miércoles, 28 de agosto de 2013

FOTOGRAFÍA


Todos los días veo tu fotografía en la pared, 
Como diamantes negros, tus ojos pequeños brillan
Fríos e inertes, fijos en la estancia
Hundidos para siempre en el santuario del vacío.

Aún así me hipnotizan y me vuelven débil
De alguna manera sus bordes rotos y afilados
Dejaron heridas fatales en mí.

Aunque sanen, las cicatrices permanecen profundas,
Abismos perdidos debajo del mar
Pero tu mirada de cristal es sólo una fuente seca
Inútil ante mi sed, manchada de ceguera irreversible.


miércoles, 21 de agosto de 2013

SONETO DEL PAYASO


La maldita quintaescencia del horror
De feos potingues hizo una gárgara,
Y, entre arcadas porque le dio ñáñara,
Regurgitó un mazacote de color.

Un loco, en escalofriante estertor,
Se puso el gargajo como máscara,
veló su humanidad con tal cáscara
y emprendió un griterío ensordecedor.

Enfundado en un polícromo calzón
Sale al mundo trocado en personaje,
juguete endiablado de hule chillón.

Nariz, mameluco, peluca o traje
Saltimbanqui, mimo, payaso o bufón
Ciégame, Dios, ante su maquillaje.

miércoles, 14 de agosto de 2013

LO QUE SE QUEDA


Hace algunos años, Lidia se mudó a un vecindario tranquilo y sencillo. Debajo de su departamento estaba una minúscula tienda de abarrotes, a los flancos, más viviendas austeras de clase media, y enfrente había un caserón vacío que desentonaba con su entorno en dimensión y forma. Aquella casa, que abarcaba toda la manzana, era un champurrado de estilos europeos y mexicanos, más o menos conservada, aunque tenía daños estructurales visibles. La pintura azul marino descascarada aún se percibía en sus techos, y la fachada blanca tampoco estaba particularmente derruída. A veces, un rayo de sol se colaba entre las ventanas rotas, y relumbraba algún color dorado o rojo que daba la ilusión de vida, pero inmediatamente se disipaba. El autobús en el que regresaba Lidia de su trabajo se detenía exactamente en la entrada de esa casa, por lo que, al bajar, sus ojos se topaban a diario con la presencia de una sillita vieja y gastada que permanecía debajo de un arco después de la reja de hierro. Un día, el autobús tuvo que dejarla unos metros antes, porque un gran camión de mudanza estaba frente a la casa abandonada. Dos hermanas, sus hijos variopintos y el esposo de una de ellas la ocuparon esa misma noche. A lo largo de los meses, la casa se fue recuperando a base de reparaciones, pintura y jardinería. Respetaron los colores originales, pusieron césped, y aunque no podría decirse que era el jardín de Versalles, hicieron crecer algunas plantas decentes alrededor de los columpios que instalaron. Dos coches compactos del año y una motocicleta entraban y salían de allí sin cesar. Sin embargo, a Lidia le llamó la atención que a pesar del bullicio y de que a su alrededor habían mutado el arco, la loseta, el jardín y hasta la reja, la sillita sola y desvencijada siguió durante años exactamente en el mismo lugar. Nunca la recorrieron un centímetro, ni repararon ninguna de sus roturas y el óxido del respaldo. A Lidia esto le intrigaba, pero apenas y saludaba a sus vecinos, como para preguntarles al respecto. 

Con quien comenzó a relacionarse  fue con Paco, el chico del departamento de arriba, porque coincidió con que se hizo novio de su prima por otro lado. A partir de entonces, la prima iba al edificio, y se tomaban una copa junto con otros amigos en casa de él o en la de Lidia. En alguna de esas ocasiones, Paco sacó unas fotografías viejas para demostrar que no se veía nada bien sin bigote. Entre ellas había una en la que estaba con unos amigos, sentado en la acera opuesta, con cara de nabo invertido, en efecto, pero lo que hizo que Lidia se interesara en la imagen era que se distinguía  la casa de enfrente, donde, sentada en aquella sillita de la entrada, una anciana tejía. 

