabada de cualquier manera. Tendría que olvidarse de su exitosa carrera, su casa, sus viejas costumbres, e incluso su ciudad. Decidió no llevarse nada de ropa. Sólo atesoró junto a su corazón el broche de Meztli, como hasta entonces, y planeó partir con Opo lejos de allí.

Pero le preocupaba algo, mucho más que salvar esa existencia ya rota. Quería liberar antes a la halach de su cautiverio, incluso si implicaba canjear su propia vida por ello, y lo haría con o sin ayuda de Opo, que se mostró renuente, temeroso con fundamento, pues sería obvio para todos que él advirtió a Atzin, lo cual representaba un desacato que le costaría el pellejo. Le parecía estúpido que después de tanto que luchó para ayudarlo a huir, terminaran lanzándose en brazos de la muerte. Pero Atzin ya lo había decidido, y Opo sintió, junto con mucho enojo, que debía auxiliarlo en su empresa temeraria, porque además tenía varias deudas de honor con él. Prepararon un paquete clásico de viaje a la mayor velocidad posible, sin dejar de vigilar que no se aproximaran los militares. Apenas se habían cargado la misma cantidad de comida e instrumentos de supervivencia que usaban para los viajes de trabajo en busca de quetzales, cuando escucharon a lo lejos los pasos amenazadores de los Caballeros Águila. Atzin y Opo corrieron hasta la orilla del lago y, cubriendo sus rostros con sus mantos, navegaron en una vieja canoa hasta la zona aledaña al palacio del tlatoani.

Atzin le pidió a Opo que esperara en la canoa mientras él iba por Amankaya, y luego le hizo jurar que si para el atardecer no regresaba, se iría sin dudarlo. Se dieron un fuerte abrazo, que muy posiblemente sería el último, y Atzin siguió adelante con valentía.

Atzin conocía bien el palacio, porque lo invitaban a todas las fiestas, e incluso había dormido allí. En alguna ocasión, en un afán por presumir la magnificencia de su morada, el tlatoani le mostró todo el edificio. La memoria eidética de Atzin guardaba los vericuetos que llevaban a los calabozos casi como un mapa, y logró recordar que le pareció una grave falla que en una esquina hubiera una ventana por donde, pensaba, cualquier prisionero podía salirse. El problema era que, de usar esta salida, tendría que ser muy rápido porque estaba lleno de guardias… Hacía cálculos sobre como entrar y salir de allí, cuando un grupo de soldados furiosos corrió hacia él blandiendo sus macanas de obsidiana, arcos y lanza dardos. Atzin cerró los ojos, seguro de que eran sus últimos momentos, pero los guerreros lo pasaron de largo. A continuación, escuchó gritos y un gran estruendo. Vio flechas volar por los aires, y comprendió que se fraguaba una lucha.  Una vez que se acercó lo suficiente, agazapado junto a una escalinata, reconoció que el ejército enemigo eran los mayas. Seguro venían reclamando a Amankaya.

Yareth, un Caballero Jaguar y excompañero del Telpochcalli, en medio de aquel caos, cayó al piso cerca de la escalinata y reconoció a Atzin. No tenía intención de delatarlo, por el contrario, le recomendó que aprovechara la situación para desaparecerse. En lugar de eso, Atzin le pidió que lo ayudara a colarse al palacio.

Mientras tanto, Opo veía con sorpresa como varias personas se subían desesperadas a las canoas. Una familia se encaramó en la de él y el padre comenzó a remar. Cuando Opo intentó impedírselo, el hombre, alterado, le dio un codazo en la cara y lo tiró al lago. Opo apenas alcanzó a sacar los bultos que habían empacado con Atzin. Los escondió detrás de un altar en una cueva y preguntó qué pasaba a una señora que se apresuraba a cruzar el puente. Al saberlo, se decidió a ir al encuentro de su amigo armado con el lanza-dardos.

