La anarquía de las dragonas.
En Spiria hacía un calor
soporífero una hora, y a la siguiente había que sacar las pieles para soportar
la nieve y los vendavales. De pronto, aparecía una lluvia de hielo, que al
siguiente instante se derretía con una ráfaga de fuego. La gente comenzó a
optar por no salir de sus hogares, hasta que el descontrol de los dragones
terminara, o los alcanzara sin remedio. A través de sus ventanas, cada vez más
turbias, los árboles se consumían y la tierra fértil se convertía en roca.
Pero Armanda no podía quedarse
sentada en su sala a esperar el desenlace. Bron estaba lejos, pero por suerte aún
tenía los zapatos ingrávidos de su abuela. Cuando en su imaginación se veía
visitando a Facio de Bron (lo cual ocurría a menudo), en su cabeza florecían salones
exquisitos y jardines frescos y coloridos, pero la realidad es que Bron era un
risco abrupto en forma de sacacorchos, y el castillo era un edificio de
cristal, sucio y descuidado, no tan diferente a la iglesia de su aldea. Seguro a Facio le habían dolido tanto las muertes de su esposa y su hija durante el parto,
que el mantenimiento del castillo era lo que menos le importaba.
Al ver al nutrido grupo de
guardias en la entrada, Armanda supo que no la dejarían entrar nunca, así que
tuvo que emplear lo que no quería: magia. Sacó un frasquito morado y, tras beberlo, dio un salto cuántico hasta donde estaba el duque. Tarde, descubrió que tendría
que haber pensado en otra cosa, porque lo encontró en el inodoro. Sus fantasías
románticas tampoco incluían esta escena. Creyó que Facio se enfurecería, pero,
por el contrario, se echó a reír mientras ella corría gritando.
Tras el embarazoso incidente,
ella le explicó que su intrusión se debía a una emergencia, y entonces él
volvió a sorprenderla, pues sabía todo sobre la fundación de Spiria por boca de su abuelo. Por ser el favorito
del rey Arzo, éste le había explicado en estricta secrecía la verdadera función
de las dragonas, lo cual -pensó Armanda- constituyó un error, porque dejar en la
ignorancia a Nain era lo que había provocado la actual ruina del país, aunque ese momento no llamó su atención que Facio tampoco se había preocupado por informarle. Pero, en
resumen, desde luego que Facio estaba de acuerdo en poner a salvo los dragones,
y a Spiria.
Mientras tanto, en el palacio de
Thesia, el rey Nain y su ejército se preparaban para liberar a Holok con la
orden de ir al encuentro de Napay. El ejército seguiría su vuelo por tierra, y
entre todos se asegurarían de derribar a la amenaza. Magnífico plan. El cuerpo roji-negro de Holok se elevó con un rugido de gozo al
sentirse libre. Edo, que veía esto desde el patio, sin quererse mover de su
sitio otra vez, se sintió celosa y salió disparada, hasta la mitad, porque tuvo
que detenerse a tomar aire, y luego ambas volaron sin control, lo que derivó en
la destrucción de medio castillo, y, desde luego, ninguna de las dos atendió
orden alguna.
El ejército siguió con el intento
de guiar a las dos dragonas enfurecidas, pues creían que esto era mejor para su
propósito, pero lo único que suscitaron fueron incontables destrozos y
desequilibrios climáticos durante ocho meses.
Durante ese lapso aciago, Armanda, Facio
y el séquito de éste se habían puesto en marcha. Facio conocía a Holok desde
que podía sostenerla en un dedo, cuando su abuelo se la encargó, por lo que tal
vez podría atraerla. Llevó sus bocadillos favoritos, jabalíes del risco, y luego
anduvieron por escarpados parajes sin escuchar más que el eco de los rugidos,
de las dragonas en el aire, gozando de su nueva autonomía, y de sus propios
estómagos hambrientos, porque fue difícil resurtir las provisiones. Cuando al
fin la divisaron en un cielo inusualmente despejado, Holok no respondió.
Armanda entendió que Holok prefiriera seguir saltando sobre montañas y bosques
con libertad, inconsciente de los terremotos que
provocaba, pero seguramente no toleraría que alguien dañara a su dueño, así que
Armanda golpeó a Facio con una roca. En efecto, el nuevo deseo de Holok
fue machacar a Armanda como un grano de pimienta, pero ella corrió con agilidad
hasta la jaula, y uno de los alumnos de Facio alcanzó a cerrarla a un instante de no salir vivos de esa ni por error.
La bestia siguió pateando, y, a pesar de que era su jaula especial, comenzó a
cuartear el piso de diamante. Todos alrededor empezaban a considerar dejarla
allí y echarse a correr como locos, cuando Facio se sintió un poco menos desorientado, y logró
tranquilizarla.
Después de todo, Holok no había
sido tan difícil, pero Edo y Napay los podrían matar con un suspiro. Tendrían
que idear otras técnicas.
Esa noche, Armanda sacó un emplasto
prodigioso para curar de inmediato a Facio, tras disculparse por asestarle aquel porrazo. Él
quiso evitar que se lo aplicara, porque cada vez que ella efectuaba un
encantamiento, su nivel de magia descendía, y necesitaban llegar con todo al
enorme desafío que se avecinaba. Ella se lo puso de todas formas.
Facio nunca había conocido a una
verdadera bruja. Sabía todo de ellas en la teoría, su abuelo le había mostrado
documentos que ni las propias brujas actuales conocían, pero jamás se había
parado por su aldea, por no ser lo adecuado en su condición principesca.
Las brujas de los grabados eran
feas o imponentes, pero Armanda no. Tenía una constitución fuerte y angulosa,
pero no tenía nada mal exterior, y su carácter era dulce, sencillo e
inteligente, aun cuando a veces demostraba ser enérgica y agresiva. Su
manera de ser se resumía en el golpe que él mismo tenía en la cabeza: las manos que le dejaron la cabeza escurriendo sangre en un instante, sin darle tiempo a reaccionar, eran las mismas que aplicaban el
remedio con calidez y ternura.
Según ella, se habían conocido
antes en una fiesta de eruditos, pero Facio creía que no era verdad, porque lo recordaría.

Armanda empeoró su agitación interna
al recostarlo en su regazo y hacerle un masaje en el cuero cabelludo.
—No te olvides de que también nos
falta encontrar a Malij, el cuarto dragón.
—Eso no es problema. Mi abuelo la
escondió en el convento porque tiene forma de mujer. Malij era mi esposa, y
ahora se trata de mi hija, que no murió. Está con las monjas también…
Facio se levantó de golpe después
de meter la pata de forma tan colosal. Ahora estaba seguro: Armanda le había puesto
un conjuro para que hablara de más. Tenía que cuidarse de ella, porque su aparente
cordialidad al parecer tenía otro objetivo, y ella no debía, bajo ninguna
circunstancia, enterarse de sus verdaderos propósitos…
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