Cuando los astronautas fundadores naufragaron en Edrópoli, era un lugar árido y hostil para el ser humano. Al principio, quedaron maravillados con la belleza de sus cielos fosforescentes, los brillos mágicos y la posibilidad de visualizar objetos en cuarta dimensión, como los hipercubos. No obstante, al poco tiempo el encanto acabó y algunos murieron de asfixia o sufrieron atrofias cerebrales graves. El grupo restante se encerró en la nave a planear como comunicarse con la tierra, pero fue imposible. En lugar de eso, tuvieron que idear toda una nueva tecnología para adaptarse a su nuevo planeta, y, entre otras cosas, una ingeniera y un médico crearon el cerebro artificial que les permitió a sus compañeros con daño neurológico volver a ser ellos mismos.
Siglos después, la evolución hizo su parte para adaptar a los organismos, incluyendo los de algunos animales que trajeron los segundos astronautas, para respirar y subsistir en el medio de Edrópoli, pero los cerebros artificiales continuaron siendo necesarios, casi tanto como las casas flotantes que reducen el contacto de la gente con los mares de ácido y veneno, porque dichos cerebros no sólo son auxiliares en las contingencias de salud, sino que permiten el aumento de la inteligencia a grados sobrehumanos. Como en toda sociedad, el privilegio de la tecnología favorece a unos cuantos, por lo que en el submundo surgió el tráfico de cerebros artificiales, algunos de desarrollo pirata, otros hurtados, y algunos conseguidos en contubernio con los propios fabricantes.
La realidad en Edrópoli es que, al igual que la antigua civilización madre estaba provista de hardware y software de todo tipo, ya en todos los dodecaedros las personas tenían su cerebro artificial, lo necesitaran o no, y el tráfico de cerebros se convirtió en un negocio tan lucrativo como peligroso.
Y el motivo para narrar todo esto es llegar a la verdad de que el búho telepático era un fraude. No era más que un búho común, el cual cambiaban cada vez que se moría el anterior, equipado con un cerebro artificial de primera línea, y un intercomunicador especial que nunca salió al mercado. Eso descubrieron los anarquistas desde el primer momento en que analizaron al ave y percibieron sus movimientos y palabras mecanizadas, clásicos de un ser de inteligencia inferior o atrofiada, que debía todas sus facultades cognitivas y conductuales al órgano-aparato. El unico interés del bicho, con todo y su nutrido léxico, era que le dieran comida.
El rapto ya no era necesario, pero la misión seguía en pie. Sólo había variado. Lo importante sería descubrir dos cosas: quién estaba detrás del fraude de Morek, y quién dejó al búho en la puerta para que lo descubrieran, y desde luego, Mónica podía proceder a utilizar su "telepatía" como siempre pretendió.
David llamó en ese momento para avisar que la boda daría comienzo. Sería necesario improvisar, pero allí estaba la oportunidad...
Un búho telepático llamado Morek vivía en lo más alto del monte Cuarzo en el dodecaedro uno. Lo aislado de su domicilio se debía
a que era el ser más hostigado por la opinión pública. Por un lado, lo
apreciaban porque ofrecía el servicio de enviar mensajes directo a la
mente de las personas, por una cuantiosa suma, cuando era imposible comunicarse
con ellos por los medios habituales, pero también lo odiaban, además de por sus
precios, porque cualquier mensaje que transmitía, fuera lo que fuera, terminaba
hiriendo la susceptibilidad de alguien.
La mayoría de las misivas que le encargaban a Morek
eran quejas, amenazas e insultos, que iban desde "¿Por qué no fuiste a mi
fiesta de cumpleaños?" hasta "Te mataré cuando menos lo
esperes". Mónica, que era la líder de la hermandad secreta de anarquistas,
había recibido muchos como el último. Ella y su equipo creciente tenían un
ambicioso proyecto de rebelión, y su primer paso era raptar a Morek,
convencidos de que estaba al servicio exclusivo de los poderosos de Edrópoli, y
obligarlo a trabajar para el pueblo de forma gratuita.