Yareth cubrió a Atzin para que se confundiera entre los combatientes y lo abandonó en cuanto éste se encontró cerca de una entrada. Atzin se escabulló en el jardín más frondoso del palacio, donde reinaba una inquietante calma. Resultó que tuvo que descartar su sofisticado plan de los calabozos, porque Amankaya y la joven Chacnicte estaban cómodamente alojadas en un aposento. Apenas deliberaba el consejo sobre qué iban a hacer con su ilustre prisionera, cuando los mayas atacaron por sorpresa, así que la buena noticia era que no alcanzaron a ocultarlas, ni había la vigilancia de siempre.

Atzin se reunió con Amankaya, que estaba triste, pero inesperadamente lúcida. La familia de Chacnicte por fin había avisado a los bataob a cambio de una recompensa. Atzin pensó que tal vez la Dama de Blanco querría regresar con su familia, pero ésta, por el contrario, no deseaba volver a su tierra por ningún motivo y accedió a escapar con él. Tomaron telas de otra habitación para camuflarse, se pertrecharon con escudos y macanas, y luego encontraron un acceso lateral, por donde salieron como si nada. En realidad, el palacio estaba desierto. El problema era atravesarse en medio de la sangrienta refriega, llevando consigo al personaje de la discordia, que además ya no podía ni bajar un escalón sin apoyarse en alguien. Chacnicte discurrió que ella y Atzin podían cargar a Amankaya de tal forma que pareciera que llevaban un objeto envuelto, y así lo ejecutó, ordenándole a Atzin con señas lo que debía hacer. Atzin comprendió al vuelo y también expresó con un gesto que debían correr muy rápido. Le colgó a Chacnicte dos escudos como una armadura, y blandió una macana. Sujetaron con fuerza a la halach, que pesaba horrores, y corrieron esquivando los golpes y las flechas, sin poder  evitar rozones y algunas heridas más fuertes. En el camino los interceptó Opo, lo cual fue de gran ayuda porque les ayudó con su carga. De repente, una flecha atravesó la pierna de Atzin, y lo derribó. Ésta iba dirigida a él especialmente. Era del propio tlatoani, que entendía muy bien lo que estaba pasando, y dejó de tocar su tambor de oro para atajar a Atzin.

—¡Confiaba en ti, traidor!—gritó, aproximándose dispuesto a matarlo.

De repente, un dardo se alojó en la garganta del tlatoani. Los combatientes alrededor de la escena no se dieron cuenta, mientras Opo, estremecido, tiró al piso el arma con que había asesinado a su señor. Pero el tlatoani aún tenía un último impulso, y con éste flechó a Opo en un hombro. Amankaya tuvo que caminar el último trayecto hasta que todos se  pusieron a salvo en la cueva donde estaban los pertrechos, mientras Atzin arrastró como pudo a Opo. 

Atzin y Chacnicte consiguieron una tabla grande, pues ya no había canoas, y allí montaron a Amankaya y Opo, mientras ellos empujaban a nado la embarcación improvisada. Tras de ellos dejaban la estela roja de su sangre.  

Una vez en tierra, decidieron ir hacia el norte. Con trabajos, recorrieron un buen tramo, pero Opo estaba cada vez peor. Se detuvieron e hicieron un fuego. Allí, los tres intentaron curarle su herida infecta. Con la frente perlada, Opo comenzó a delirar.

—¡Puedo ver tu espejo humeante!

Extendió el brazo con una sonrisa aterradora, y expiró.

Atzin, Amankaya y Chacnicte siguieron su dificultoso camino, hasta que se toparon con una pequeña aldea. Allí un chamán atendió a Amankaya, que se encontraba débil.  

Ya con sus heridas menos punzantes y un buen atole en la mano, la esperanza parecía resurgir de las tinieblas.

Dejaron esa aldea, que estaba todavía peligrosamente cerca de Tenochtitlán y siguieron su camino durante largos días, hasta que encontraron otra población pequeña y pacífica en la playa, cerca de Xametla. Allí los recibieron con una indiferencia que les permitió asentarse en una choza humilde que construyeron con sus propias manos, sin que los cuestionaran. La salud de Amankaya seguía menguando, pero Atzin y Chacnicte la cuidaban como a una madre.

