miércoles, 15 de mayo de 2013

EL HOMBRE SIN LÁGRIMAS, parte 3.

 La Dama de Blanco


En la jurisdicción de Ekab heredó el gobierno alguna vez la mujer más brava, soberbia e insoportable de toda la región. Cuando su padre murió y tuvo que convertirse en la Halach Uinik, Amankaya era impulsiva, en ocasiones violenta, parlanchina hasta reventar y siempre esperaba que las cosas se hicieran a su manera, o más bien a su capricho. Tenía una enorme fascinación por la caza y las joyas, y un secreto desprecio por sus súbditos, que la convertían en una persona frívola, grosera y perezosa. Pero no todos le iban a tener la paciencia infinita que le profesaban sus padres, y, hartos de los golpes en la cabeza que les propinaba su señora con su cetro de maniquí cuando algo no le parecía, sus acompañantes en una tarde de caza la abandonaron a propósito en mitad de la selva, a sabiendas de que no le pasaría nada, e iba a regresar. Una vez que estuvieron en el templo ceremonial fingieron que Amankaya se había alejado del grupo y que estaban preocupadísimos por no haberla encontrado.

Entretanto, Amankaya sabía en efecto cómo regresar a casa y no tenía miedo, de lo cual fanfarroneó a pesar de que no tenía más interlocutores que un par de iguanas. Pero, de pronto, mientras cazaba un venado, percibió entre la espesura de las plantas perennes lo que parecía un mono araña que emitía ligeros chillidos. Pensó que tal vez podría añadirlo a su colección de mascotas, pero al acercarse descubrió que no era un mono, sino un niño de aproximadamente tres años. Era pequeño y delgado, y estaba aterido de terror. Amankaya se sintió conmovida al ver a la pobre criatura perdida, y le preguntó qué estaba haciendo allí. El niño, con su lenguaje deficiente, le explico a Amankaya que se llamaba Bej, y que estaba jugando con sus hermanos, pero se alejó de más y terminó extraviado. Amankaya entendió también que vivía en la costa, y pensó que para ella no sería nada difícil regresarlo con su madre. Lo tomó de la mano, y lo condujo sin problema a la orilla del mar, donde el niño sonrió de oreja a oreja al reconocer su aldea. Al mirar abajo y ver la carita sonriente que Bej le regalaba, sin un ápice de malicia y sin necesidad de un motivo mayor que la perspectiva de volver a su hogar, nació un calor en el centro del corazón de Amankaya que nunca había experimentado. El pequeño le señaló una choza, rota por todos lados y manchada de lodo, y corrió hacia ella. La madre escuchó a su hijito y salió a recibirlo, y para agradecerle a la amable muchacha que se lo había regresado, le ofreció una bebida sencilla. En el interior de la choza, Amankaya descubrió un grupo de niños de diferentes edades, igual de famélicos que Bej, y se sintió sobrecogida una vez más, en especial al ver cómo se alegraban de tomar las simples viandas que su madre les extendía. En lugar de compadecer su pobreza, ella fue la que se sintió miserable. Tuvo una especie de epifanía, en la que pudo verse a sí misma desde la distancia, exactamente como era. Comprendió que a pesar de su situación privilegiada, el amor de su familia, la educación exquisita y las riquezas que ostentaba, nunca se le daba gusto con nada, ni le había encontrado la verdadera utilidad a su alto rango. 

Pasó toda la noche caminando y reflexionado en la arena blanca, sobre las muchas bendiciones que le habían otorgado los dioses y las verdaderas responsabilidades que pesaban sobre sus hombros. Cuando volvió al día siguiente, sus hermanos, los bataob, reunidos para una junta de consejo importante, ya estaban a punto del colapso nervioso. Ella no sólo los tranquilizó, sino que se disculpó por haber tardado, ante lo cual ellos se quedaron de una pieza. Era sólo el principio de una profunda transformación.

Amankaya siguió siendo extravagante, iracunda e insufrible, pero trabajó como nunca en un programa a favor de los desvalidos, accedió a casarse con el jefe Ikal, acto que consolidaría importantes lazos comerciales y diplomáticos en el Imperio y se decidió a pasar más tiempo con sus hermanos y su madre, para los que organizaba espectaculares fiestas a menudo. También visitaba a su amiguito Bej y su familia, aunque durante muchos meses tuvo tanto trabajo que no pudo ir a la playa a pasar un buen rato con ellos. Cuando al fin pudo volver, no encontró la choza de Bej. Le preguntó a una anciana que descansaba sobre una roca si sabía lo qué había pasado, y ésta le explicó que todos habían muerto. La madre falleció durante un ataque de un grupo enemigo, y sus niños, que quedaron a cargo de una tía, se fueron consumiendo uno a uno por el hambre y la tristeza. Bej había muerto al último, apenas unos días antes de que Amankaya volviera. 