Lidia se enteró esa tarde de que se llamaba doña Celia y era la abuela de las dos hermanas. Cuando Lidia recién llegó, la venerable señora acababa de fallecer. La casa permaneció desocupada muy poco tiempo, pero estaba en mal estado por la edad y el poco interés de su dueña. Sus hijos y nietos casi no la visitaban, aunque le pagaban todo. La señora Celia conocía el nombre de todos sus vecinos, y se interesaba por sus problemas. Mientras tejía bufandas para su prole durante horas, o remendaba trapos, repartía saludos elegres y consejos a los muchos que se detenían a conversar. También se le veía en su cocina limpiando por encima con trabajos o haciéndose algo de comer, salía a misa, y veía sus telenovelas, pero la mayoría de su tiempo lo gastaba sentada en la entrada. Al final, ya no tejía, sólo se quedaba allí y clavaba sus pequeños ojos opacos en un punto fijo. Su anterior entusiasmo se desvaneció y ya solo saludaba con un ligero movimiento de cabeza y  un remedo de sonrisa. Un tarde se fue a dormir y nunca más despertó. Por amor o por culpa, sus nietas no se atrevían a quitar la sillita donde pasó la mayor parte de sus últimos años. 

Esta historia afectó a Claudia, la mejor amiga de Lidia, en lo más profundo. Cuando se despidió de aquella reunión, cruzó la calle para tomar un taxi, pero en lugar de eso observó la sillita oxidada durante algunos minutos, hasta que empezó a caer una ligera lluvia. Lidia, sin que ella lo advirtiera, miró a Claudia desde la ventana, y adivinó lo que estaría pasando por su mente.

Cuando Claudia regresó a casa, se decidió a llamar a su madre.

—...tenemos que hacerlo, mamá. Si tú no quieres, yo me encargaré. 

La madre no quiso escuchar más. Claudia, que durante esos dos años prefirió pagar la renta de un departamento vacío a mencionar el tema, se llenó de decisión de repente. Llegó al edificio verde de la calle Osa Mayor, y le pareció todo tan familiar y ajeno a la vez que no supo cómo sentirse. Respiró profundo y entró directo al elevador antiguo. En el segundo piso no pudo soportar las reminiscencias, y detuvo el artefacto de golpe. Después de verse en aprietos para abrir la reja plegable y gatear, porque el elevador no se había alineado aún con el piso, estuvo a punto de bajar corriendo las escaleras, pero le pareció estúpido seguir huyendo. Dio media vuelta y subió lentamente hasta el cuarto piso. 

Estaba frente a los números color dorado del 4-C. La llave quemaba en su bolsillo. Por fin, la introdujo. La puerta se abrió sola. De adentro salió un olor desagradable, a humedad, cochambre y polvo de años. Todo estaba igual, sucio y estropeado, pero en el mismo sitio donde Alfonso lo había dejado. Claudia cerró la puerta tras de sí y lloró todos los llantos reprimidos. Miró a su alrededor, sin moverse de la entrada. Allí estaba el teléfono donde su hermano menor se sentaba a hablar con ella por horas, la hielera de las cervezas sobre la barra de la cocina, los trastes siempre sucios que tanto le molestaban a mamá, el basurero repleto de vasos y platos desechables, las colillas en el cenicero, la figura de plástico de Homero Simpson engalanando la mesa de centro y las cortinas feas de platanitos que Alfonso se llevó de la casa cuando decidió independizarse.  

Claudia sacó bolsas de basura e introdujo todos los objetos que se le ponían enfrente sin discriminar, pero despidiéndose de cada uno con ceremonia. Evitó a toda costa entrar a la recámara, cuya puerta entreabierta era como una pesada amenaza. Por fin, llegó el camión de carga que había contratado. Subió  un señor que, al igual que el Homero de la mesita, tenía medio trasero de fuera, inspeccionó la cantidad de muebles y basura que tendrían que sacar, y procedió a traer a sus cargadores. Uno de ellos abrió la puerta de la recámara sin el menor reparo, ignorante de lo que había ocurrido allí. Entonces Claudia despertó de su aturdimiento, y vio en toda la plenitud de la realidad el enorme ventilador de techo, todavía un poco roto por un lado, al vencerse con la cuerda de la que se colgó Alfonso. Nunca sabrían por qué tomó esa decisión intempestiva, no era melancólico, ni sabían que tuviera algún problema, y no poseía precisamente un alma sensible de poeta... 

