EUTANASIA
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Caminó entre los árboles del
dodecaedro dieciocho hasta llegar al abedul número cuarenta. Allí estaba Afrah
esperándolo como lo prometió. Enri se le acercó sugestivamente, pero ella no
estaba de humor para flirteos, y fue al grano: el géiser de agua potable de
Edrópoli se secaría en un par de años y sólo quienes pudieron pagar la cuota
para la construcción de una nave para su familia se irían de la trampa mortal
que es el planeta, y posiblemente quedarían a salvo de morir de inanición o
hervidos en ácido. Enri entendió que la esclavitud de Thelma, sus hijas y su
nieta no se trataba sólo del dinero de Pedro, sino de asegurarse un lugar en su
nave.
Para entonces, después de
descubrir que su hermano David estaba implicado, Enri ya sabía que la estupidez
del búho telepático era un sistema de espionaje. Ahora le quedaba claro lo que monitoreaban:
que los que no podían pagar no se enteraran de su destino fatal. Según Afrah,
Morek era sólo el principio de la implementación de un pensamiento mágico y
absurdo que desviaría a la gente de lo que en realidad importaba en Edrópoli:
la ciencia. A Enri esa última teoría le pareció demasiado o, más bien, imposible.
Pero ninguno de los dos le vio el caso a discutir, cuando podían investigar.
Durante las bodas de su hermano,
cuando Enri escuchó que Beatriz, la prima de Clarisa, se dedicaba al tráfico de
cerebros artificiales, no dudó ni un instante en pedirle una lista de sus
contactos en el mercado negro. Alguno de ellos tendría que haber proveído el
cerebro de Morek. Beatriz había presenciado una escena sospechosa en que
planeaban un proyecto especial, por lo que supuso que Miriam, su exjefa, sabría
algo y le dio la dirección.
Era una bodega vacía, impecable.
Adentro, un grupo nutrido armaba una nave. Entre ellas estaban Suzette y
Apolonia, las falsas seguidoras de Enri, en realidad miembros del club
Anarquista.
Cuando Apolonia vio que Enri las
había descubierto, se quitó la máscara protectora con resignación.
—Enri, esto ya se acabó. Tenemos
que hacer las cosas lo mejor posible.
Les explicaron, sin disfrazar la
información, que lo de procurar que no todos se enteraran de que se acercaba el
fin era un acto de misericordia. Enri y Afrah salieron de allí alicaídos.
—A pesar de que no has dejado de
intentar seducirme, sé que te sientes mal—señaló Afrah de pronto— Todos estamos así,
supongo…
—Además de las traiciones de dos
personas que consideraba mis amigas, está una peor: la de mi hermano. Resulta
que para ganar un dinero extra se encargaba de darle mantenimiento al aparato. Al búho lo dejaron en el bar por eso.
Hubo una pausa larga.
—Sabes, tu amiga tiene razón.
Creo que somos la generación que lo arruinó todo, dejemos de jugar, nuestras
teorías de conspiración y esas traiciones no exis…
—¡No! Nuestro compromiso es vivir
esto como una realidad, hasta las últimas consecuencias. Y las traiciones
existieron de cualquier forma.
—Iba a decir que tenemos que
hacer un esfuerzo para acabar con dignidad, al menos. Sabes lo que nos pasaría si
no quedamos con estatus de sobrevivientes.
Se miraron a los ojos, y
decidieron que la “misericordia” no era su idea. El búho seguía en el bar
Prisma, y lo usarían para enterar a todos. Declarar el estado de emergencia era
lo correcto.
No obstante, ya iban tarde. David y
Clarisa tenían la orden de la Oficina para efectuar el gran acto final de esa “misericordia”:
practicarle la operación eutanasia a Edrópoli. Al menos así habría democracia:
todos muertos. Clarisa y David se reunieron por última vez en la base donde fincarían
su morada, que ahora era sólo añicos desperdigados por el universo. Tras un
largo abrazo, ambos se perdieron en opuestos horizontes: ella era la encargada de apagar la imantación de cimientos en el
dodecaedro uno, después de que él encendiera la inundación de ácido en el
dodecaedro 40.
Enri, Afrah y Mónica estaban a
punto de programar a Morek, que a su vez estaba muy ocupado comiéndose un plato
de botana que Rodrigo olvidó en la cocina, cuando el bar, y todo lo que existía
sobre el planetoide se desplomó sobre el mar de ácido, que anegó todo Edrópoli.
Así culminó el simulacro de hecatombe.
El panorama se puso negro durante una hora, y luego una voz mecánica
anunció que el simulador del experimento Edrópoli, generación cincuenta, estaba
apagado. La multitud de sujetos de prueba seguía aturdida en las cápsulas de
reintegración. Muchos incluso habían nacido en el Edrópoli ficticio, y la
adaptación a su nuevo entorno terrestre duraría, por lo menos, un par de años.
La Oficina está en el desierto del Sahara. Llevaban tres siglos recreando
un pequeño planetoide hostil en un satélite gigante sobre el desierto, pero con
atmósfera adecuada para la vida, llamado Edrópoli, descubierto en la cuarta
dimensión en el año 3091. Un grupo de dos millones de personas, científicos y
familias voluntarias de todo el mundo, vivían durante casi toda su vida allí,
con el objeto de demostrar qué tan factible sería trasladar a la humanidad al
planetoide en caso de que la tierra dejara de ser habitable. La convención era
que vivieran como si realmente sus antepasados hubieran naufragado en el sitio, e hicieran sus
vidas personales con los recursos disponibles. Al término de cada período, de
un poco más de veinte años, se cambiaba el grupo, pero los avances y normas de
los antecesores permanecían intactos.
Para buenos resultados, es decir, que lucharan por su vida como si en
verdad fueran a perderla, a quien resultara “muerto” en el fin de Edrópoli, o
se saliera del guion, lo amenazaban con quitarle su patrimonio, cuidadosamente
resguardado en un banco de Suiza, y sus credenciales.
Lo cierto es que no había represalias para nadie. El larguísimo experimento por
fin terminó, y las conclusiones fueron que sólo podríamos sobrevivir en
Edrópoli durante tres siglos, porque la única fuente de agua potable se
terminaría para entonces, y que los vicios de la sociedad humana se reproducen
inevitablemente.
O al menos todo este culebrón fue lo que me contó papá cuando le
pregunté cómo se habían conocido él y mi madre, Afrah, por qué la familia de la
tía Clarisa no lo traga, y cuándo empezó Mónica su carrera política. La
verdad es que no hay rastros del Programa de Simulación Edrópoli, según él porque era
ultra secreto, nadie más me ha hablado de eso, y don Enri será mi padre y
todo, pero tengo que reconocer que no las tiene todas consigo...
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