Los tres se dedicaron a solucionar el problema del idioma, y estudiaron con ahínco la lengua local, así como el maya y el náhuatl. En pocos meses, ya llevaban una vida sencilla, pero feliz, como una verdadera familia.

Una noche, Amankaya les relató con dolor que sus propios hijos la habían traicionado y por eso se evadió en la locura y se internó por su propia voluntad en la selva, y también era el motivo por el que había preferido no volver a donde lo único que amaban era el poder, y no a su anciana matriarca. Chacnicte, por su lado, se lamentó porque estaba a punto de casarse y de repente todo se le derrumbó y ya no iba a volver a ver a sus hermanas y a su prometido. En vista de que era la hora de las confesiones, Atzin reconoció que lo que le impedía superar la muerte de su esposa era la culpa por no haber podido llorarle, como tampoco derramó una sola lágrima por sus demás seres amados. La última vez que había chillado, en su tierna infancia, su madre lo abofeteó y le pinchó las manos con una penca de maguey, mientras le repetía que tenía que ser el más fuerte, para suplir la debilidad de su padre, y que les dejara los gemidos a las plañideras. Después de eso, sus ojos quedaron tan secos como una roca en el desierto.

Pero, con el tiempo, Atzin y Chacnicte se curaron las heridas del alma mutuamente, y más aclimatados a su nueva sociedad, resolvieron casarse, con la alegre bendición de Amankaya. En vísperas de la boda, la pareja se dedicó a preparar la ceremonia y las viandas que ofrecerían para celebrar su unión.

Esa misma tarde, Atzin llevó de la mano a Chacnicte hasta la orilla del mar, y allí lanzó el broche de Meztli a las olas, como símbolo de que ahora viviría sólo para su nueva esposa, sin mirar atrás. Cuando regresaron a casa, Amankaya estaba sentada en su petate, recargada en la pared, con los ojos cerrados y una expresión plácida. Como solía entregarse a la meditación a menudo, y, sin abandonar su carácter de monarca, se molestaba si la interrumpían, procuraron no hacer ruido. Sin embargo, tardaba demasiado en despertar y estaba cada vez más pálida. Chacnicte se le acercó y la llamó suavemente. Supo de inmediato que la Dama de Blanco ya no iba a abrir los ojos nunca. Volteó compungida a ver a Atzin, y se asombró al ver el rostro de su amor empapado en un incontenible llanto.

miércoles, 22 de mayo de 2013

EL HOMBRE SIN LÁGRIMAS, parte 4

En vísperas de la guerra. 


La luz que nacía de la entrada se apagó con la sombra de la comitiva. Era el fin de la espera, y todos los nervios de Atzin se apelotonaron en su garganta.

—Me gustaría recibir una explicación para semejante demora— reclamó el tlatoani secamente.

—Sí, mi señor— respondió Atzin bajando ligeramente la cabeza— Nos interceptaron en la selva y han matado a todos mis hombres. Por buena voluntad de los dioses yo pude huir, y aunque me despeñé y quedé herido, me ayudó una…

Atzin se detuvo un momento. Lo siguiente que iba a decir, verdad o mentira, representaba una traición.

—¿Quién?— preguntó el tlatoani, cruzando los brazos con su impaciencia característica.

—Una vieja aldeana que no hablaba nuestro idioma, pero que me curó y alimentó durante todo este tiempo. Por los problemas de comunicación que había entre nosotros, tardé en regresar, pero ya estoy aquí, a sus órdenes como siempre.  

Tras dar sus condolencias por el triste destino de los Tlacuaches, el tlatoani le prestó a su amigo Atzin su palacio de descanso para que se recuperara, y pudiera reanudar su trabajo con más empeño.

Entretanto, el gobernante tomó las muertes de los Tlacuaches, que él declaró prisioneros de guerra abatidos, como pretexto para alistar a su ejército y hacer un nuevo intento de conquistar a los mayas.