Morek convivía exclusivamente con un selecto grupo
de celebridades e intelectuales y con las marmotas del bosque del dodecaedro
dieciocho, a las que apodaban "las fumamotas", por obvias razones.
Acceder a su reducido círculo parecía una tarea difícil, pero idearon la Operación
Red, una estrategia para ir de contacto en contacto hasta Morek. Enri, el
extrovertido tío de Mónica, era el contacto cero ideal. Después de casi
un año, logró hacerse amigo de Clarisa Arista en la universidad. Los Arista no
eran la clase de ricos que socializan demasiado, sino de los que se encierran
en una oficina para generar montones de dinero, que luego no disfrutan mucho
por estar encerrados en una oficina, y así hasta el infinito. Sin embargo, Clarisa invitó a Enri al
cumpleaños de su hermano Luis, y allí estaba el contacto dos, que en
realidad formaba parte de la lista de individuos para contacto tres:
Afrah, la hija de los dueños de toda el agua potable de Edrópoli. Si Enri
conseguía frecuentarla, el plan se aceleraría. Usó con éxito sus encantos
masculinos para atraerla, pero resultó que los Arista también esperaban esa
clase de acercamiento con Luis, el cual a partir de entonces no dejó de
vigilarlo. Por fin, Enri se le escabulló, y entró a un vestidor a cometer la imprudencia de hablar por
intercomunicador con Rodrigo, su otro sobrino.
— ¿Puedes
creer que el dandy estúpido del hermano de Clarisa no me permite
acercarme a nuestro siguiente contacto? Y no sabes lo importante que es.
—¿Y
luego? ¿Yo qué?
— No sé
cómo ser discreto, tú si eres bueno para eso, dame algún consejo para...
Vislumbró una sombra cerca de la puerta. Era Luis. Trató de escabullirse, pero Enri lo
interceptó. En confidencia, Clarisa le había contado a Enri que encontró a Luis
robando un cheque del escritorio de su otro hermano, Jesús. Enri usó esta
información para amenazar a Luis si se atrevía a decirle a alguien lo que
escuchó. Luis no abrió la boca, pero Enri se convirtió a partir de entonces en
persona non grata para los Arista.
Por lo visto, tendrían que comenzar la Operación
Red de nueva cuenta, pero algo inesperado sucedió. Clarisa se enamoró de
David, el padre de Mónica, y decidieron casarse. David era dueño del bar
bohemio Prisma y desconocía que sus hijos y hermano insistían en no cerrarlo,
aunque estaba en bancarrota, porque usaban el establecimiento para sus
reuniones clandestinas.
En una de ellas, una noche lluviosa, revisaban los
nombres de los invitados a la boda, para ver si entre ellos estaba alguno de
los personajes clave que tenían listados, y si no, para inducir a Clarisa para
que invitara a Afrah. En ese momento, en la puerta del bar Prisma se escuchó un
suave golpeteo. Rodrigo se asomó por la ventana antes de abrir. Mojado, pequeño y
sereno, allí estaba, sin hacerse acompañar de nadie, el mismísimo Morek.
A veces es bueno y a veces es cruel. Es bueno cuando se queda detrás de
la puerta y vigila con sus ojos enormes que todo esté en orden, porque todos
tenemos una tarea que debemos cumplir. Él se encarga de asegurarse de que yo no me
siente nunca, porque mi deber es trabajar. Si me canso y me detengo, su
obligación es evitarlo.
Estoy aquí porque quiero llevarme
a mi hermana Dolores a casa. La extraño mucho, es tan dulce y serena, y no me
molestan los disparates que dice o hace, estoy acostumbrada. Asimismo, me siento
culpable de que permanezca internada. Siento que la abandoné, y eso no le
hubiera gustado a papi. A él también lo extraño, pero la muerte no nos regresa
a nadie. En cambio, Lolita sigue viva.
Es cruel cuando se pone el abrigo amarillo y me asegura que soy una
máquina. Dice que yo no me llamo Lola, y que no escuche a las personas que me
llaman así. Yo le obedezco, porque me da mucho miedo el color amarillo, y no
volteo cuando me dicen: "Oye, Lola". Entonces el Señor Estopadisco se
calma y se quita el abrigo y se pone a cantar con su garganta de fibra. Siempre
canta do-fa-mi-sol-si si-re-do-fa-la y eso me gusta... ¡sí soy una máquina! ¡Me
gusta la música para motores!