Claudia sólo se llevó consigo una foto instantánea de cuando eran niños, que estaba pegada en el refrigerador. Era de las vacaciones de verano del '86. Claudia recordó que en aquella ocasión, en el coche de regreso de la playa, su familia pasó junto a un accidente. Habían atropellado a un niño en su bicicleta, y éste había muerto. Se tuvieron que quedar parados cerca del lugar hasta que recogieron el cuerpo. Cuando se despejó todo, y pudieron avanzar, Claudia y Alfonso se pusieron de rodillas para asomarse por el medallón del auto, a través del cual contemplaron la bicicleta rota que había quedado abandonada en el pavimento, hasta que se perdió de vista. 




LA ULTIMA ROSA DEL VERANO, de un poema de Thomas Moore:


Es la última rosa del verano, la dejaron floreciendo sola
Todas sus adorables compañeras se desvanecieron y se han ido
Ninguna flor de su parentela, ningún capullo está cerca
Para reflejar de vuelta sus rubores
y dar
suspiro por suspiro

No
dejaré, solitaria, languidecer tu tallo
Ya que las hermosas
están durmiendo, ve a dormir con ellas
Así
, gentilmente, disperso tus pétalos sobre la cama
Donde
tus compañeras del jardín se encuentran sin perfume y muertas

Y así tal vez pronto yo te siga,
cuando las amistades se deterioren
Y del
círculo brillante del amor las gemas caigan
Cuando
los corazones honestos yazcan marchitos 

y los corazones amados hayan volado
¿Oh
, quién habitaría este mundo sombrío en soledad?
Este mundo
sombrío en soledad.





miércoles, 7 de agosto de 2013

MIS ANCESTRAS 3


Araceli Guízar

Nunca he creído en la reencarnación, pero de ser real, haber sido Gandhi o algo así es la única explicación que encuentro para tener una madre como la mía, un balance fuera de lo común entre belleza, talento y bondad. Todos piensan que su mamita es la mejor del universo, pero aseguro categóricamente que lo que yo declaro arriba es mucho más que sólo un rapto de histeria amorosa.

Aclaro que jamás he probado el LSD
Ya hablando en serio, mi madre es algo así como un unicornio volador mágico color dorado, con el cuerno de la súper sabiduría cósmica, que deja tras de sí una estela multicolor de polvo de risas, flores y chocolate. No exagero. No hay un sólo día que no prodigue gestos amables, consejos útiles y acertados, que no cocine un postre (ahora mismo me está ofreciendo uno) confeccione un vestido o regalo personalizado, que no atienda a alguien si está enfermo o decaído, y todo esto sin discriminar si se trata de alguien que le ha hecho daño o que no conoce, y a pesar de que a menudo no recibe el agradecimiento merecido. Por el contrario, a veces tiene reacciones negativas a cambio. Hay a quienes su entusiasmo les molesta, porque hace resaltar por contraste su amargura y sus feas caras, supongo, y a veces provoca irritación porque si el bienestar de alguien depende de, digamos, que se coma su sopita, y el sujeto en cuestión reacciona de esta forma:

...ella insistirá como en aquella tortura china de la gota constante en la cabeza, hasta que no quede más remedio que comerse la fregada sopita. Sin embargo, entre refunfuños, una tiene que aceptar que se siente mejor, más cómoda, y que, como siempre, la señora tenía toda la razón desde un principio. Su forma de ser, tan inteligente, generosa y cálida, tiene su contraparte en una sensibilidad muy delicada, por lo que la lastiman con frecuencia. Pero me imagino que eso es lo que pasa cuando un súper unicornio mágico está forzado a vivir en un establo común como es este mundo cruel. Con todo, a pesar de que yo intento disuadirla a veces, nunca deja de comportarse exactamente igual que antes, ni pierde su sonrisa y positividad.