Mientras los Caballeros Águila y Jaguar, y el propio rey ya se abrían paso entre las matas selváticas, Atzin no se enteraba de nada, tan bien atendido como estaba por las concubinas del tlatoani. Pero, a pesar de los muchos placeres que le aguardaban en sus vacaciones, dignas de la nobleza a la que siempre quiso pertenecer, no se la pasaba nada bien. Al mismo tiempo que lo ungían bellas mujeres, sumergido en aguas termales, Atzin no se imaginaba otra cosa más que a la Dama de Blanco, su salvadora, que en ese instante debía estar sola, perdida en su distorsión del tiempo y el espacio, en la estancia enmohecida de un templo abandonado. Se sentía culpable de haberla engañado al seguirle el juego de que él era Bej, para que lo condujera a la población más cercana, y escapársele luego, y también de estar gozando el favor del tlatoani, cuando había faltado a sus deberes con él. Lo bueno era que no había forma de que el señor se enterara de que la mujer que le refirió en su narración de los hechos era la legendaria gobernadora a la que el mismísimo Pakal le mandó escribir loas, y no una simple aldeana. Pero Atzin estaba muy equivocado en sus suposiciones, pues ni Amankaya seguía en su exilio, ni estaba tan a salvo su pequeño secreto… 

Chacnicte era la joven hija de un muralista que se dedicaba a hacer frescos en los templos recién construidos, y, muchos años atrás, se encargó de hacer varios retratos de Amankaya. Después de la muerte del artista, sus hijas atesoraban los bocetos, junto con los de las figuras de otros gobernantes y sacerdotes, así como los dibujos que él hacía por cuenta propia. Entre ellos estaba un viejo trozo de papel donde aparecía otra vez Amankaya, sin ornamentos de ningún tipo, el cabello suelto, joven y con un gesto relajado, poco común en los de su estirpe. Gracias a estas imágenes, a pesar del pelo esponjado y sucio, su vejez y la confusión mental que la aquejaba, Chacnicte reconoció a Amanakaya, que daba vueltas sobre su propio eje buscando a Atzin en mitad de la calle. 

Antes de que otra cosa sucediera, Chacnicte y sus hermanas la condujeron a su casa, donde le dieron de comer adecuadamente y la lavaron, todo lo cual ella permitió con docilidad. Después de peinarle los cabellos y ponerle un huipil en buenas condiciones, Chacnicte le mostró los dibujos a Amankaya, en espera de que recobrara la cordura al recordar su pasado. Ella sabía muy bien quién era, pero no estaba consciente de su situación o su edad, e incluso a veces creía que era un simio y se comportaba como tal. Iba a ser un trabajo largo regresarla al mundo real, pero Chacnicte se propuso lograrlo. Las hermanas, por su parte, planeaban pedir alguna recompensa o distinción por haber encontrado a la Halach, pero no lograban ponerse de acuerdo en cómo iban a proceder.  

Meses después, cuando los mexicas estaban dispuestos a atacar, y los guerreros mayas los esperaban con toda su hostilidad, a la familia de Chacnicte ya no le preocupaba el asunto de la gobernadora, pues se enfocaban en resguardarse de la guerra inminente. Chacnicte también estaba distraída porque el casamentero ya había venido a ultimar los detalles de su boda. Amanakaya, mientras tanto, hacía tareas hogareñas en la medida de sus fuerzas, con gratitud y esmero, y lentamente, pero a paso seguro, volvía a ser ella misma. Una noche, mientras conversaba con su ya querida amiga Chacnicte, comprendió de golpe, como si hubiese despertado de un sueño, que Atzin era un comerciante azteca, pues recordó que lo había visto llevado en andas con su abanico y bastón, antes de pelearse con sus rivales y perseguir al mico, y pensó que algo tendría que ver su presencia con el envío de las tropas. Casi recuperada por completo, y segura de que su locura y sus largos años en la jungla no fueron un accidente, Amankaya se decidió a hablar con el tlatoani. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera preciso, incluso sacrificarse, para evitar que lastimaran a su gente. Le pidió a Chacnicte que le ayudara a lograr la entrevista.