Lola no tenía signos de
desequilibrio... quiero decir, no tan evidentes. Lo que siempre tuvo fue la obsesión
por mantenerse ocupada. Presionaba a papi para que la pusiera en clases de
todo. Él no tenía mucho dinero, pero le gustaba que fuera tan trabajadora y
estudiosa. Me la empezó a poner de ejemplo y se volvió más estricto. Se las
ingeniaba para inscribirla en cursos de natación, de cocina, de gimnasia, de
fútbol, manualidades, lo que fuera, y yo también me veía forzada a tomar varios.
Sin querer, papi incentivó su trastorno.
Y también sé que soy una máquina, porque hago cosas sin cesar y porque
no me gustan los humanos. A los humanos tampoco les gustamos la gente-máquina,
nos ven como algo raro porque no nos comportamos como ellos, y les da recelo.
Pero no saben que así es como las cosas deben ser. los ojos del Señor
Estopadisco tienen cámaras que transmiten en el cuartel del vigilante superior,
y si el asunto no marcha bien, habrá represalias.
El Señor Estopadisco era un
muñeco que construímos con la estopa aceitosa del taller mecánico de papi, una
patineta para trasladarlo y dos discos de vinilo de Julio Iglesias como ojos. Lo
vestimos con un abrigo viejo y le agregamos otros detalles con botones, pintura
y trozos de juguetes rotos.A veces me
siento culpable por haber hecho aquel adefesio jorobado, y seguirle la
corriente a Lola de hablar con él, pero era un juego infantil, ¿cómo podía
saber..?
Hay sangre en todos los pisos, porque los humanos también se tienen
miedo entre sí. El miedo vuelve locas a las personas, y entonces matan. El
color amarillo también mata. Si lo miramos mucho tiempo, dan náuseas, ciega y
luego nos morimos. No lo vaya usted a intentar. Por supuesto, nada es más
mortal que la locura colectiva…
Uno de los problemas es el miedo.
No el suyo, sino el de los demás a enfrentar el universo absurdo en que vive...
y el mío. A veces siento que también voy a perder la razón, que estoy en la
orilla de ese precipicio y es apenas un hilo de voluntad el que me detiene. Sufro
de depresión desde que asaltaron a papi y lo mataron. Otro problema es que Lola
en ocasiones tiene un cierto contacto con la realidad que la angustia mucho, y
ve las caras de asombro o asco ante sus alucinaciones y la hacen sentir
inadecuada. En cambio, en su delirio es feliz.
No es normal para ellos, lo sé. A veces me doy cuenta de que no, y me
duele no poder ser así, sentarme y trabajar sólo de vez en cuando, y que el
Señor Estopadisco no exista más que en el pasado. Pero es que yo lo veo, yo sé
que está allí. Y también veo otras cosas que sé que sí están allí…. Oiga… ¿a
qué hora viene papi por mí?
Siento haberles hecho perder su
tiempo. Creo que fui egoísta al querer llevármela. Aquí en el hospital hay
jardines, y en mi casa estaría encerrada entre cuatro paredes, sin sus compañeros
de pabellón que no ven nada inusual en su comportamiento. No estoy de acuerdo con
ustedes en que ella no esté lista para salir, pero sí estoy segura de que el
mundo no está listo para acogerla.