A pesar de su instinto maternal híper desarrollado, de joven tenía ambiciones intelectuales y profesionales elevadas, que se toparon con la férrea resistencia de mis abuelos. La abuela la había educado para el servilismo y el fervor religioso, no para los conceptos racionales y mucho menos para el arte. No obstante, mi madre desplegó sus alas a como diera lugar. Entró a trabajar en un banco a los diecisiete, mientras estudiaba la prepa nocturna, y, aunque lo tenía más que prohibido, también comenzó a estudiar teatro a escondidas. Cuando mi abuela se enteró, le gritaba cuando llegaba a casa terribles imprecaciones que no tengo permitido reproducir en este espacio, aunque a decir verdad nunca la corrió de la casa, ni nada parecido. Pero Araceli no cejó, trabajando y estudiando duro de sol a sol, hasta que entró a la facultad de Filosofía, donde fue una estudiante ejemplar y comenzó a escribir poesía y otras cosas que después, por desgracia, quemó. Por suerte, sí existe un libro suyo de poesía que se publicó años después, y espero que pronto se decida a comenzar a escribir de nuevo. 



Cuando pudo hacerse de su propio dinero, pues la mayoría lo empleó a través de diez años en apoyar la economía familiar y echar a perder a sus sobrinos con paseos y regalos (como me echaría a perder a mí más adelante), se mudó de Morelia a la ciudad de México para iniciar su carrera de actuación. Logró cosas que, dadas las circunstancias tan difíciles, son admirables. Llegó a protagonizar en la Compañía Nacional de Teatro, a participar en puestas de Teatro Universitario, independiente y comercial, y también figuró en televisión. Allí, una buena señora de la que era amiga le dijo que le faltaba ser "más cabrona" para ser estrella. Lo que no sabía esta dama era que su gentileza y honestidad no significan bajo ningún concepto que sea débil de carácter.

Con la descripción que hice, que insisto en que no es una idealización, no es de sorprender que le llovieran los enamorados (tiene un manojo bien gordo de cartas y poemas de intelectuales, catedráticos y hasta políticos, y como dos o tres trabajos originales de artistas plásticos de buen nivel), pero con su forma de ser tan estricta y ética ella sólo tuvo unas cuantas relaciones sólidas de larga duración, con hombres a los que en verdad amaba, y entre los cuales se cuenta el señor que propició mi existencia. 

Ella creía que había encontrado a la persona ideal para asentarse y formar una familia, pero cuando quedó embarazada el tipo resultó estar muy lejos de dar la talla. Tuvo que encargarse de mí ella sola. Al principio todo fue  muy bien, hasta que tuvimos un accidente en la carretera del que salimos vivas de milagro. Después de eso, tuvo que abandonar la actuación, y tomó empleos fijos como correctora de estilo en la Secretaría Michoacana de Cultura y  coordinadora de eventos en la cámara de Diputados de San Lázaro. Después quedó desempleada y nuestras penurias económicas comenzaron. A lo largo de la vida ha tenido que fluctuar entre un montón de empleos, autoempleos, y regresos esporádicos a la escena. No obstante, tuve una infancia plena, que aún añoro, enteramente gracias a ella. En cuanto a mi origen, nunca se inventó un triste fallecimiento, o el divorcio de un matrimonio inexistente, sino que contó la verdad, tan cruda como era, y sin embargo con delicadeza. Mi conclusión fue que estábamos mejor solas que con un señor como aquel, y la falta de padre nunca fue un trauma para mí, pero huelga decir que las conclusiones de sus conservadores padres, fueron muy, pero muy diferentes. Con la situación cada vez más complicada, la familia y amigos que en otro tiempo se le pegaban como abejas a la miel desaparecieron de pronto como quiméricas ilusiones. 