Después de eso, Amankaya abandonó la suntuosidad de sus vestidos y sus costumbres, y decidió ir siempre de blanco y sin adornos. Se volvió prudente, pacífica, amable y, al paso de los años, sabia. Ayunaba con frecuencia, ya no tenía excesos de ningún tipo, y había filas enormes afuera de su palacio, porque la gente quería su consejo antes de tomar decisiones. En lo que más destacó Amankaya fue en su labor humanitaria, que efectuaba la mayoría de las veces en persona. Fue muy célebre en todas las jurisdicciones, conocida con el sobrenombre de la Dama de Blanco.

Su fama había llegado mucho más allá de las fronteras, y Atzin escuchó desde niño las leyendas de la bondadosa y fuerte halach, incluida su misteriosa desaparición, que ocurrió más o menos cuando él iba al Calmecac, y que tenía vueltos de cabeza a los mayas, quienes excedían esfuerzos tratando de encontrarla. Siempre oyó que la describían como una mujer atlética e inteligente, con la determinación de un guerrero y el corazón de una madre, elegante, aunque sobria, e imponente incluso ante sus enemigos. Cuándo demonios se iba a imaginar Atzin que la anciana sucia que tarareaba frente a él, despatarrada en el piso, con la cara llena de pulpa de mango y que se espulgaba los piojos, era la mismísima reina Amankaya.  

Tras recuperarse del aturdimiento y el dolor de cabeza, Atzin trató de comunicarse con ella, pero no se entendían… en muchos niveles. Después de varios intentos fallidos con señas y ruiditos, Atzin decidió dibujar algo, que indicara que él venía en paz de la lejana Tenochtitlán y lo único que quería era volver a casa. La mente de Amankaya estaba muy confundida, y, también por medio de dibujos, muy bellos por cierto, lo cual delató su nivel educativo, expresó lo que ella firmemente creía: que Atzin era el pequeño Bej perdido en la selva, y que con mucho gusto y amor lo llevaría a su choza en la playa. 

Atzin comprendió, porque conocía la historia de Bej, que se trataba de la gran jefa perdida, y un conflicto ético se apoderó de él: ¿debía regresar a la buena mujer que le salvó la vida con sus angustiados hijos, esposo, hermanos y súbditos, como él hubiese soñado que le regresaran a Meztli y al hijo que iban a tener, o informarle al tlatoani, como era su deber profesional, que tenía a su merced a un personaje amado por el pueblo rival, con lo que podría manipularlos? Su conciencia no podría soportar ver a la admirable Dama de Blanco convertida en pozole para rey, o en un objeto de chantaje político, pero ocultarle un dato tan valioso al tlatoani podía costarle muy caro…


miércoles, 8 de mayo de 2013

EL HOMBRE SIN LÁGRIMAS, parte 2


Memorias.


A Atzin no podían importarle menos los pescados y las chinampas. No obstante, por el profundo respeto y reverencia que debía a sus padres, y a todos los sabios pescadores del calpulli al que pertenecía su casa, aprendió el oficio con esmero y disciplina.

Entretanto, se derramaban sobre su petate otra clase de sueños, o, mejor dicho, reflexiones nocturnas, cuyo contenido apenas alcanzaba a asir, y luego se le escapaban en la mañana.

Cuando empezó a acudir al Telpochcalli, una vez más se empeñó con obediencia en las obras públicas y el entrenamiento militar, aunque lo único que realmente disfrutaba en la escuela eran las matemáticas, los astros y los sistemas de pensamiento, que apenas les enseñaban por tratarse de un colegio de plebeyos. Continuó con sus cavilaciones, que cada vez tenían mayor claridad en su entendimiento, y comenzó a registrarlas por escrito, pero cesó en el empeño cuando descubrió que al lograr méritos en el campo de batalla era posible ascender socialmente, y si las pretensiones intelectuales de Atzin eran notables, parecían nada junto a su delirio de pertenecer a los altos círculos.