Hace algunos
años, Lidia se mudó a un vecindario tranquilo y sencillo. Debajo de su
departamento estaba una minúscula tienda de abarrotes, a los flancos, más
viviendas austeras de clase media, y enfrente había un caserón vacío que
desentonaba con su entorno en dimensión y forma. Aquella casa, que abarcaba
toda la manzana, era un champurrado de estilos europeos y mexicanos, más o
menos conservada, aunque tenía daños estructurales visibles. La pintura azul
marino descascarada aún se percibía en sus techos, y la fachada blanca tampoco
estaba particularmente derruída. A veces, un rayo de sol se colaba entre las
ventanas rotas, y relumbraba algún color dorado o rojo que daba la ilusión de
vida, pero inmediatamente se disipaba. El autobús en el que regresaba Lidia de
su trabajo se detenía exactamente en la entrada de esa casa, por lo que, al
bajar, sus ojos se topaban a diario con la presencia de una sillita vieja y
gastada que permanecía debajo de un arco después de la reja de hierro. Un día,
el autobús tuvo que dejarla unos metros antes, porque un gran camión de mudanza
estaba frente a la casa abandonada. Dos hermanas, sus hijos variopintos y el
esposo de una de ellas la ocuparon esa misma noche. A lo largo de los meses, la
casa se fue recuperando a base de reparaciones, pintura y jardinería. Respetaron
los colores originales, pusieron césped, y aunque no podría decirse que era el
jardín de Versalles, hicieron crecer algunas plantas decentes alrededor
de los columpios que instalaron. Dos coches compactos del año y una motocicleta
entraban y salían de allí sin cesar. Sin embargo, a Lidia le llamó la atención
que a pesar del bullicio y de que a su alrededor habían mutado el arco, la
loseta, el jardín y hasta la reja, la sillita sola y desvencijada siguió
durante años exactamente en el mismo lugar. Nunca la recorrieron un centímetro,
ni repararon ninguna de sus roturas y el óxido del respaldo. A Lidia esto le
intrigaba, pero apenas y saludaba a sus vecinos, como para preguntarles al
respecto.
Con quien
comenzó a relacionarse fue con Paco, el chico del departamento de arriba,
porque coincidió con que se hizo novio de su prima por otro lado. A partir de
entonces, la prima iba al edificio, y se tomaban una copa junto con otros amigos en casa de
él o en la de Lidia. En alguna de esas ocasiones, Paco sacó unas fotografías
viejas para demostrar que no se veía nada bien sin bigote. Entre ellas había
una en la que estaba con unos amigos, sentado en la acera opuesta, con cara de
nabo invertido, en efecto, pero lo que hizo que Lidia se interesara en la
imagen era que se distinguía la casa de enfrente, donde, sentada en
aquella sillita de la entrada, una anciana tejía.
Lidia se
enteró esa tarde de que se llamaba doña Celia y era la abuela de las dos
hermanas. Cuando Lidia recién llegó, la venerable señora acababa de fallecer.
La casa permaneció desocupada muy poco tiempo, pero estaba en mal estado por la
edad y el poco interés de su dueña. Sus hijos y nietos casi no la visitaban,
aunque le pagaban todo. La señora Celia conocía el nombre de todos sus vecinos,
y se interesaba por sus problemas. Mientras tejía bufandas para su prole
durante horas, o remendaba trapos, repartía saludos elegres y consejos a los
muchos que se detenían a conversar. También se le veía en su cocina limpiando
por encima con trabajos o haciéndose algo de comer, salía a misa, y veía sus
telenovelas, pero la mayoría de su tiempo lo gastaba sentada en la entrada. Al
final, ya no tejía, sólo se quedaba allí y clavaba sus pequeños ojos opacos en
un punto fijo. Su anterior entusiasmo se desvaneció y ya solo saludaba con un
ligero movimiento de cabeza y un remedo de sonrisa. Un tarde se fue a
dormir y nunca más despertó. Por amor o por culpa, sus nietas no se atrevían
a quitar la sillita donde pasó la mayor parte de sus últimos años.
Esta
historia afectó a Claudia, la mejor amiga de Lidia, en lo más profundo. Cuando
se despidió de aquella reunión, cruzó la calle para tomar un taxi, pero en
lugar de eso observó la sillita oxidada durante algunos minutos, hasta que
empezó a caer una ligera lluvia. Lidia, sin que ella lo advirtiera, miró a
Claudia desde la ventana, y adivinó lo que estaría pasando por su mente.
Cuando
Claudia regresó a casa, se decidió a llamar a su madre.
—...tenemos
que hacerlo, mamá. Si tú no quieres, yo me encargaré.