Cuando a mí se me ocurrieron similares locuras vocacionales a las que ella tuvo, su reacción fue de apoyo absoluto y me advirtió que tanto la actuación como la literatura son un apostolado, repleto de sacrificios (ya lo veo), pero que ella los afrontaría a mi lado. Sería tedioso poner las anécdotas, pero lo que ha hecho por mí, además de hacer a un lado su vida entera, incluye pasar carencias, críticas a raudales, permitir sin chistar que yo no le ayude en la casa ni aporte ningún dinero, muchas mudanzas salvajes, que incluyen dos a Europa que fueron, según el punto de vista común, síntomas de que ambas perdimos la cabeza, dos admisiones en escuelas de teatro de alto rendimiento, y hoy mismo no podría actualizar este blog, ni escribir la novela en que trabajo actualmente, ni buscar soluciones para el futuro incierto, si no fuera por  ella, que siempre está detrás para impulsarme, o adelante para jalarme como burro, y hacerme pasar por encima de mis límites, como mi fobia social y tendencias depresivas. Mis logros, muchos o pocos, lo acepto con humildad, son más suyos. Es su fuerza, buen sentido, su capacidad para materializar lo imposible, y su forma de rechazar con severidad que me victimice, exalte mis defectos o deje de trabajar duro y sin tregua por mis objetivos, el verdadero motivo por el cual la cosa no terminó conmigo cortándome las venas en la adolescencia. 

Creo que toda niña insegura debería tener una Araceli interior.

miércoles, 31 de julio de 2013

MIS ANCESTRAS 2

Cata Marín

Decir que aquella mujer era imponente, es hacerle poca justicia a su carácter. Además de su personalidad avasalladora, poseía un liderazgo natural y una inteligencia estratégica que, de haber vivido en estos tiempos, la hubieran llevado a ser una presidenta, ejecutiva, catedrática, o alguna cosa así. Seguramente recuerdan que su madre era empresaria a pesar de lo poco común, pero entre ellas había diferencias de perspectiva importantes.

Mi abuela, a quien llamábamos Mamá Cata, era de una religiosidad recalcitrante, imposible de convencer, ni por su propia madre, de nada que se saliera de su ideología, lo que a mi me costó que el proceso de nuestra relación resultara escarpado. No nos llevábamos mal, nunca tuve un problema real con ella, pero me tocó en suerte ser la única de sus nietas que no era fruto del Santísimo Matrimonio. Ella creía obligatorio marcar la distinción con mucha claridad. Mis recuerdos de la infancia son de una señora fría y distante, con la que rara vez tenía algo de que hablar, y si escribiera lo contrario, esta sería una entrada de ficción. Por decir un ejemplo simple, a mis primos les transformaba el nombre en algún apelativo acaramelado para mimarlos, mientras que a mí me comunicó sin ningún tacto que mi nombre le parecía el más horrible que había escuchado, entre otras anécdotas parecidas o peores.

Pero, como una especie de contradicción o ironía, entre las muchas cualidades por las que creo y sostengo que era una persona ejemplar, está su congruencia. Ni volviendo a nacer comulgaré con sus ideas, pero acepto que vivió de acuerdo a ellas, y esa es una rara y gran virtud

Nunca aprobó que su madre se separara de su padre, y en su infancia durante la Revolución Cristera, la educación de su madrina, que era la de la religiosidad exacerbada, fue determinante. Con esos antecedentes, mi abuela proyectó que su vida tendría una estructura tradicional, dentro de los parámetros católicos, y los que ella misma se impuso, a los cuales se apegó de forma estricta.

Se casó muy enamorada del abuelo, y ese amor fue tal, que produjo trece nuevas personitas. Con esa cantidad de hijos, muchos reaccionaríamos así: 

Gifs Animados - Imagenes Animadas

Pero ella, aunque sí tuvo sus lapsos de histeria en los que repartía palazos con singular violencia, se dedicó a administrar su casa sin victimizarse jamás, estoica como era, incluso en las mayores carencias económicas y las más tremebundas crisis matrimoniales, con una eficacia extraordinaria. Todos sus hijos fueron a los colegios que ella consideraba mejores, y la comida estaba milagrosamente equilibrada aún cuando las viandas andaban escasas. 

Aunque mi abuelo es digno de su propio texto, resumiré diciendo que era como un personaje de Pedro Armendáriz Sr.: el clásico galán mexicano pendenciero, macho, mujeriego y bebedor, que llevaba su pistola a cuestas porque sí (aunque nunca la usó... creo). Huelga especificar la clase de decepciones y dramas que generó. Mamá Cata reaccionó reforzando su papel de jefa de familia, coordinando a su gente, en la dirección de una orquesta caótica. Consiguió cierta armonía, contra todo pronóstico, y hasta recibió a otros sobrinos suyos en una casa ya de por sí repleta. 