La única que alguna vez abrigó el certero temor de que su hijo menor abandonaría el oficio dictado por sus ancestros, fue la madre de Atzin, Yaretzy. Jamás le inquirió nada, ni lo amonestó, afecta como era al silencio. En lugar de regaños, optó por cargar de trabajo al niño. No sólo le pedía traer enormes cantidades de leña para el comal y llevar siempre el arpón, las redes y los anzuelos de su padre, a quien además tenía que cuidar, para evitar que cometiera alguno de sus desfiguros acostumbrados, sino que lo mandó, sin saber que con esto aceleraba lo que más quería evitar, a trabajar con el viejo y extravagante pochteca Yuma como cargador de mercaderías. Entre su madre queriéndole forjar el espíritu y el abusivo de Yuma, a los catorce años Atzin ya tenía el cuerpo musculoso de un hombre mucho mayor, y sus ojos habían visto más cosas que cualquiera de los chicos de por el rumbo.

A pesar de que en ciertas cosas no se ponían de acuerdo, Atzin tenía el carácter de su madre: le gustaban la prudencia y el rigor, y secretamente, aunque jamás lo expresaría en voz alta, nunca se sintió identificado con su padre. Por el contrario, le guardaba cierto rencor. Camaxtli era un alegre y locuaz borrachín, capaz de vaciar de pulque todo el vecindario, bastante negligente en cuanto a pescar las cantidades que debía, o incluso para recordar correctamente los nombres de sus hijos. Las costumbres del patriarca eran un deshonor para la familia, y eso le atrajo a Atzin mucha dificultad para hacer amigos en el Telpochcalli, además de que los veteranos de guerra e instructores lo vigilaban muy de cerca, fiscalizando si él también gustaba de embriagarse, falta que se penaba con la muerte durante la formación de los jóvenes.

Él mantuvo un comportamiento impecable, pero su padre continuó por el mismo rumbo autodestructivo, y, tal como lo había vaticinado el tío Huehue en broma, Camaxtli murió ahogado al caerse de la canoa en un estado más que inconveniente. Cuando Atzin se acercó a consolar a su madre en los funerales, tanto de la pérdida como de la vergüenza, se sintió un poco mejor de que al menos tenía una buena noticia que darle junto con un abrazo…

Una gran idea para confundir al enemigo en el campo de batalla, durante el servicio, le había granjeado que le permitieran terminar sus estudios en el Calmecac, dedicándose al templo como sacerdote durante un año. También se ganó ciertos privilegios, como tener varias concubinas. Pero, contrario a lo que Atzin había soñado, Yaretzy no recibió el logro con gusto, y tanto ella como sus hermanos y abuelos consideraron una afrenta al dios patrono y a ellos mismos que Atzin quisiera encajar en otro lado. Yaretzy, en el fondo, más que preocuparse por eso, leía un exceso de ambición en los ojos de Atzin, algo que no concordaba con la mesura y humildad que para ella debía tener un verdadero hombre.

Con dolor, Atzin siguió adelante con sus planes de vida, y acudió al Calmecac. Pensó que, por ser hijos de nobles, los muchachos de allí lo rechazarían, pero, por el contrario, vivió sus mejores años, lleno de amistades, fiestas, y los conocimientos que anhelaba adquirir. Fue por ese tiempo que lo admitieron en el equipo de los Tlacuaches, y conoció a Meztli, después de asomarse por la barda de la escuela femenil , ocurrencia de Opo el gordo, que siempre provocaba que les pusieran castigos severos. Pero esa vez valió la pena…

En el rostro moreno de su amada estaba pensando, con esa sonrisa que le hizo renunciar a todos los placeres que tenía garantizados, y en Opo el gordo pataleando con el taparrabos atascado en los relieves del muro, como si estuvieran junto a él, cuando Atzin regresó de pronto a la realidad, y recordó que todas esas personas amadas con las que compartió risas y dificultades, estaban muertas. Pero le confortó saber que pronto se reuniría con ellos, en cuanto el personaje escalofriante que acechaba en aquella habitación húmeda de una tierra lejana se decidiera a desprenderse de la oscuridad y atravesarlo de barbilla a estómago con el cuchillo que blandía. Cuál sería su sorpresa cuando sus ojos se adaptaron a la luz precaria, y pudo distinguir a una anciana minúscula, con el cabello esponjado casi hasta el techo, y una sonrisa ridícula de par en par, cuya única pretensión era ofrecerle un rico mango que ella ya había mordido. Necesitaba respuestas para comprender esta situación, pero comunicarse con ella no sería tan fácil, no sólo por el idioma, sino porque la dama no las tenía todas consigo…



miércoles, 1 de mayo de 2013

EL HOMBRE SIN LÁGRIMAS


Atzin, el espía buscador de quetzales. 