La madre no
quiso escuchar más. Claudia, que durante esos dos años prefirió pagar la renta
de un departamento vacío a mencionar el tema, se llenó de decisión de repente. Llegó
al edificio verde de la calle Osa Mayor, y le pareció todo tan familiar y ajeno
a la vez que no supo cómo sentirse. Respiró profundo y entró directo al
elevador antiguo. En el segundo piso no pudo soportar las reminiscencias, y
detuvo el artefacto de golpe. Después de verse en aprietos para abrir la reja
plegable y gatear, porque el elevador no se había alineado aún con el piso,
estuvo a punto de bajar corriendo las escaleras, pero le pareció estúpido
seguir huyendo. Dio media vuelta y subió lentamente hasta el cuarto piso.
Estaba
frente a los números color dorado del 4-C. La llave quemaba en su bolsillo. Por
fin, la introdujo. La puerta se abrió sola. De adentro salió un olor
desagradable, a humedad, cochambre y polvo de años. Todo estaba igual, sucio y
estropeado, pero en el mismo sitio donde Alfonso lo había dejado. Claudia cerró
la puerta tras de sí y lloró todos los llantos reprimidos. Miró a su alrededor,
sin moverse de la entrada. Allí estaba el teléfono donde su hermano menor se
sentaba a hablar con ella por horas, la hielera de las cervezas sobre la barra
de la cocina, los trastes siempre sucios que tanto le molestaban a mamá, el
basurero repleto de vasos y platos desechables, las colillas en el cenicero, la
figura de plástico de Homero Simpson engalanando la mesa de centro y las
cortinas feas de platanitos que Alfonso se llevó de la casa cuando decidió
independizarse.
Claudia sacó
bolsas de basura e introdujo todos los objetos que se le ponían enfrente sin
discriminar, pero despidiéndose de cada uno con ceremonia. Evitó a toda costa
entrar a la recámara, cuya puerta entreabierta era como una pesada amenaza. Por
fin, llegó el camión de carga que había contratado. Subió un señor que,
al igual que el Homero de la mesita, tenía medio trasero de fuera, inspeccionó
la cantidad de muebles y basura que tendrían que sacar, y procedió a traer a
sus cargadores. Uno de ellos abrió la puerta de la recámara sin el menor
reparo, ignorante de lo que había ocurrido allí. Entonces Claudia despertó de
su aturdimiento, y vio en toda la plenitud de la realidad el enorme ventilador
de techo, todavía un poco roto por un lado, al vencerse con la cuerda de la que
se colgó Alfonso. Nunca sabrían por qué tomó esa decisión intempestiva, no era melancólico, ni
sabían que tuviera algún problema, y no poseía precisamente un alma sensible de
poeta...
Claudia sólo se llevó consigo una foto instantánea de cuando eran niños, que
estaba pegada en el refrigerador. Era de las vacaciones de verano del '86. Claudia recordó que en aquella
ocasión, en el coche de regreso de la playa, su familia pasó junto a un
accidente. Habían atropellado a un niño en su bicicleta, y éste había muerto.
Se tuvieron que quedar parados cerca del lugar hasta que recogieron el cuerpo.
Cuando se despejó todo, y pudieron avanzar, Claudia y Alfonso se pusieron de
rodillas para asomarse por el medallón del auto, a través del cual contemplaron
la bicicleta rota que había quedado abandonada en el pavimento, hasta que se
perdió de vista.
LA ULTIMA ROSA DEL VERANO, de un poema de Thomas Moore:
Esla últimarosadel verano,la dejaronfloreciendo sola Todassus adorablescompañerassedesvanecierony se han ido Ningunaflor de suparentela,ningúncapulloestá cerca Parareflejar de vueltasus ruboresydarsuspiroporsuspiro
No dejaré,solitaria, languidecer tu tallo Ya que las hermosasestán durmiendo, ve a dormir con ellas Así, gentilmente, dispersotuspétalossobrela cama Dondetuscompañerasdel jardínse encuentransin perfumey muertas
Y así tal vez pronto yo te siga, cuandolas amistades se deterioren Y delcírculobrillantedelamorlas gemascaigan Cuandoloscorazoneshonestos yazcan marchitos y los corazones amados hayan volado ¿Oh, quién habitaría este mundosombríoen soledad? Este mundosombríoen soledad.