En su vejez, se fue ablandando, no en sus ideas, que seguían siendo obsesivas, pero sí en su carácter. Desarrolló un sentido del humor muy particular, plagado de frases memorables, y se aficionó a relatar historias del pasado con detalle y gracia. Poco a poco, aunque tarde en algunos casos, supo vernos a cada uno como éramos, y para muchos de nosotros eso significó que su sequedad se transformara en dulzura. En su tortuoso lecho de muerte, que resistió con la misma sabiduría, valentía y aplomo con la que afrontaba alegrías y desgracias desde joven, siguió sabiéndose de memoria los números de teléfono y asuntos de cada uno de sus más de cien descendientes, y dirigiendo cada movimiento de quien se ponía en su campo visual o auditivo. La última vez que la vi, fue en el año nuevo 2008, y aún recuerdo su rostro relajado, sin deberle nada a la vida, mientras agradecía a su adorado Dios por estar en los umbrales de un año más. Veinte días despues, en el cumpleaños de mi madre, partió físicamente. Sin embargo, su espíritu es demasiado fuerte para morir.


miércoles, 24 de julio de 2013

Mis Ancestras, parte 1

Cada uno tiene su historia, toma determinadas decisiones, y fácil no es ninguna, pero hay cosas que ponen un poco de luz en el camino escabroso de la vida. Para mí, ha sido el ejemplo y la perenne esencia de las tres mujeres de las que provengo. 

A veces, basta un instante para que todo lo construído con arduo trabajo se derrumbe de pronto, como una casita hecha de papel a la que de repente le cayó un balde de agua, mientras la mayoría de los que amabas y decían amarte desaparecen como espejismos. Una se queda tirada en el piso viendo como los sueños y logros se van por la coladera hechos girones, y es necesario encontrar un botón adentro que nos impulse a levantarnos, aún sobre piernas de goma. Para mí, cuando me asalta la cobardía me basta emular la imagen de cualquiera de esas tres valerosas amazonas con la apariencia frágil de una musa del Renacimiento. Hoy les quiero compartir con orgullo un poco de la primera, en espera de que también les inspire algo: 

Mamá Lupita

Mi bisabuela, Guadalupe Orozco, o Mamá Lupita, nació a finales del siglo XIX, y vivió todo el proceso de cambio de siglo. Eso lo sufrieron todos nuestros antepasados de aquella época y lo superaron, pero lo que hacía especial a esta mujer era la forma en que enfrentaba las cosas. En medio de  la Revolución Mexicana y la Cristera se casó y tuvo a sus dos hijas. Durante estas guerras, cuando veía algún colgado en los caminos, se acercaba sin gota de asco o miedo y cortaba un trozo de su ropa, porque quería conservar una reliquia de los mártires. Puso a salvo a sus hijas con su madrina y se fue a buscar un lugar seguro, tras rescatar algunas pertenencias, mientras convertían su casa en un cuartel.

El nuestro es un país particularmente machista, y viendo lo que una tiene que sobrellevar hoy en día, no quiero ni pensar los niveles que este problema alcanzaba entonces. También es uno de los pueblos más católicos del mundo, así que la educación de una señorita bien debe haber consistido en quedarse en casa a rezar y atender como esclava al marido, a menudo algún borracho impresentable. Pero ella se equivocó de época, y no pudo evitar ser independiente y manejar su propio negocio, con un grado de eficacia y arrojo que incluso ahora me asombra. Viajaba a caballo de Michoacán hasta la Ciudad de México, arriando a los cerdos que iba a vender, junto con algunos trabajadores, que deben haber sido unos señores muy decentes, hacía los tratos con los clientes directamente. y luego regresaba en tren o avioneta. Su colaboradora era su hermana, una genio de las matemáticas (esto sí que no lo heredé) que hacía todas las cuentas mentalmente y sabía con exactitud cuánto peso iban a perder los animales al trasladarlos de un lado al otro. 

En cuanto a su vida sentimental, se casó "grande" con un hombre que, según ella, estaba de muy buenos bigotes. Sólo tuvieron dos hijas, y no todos los que les mandó Dios, como se usaba, y cuando, en vista de su éxito, el esposo se convirtió un zángano, no lo soportó en silencio y resignación, sino que lo cacheteó y lo corrió de la casa. Me imagino que Lupe no era popular socialmente, pero tampoco creo que le haya importado. Y de verdad es irrelevante, porque la gente que la amó, lo hizo de manera auténtica.

En un velorio, una señora desconocida se acercó a mi madre y le besó las manos, sin ningún motivo aparente. Después de dejarla más que desconcertada, la dama explicó que le prodigaba esta distinción por el simple hecho de ser la nieta de Guadalupe Orozco, la persona que los había salvado a ella y sus hermanos de la miseria y les consiguió alimento y escuela, como lo hizo con muchos niños. 

Mamá Lupita siempre estaba de buen humor y ayudaba a los demás. De hecho, a su exesposo lo cuidó en su enfermedad y muerte. Cuando ya era anciana, y la economía boyante que logró en sus tiempos de mujer de negocios se había esfumado, llegaba a visitar a sus nietos con telas que traía de su tienda en el pueblo de Aguililla, y les hacía batas, camisas y vestidos. Para ellos era como la llegada del hada madrina. Todavía hay en la casa de los abuelos una sábana de manta que hizo con costales de harina, con una calidad que me hace pensar dos cosas: que era la diosa de la costura y el reciclaje, y que hacían unos costales muy elegantes en los sesentas. Por supuesto, tenía algunas ideas arcaicas, el racismo era la peor de ellas, y una religiosidad marcada. Por ejemplo, cuando mi madre y mis tías se ponían sus minifaldas de quince centímetros les decía: "hasta donde traes la falda te vas a quemar en el infierno", pero se alcanzaba a distinguir un cierto tono de broma. Sospecho que en secreto no le causaba mayor problema.

Casi al final de sus días, de ida a misa, se encontraba con un caballero venerable que le regalaba una rosa. Se sentaban en el alféizar de una ventana en la calle donde la multitudinaria descendencia de Lupe hemos crecido, y disfrutaban de su romance inocente. Todavía paso por allí, y me la imagino como si la conociera íntimamente, a pesar de que murió diecisiete años antes de que yo naciera. A través de los relatos de quienes tuvieron el gusto de convivir con ella, en especial de mi señora madre, he llegado al punto de quererla como si fuera una amiga entrañable, cuya figura alegre, trabajadora, talentosa e intrépida quisiera emular en un mínimo porcentaje.




miércoles, 17 de julio de 2013

BREVE ANÁLISIS DE MACBETH


Al comenzar la obra, lo primero que aparece son los personajes fantásticos: las brujas, que tienen la clara función dramática de anunciar la fatalidad. Éstas conciertan en la llanura el momento en que se encontrarán con Macbeth, y manifiestan cierto conocimiento de lo universal, su condición de irrealidad. o, más bien, de demencia. Así, el espectador/lector se adentra en el ambiente de la obra: espinoso, lóbrego y violento, y hasta puede imaginar el clima, que seguramente es nublado y brumoso.

Funcionan, reitero, como anunciantes de la fatalidad, recurso necesario en una tragedia. De inicio, a pesar de que son en apariencia festivas, su sola presencia no augura nada bueno. Conocen bien la condición humana y las historias de cada persona, y por eso saben qué decirle a cada quien. En cuanto a sus presagios, Banquo hace ver lo desproporcionado de la repercusión de ellos en Macbeth, ya que él reacciona tranquilamente con lo que éstas le dicen, y tiene reflexiones mucho más cuerdas sobre el asunto.
  
Creí que se trataba de una tragedia de error porque parece estar resaltado el asesinato de Duncan, pero Macbeth sigue derramando sangre como un vicio irremediable, por lo cual llego a la conclusión de que es de carácter.

Cuando lo nombran thane de Cawdor, Macbeth vive en contradicción al no aprobar sus propias elucubraciones de eliminar al rey para tomar su lugar, y aun así reconoce indispensable llevarlo a cabo. Parece que no acaba de convencerse aún después de que ya ha cometido el crimen, pero esto obedece a un síntoma de inmadurez que es obtener un beneficio sin ser responsable de los daños. Es por eso que encaja perfectamente con Lady Macbeth, porque dentro de su percepción distorsionada de la realidad, a ella la parte desagradable le parece placentera. Le gusta la idea de manipular al marido, para lo cual se engaña con la idea de que él es un inocentón que no se atreve a actuar para conseguir sus propósitos, y que ella es quien tiene que planear las cosas y hacerlas en nombre de él, como si fuera su madre. Quiere ser igual de sanguinaria que su esposo, pero no per se, como él, sino con un objetivo: obtener un bien que  recaerá en ella, pero que será principalmente para su marido, al cual profesa un supuesto gran amor, insano, que demuestra al pretender engrandecerlo a costa de cometer cualquier crimen, basándose en la idea de que él no es capaz de nada. Lo que lady Macbeth desea a nivel personal es ser ella la del poder, o al menos ostentar algo, ya que no puede poseer los títulos absolutos de thane o rey. Con estas maquinaciones se siente influyente, al menos sobre la voluntad de Macbeth, y él desde luego que desea ser rey, pero no se dan cuenta de que se están autodestruyendo porque a final de cuentas al Rey Duncan que lo maten o no le da igual, pues todo indica que él de cualquier forma no pensaba hacer nada en absoluto, excepto delegar sus deberes a todo mundo. Los que se quedan con un fétido olor a muerte y deben soportar lo ocurrido son los que aún viven, es decir, quien comete un homicidio es quien carga con él. Al muerto, aunque sea el agraviado evidente, qué más le da. 

Cuando Macbeth llega de la guerra, lady Macbeth arremete a aconsejarle cómo debe comportarse frente a Duncan, gesto por gesto, justo como lo haría cualquier madre, aunque una muy enfermiza y siniestra. Macbeth parece mostrarse renuente a entablar una conversación en ese momento o inclusive a hacerle caso a su mujer, posponiendo el momento de hablar, pero en secreto debe estar regocijándose, ya que dos mentes torcidas son mejores que una. Lo que pospone es tan solo el momento en que fingirá que a su esposa se le ha ocurrido todo, y así fraguar el regicidio de manera eficaz. Macbeth y lady Macbeth tienen una distinta postura hacia sus fechorías: ella es racional y fría, mientras que él es visceral y aprensivo, lo cual se complementa de una forma maravillosamente despreciable.

El asesinato de lady Macduff y sus hijos es el colmo en la desenfrenada carrera abominable de Macbeth, que se escabecha hasta a su mejor amigo, pero creo que no hubiera sido posible si ella no fuera demasiado idealista y plana. Esto se ve cuando conversa con el niño y le dice que los hombres de bien siempre cuelgan a los juradores, como si se pudiera distinguir tan fácil unos de otros, y el niño muestra un mejor juicio que ella al decir que hay más juradores para colgar a los hombres de bien. Posteriormente, cree ingenuamente que por su condición de mujer y que sólo con decirle al asesino que no hizo nada malo le perdonarán la vida a ella y sus niños, en vez de irse de allí corriendo en lugar de gastar el valioso tiempo despotricando contra su esposo.

Al final, Macbeth y lady Macbeth no ganaron nada, fue como conseguir un gran festín y que al probarlo supiera a estiércol. Solo la muerte los lavará de espectros, sangre y culpa. Lady Macbeth, como siempre más lúcida que él, tiene la decencia de autosuprimirse al no soportar la alucinación de tener las manos siempre ensangrentadas, pero Macbeth seguirá instalado en la necedad, aunque no por mucho tiempo, porque ya ha ido demasiado lejos como para que le sigan perdonando la vida. 

En cuanto a los presagios de las brujas sobre su muerte, lo que le trataron de decir es que lo matarán más temprano que tarde, por su temperamento, aún en las circunstancias más imprevistas, pero su soberbia lo hace creer que nadie es capaz de vencerlo, como si fuera indestructible u omnipotente. Cuando Macbeth muere, se cierra el círculo completo que empezó con el asesinato del rey, y culmina con el asesinato del rey, pero se abre uno nuevo, como en un ciclo interminable: el del siguiente rey que se elevó entre la sangre… 
      
Lo cual me recuerda el acertado título de la versión fílmica de Kurosawa, "Trono de Sangre", personalmente una de mis películas favoritas:


 (Una vez más no pude encontrar un clip con subtítulos en español)