El tlatoani se movía impaciente sobre su silla de tule, mientras que su criado hundía las uñas en la pared, en una lucha para que el señor no notara el disgusto que sus nerviosos vaivenes le causaban. 

Era una mañana soporífera, y, para colmo, el pochteca Atzin no llegaba de su misión, cuando había prometido que lo haría desde hacía tres días. 

—No me gusta este día— chillaba el tlatoani —los dioses están de mal humor, y yo también.

Dicho esto, se quitaba alguna joya, o tomaba una de las muchas viandas que le tenían dispuestas y las tiraba al piso. El criado, que prefería ser el próximo sacrificado para contentar a los dioses, que recoger otra de las mugres cuentitas de jade embarradas de chocolate que se desparramaban por toda la estancia una y otra vez, le propuso a su alteza que le permitiera salir a la ciudad a preguntar si alguien había visto a Atzin, tal vez impresionando a las muchachas en el mercado, como le gustaba hacer. 

El tlatoani aceptó, en espera de buenas noticias, pero éstas nunca llegaron, porque Atzin aún estaba muy lejos de la ciudad de México-Tenochtitlán.

Atzin  tenía una inteligencia práctica extraordinaria, y por eso el viejo comerciante con el que trabajaba, que no tenía hijos, le había heredado su puesto. De esta forma, ascendió de ser un pobre cargador de mercaderías en su infancia y adolescencia, a ser el comerciante en jefe de su equipo y el más respetado y exitoso planificador de expediciones. El talento que le había dado la gloria era su forma tan eficiente de buscar y atrapar quetzales: los atraía con un suave canto que él se había inventado, y conducía a las aves, como en un trance, hasta la jaula, o les desplumaba el trasero sin que éstas se dieran por enteradas. El tlatoani, que era fanático de los penachos y los bordados de pluma de quetzal, quedó encantado con los obsequios de  Atzin, pero comenzó a considerarlo como su favorito, e incluso como su amigo personal, porque sabía relatar muy bien todo lo que veía en sus viajes, mejor que ningún otro de los espías-comerciantes del Imperio. Tenía una memoria prodigiosa, y sabía transformar tan bellamente sus recuerdos en palabras, que el tlatoani había mandado llamar a un pintor-escribano para que registrara sus relatos en códices, y así revivir las fabulosas aventuras de Atzin una y otra vez. 

Atzin  tenía sus itinerarios, personales y profesionales, fríamente calculados. Su obsesión con controlar cada detalle empezó a ser excesiva a raíz de la muerte de su amada esposa, Meztli. Por eso, sabía dónde había más y mejores ejemplares de quetzal, cuánto tiempo se tardaría en recorrer cada distancia, cómo mantener a los animales en perfectas condiciones, la cantidad exacta de alimentos y atole instantáneo que debía llevar la comitiva, y pasaba las horas, a veces sin dormir, pensando en técnicas para superar los percances propios del camino. 

En sus inacabables pesquisas, había descubierto que las aves más hermosas y coloridas se encontraban más al este de su acostumbrada zona de trabajo, y les comunicó a sus colaboradores -que se hacían llamar Los Tlacuaches, en honor al nombre del equipo que conformaban en el juego de pelota- que proyectaba aventurarse más allá de los límites conocidos. Estaba seguro de que regresarían el día ocho conejo, y así se lo dijo al tlatoani. Éste lo esperó con ansia, porque necesitaba urgentemente conocer más del poderoso y sabio pueblo del sur, con quien mantenían una fuerte competencia, para saber si debía atacarlos o abstenerse. 

Por eso mismo, las cosas no resultaron como Atzin imaginó, y se encontró en serios aprietos. Para empezar, él y los Tlacuaches tuvieron que adentrarse en una espesa jungla repleta de animales carnívoros y ponzoñosos. Ese no fue tanto problema, porque ya estaban acostumbrados a abatir toda clase de bichos agresivos, pero las cosas se pusieron realmente feas cuando hizo su aparición un conjunto de comerciantes lujosamente ataviados, de por aquellos rumbos, que los superaba en número. Eran unos tipos de lo más raros, con la cabeza alargada en forma de vaina de cacao, y ni ellos, ni sus mascotas, unos micos con los dientillos afilados, tenían cara de ser amigables con los merodeadores. En un principio, como era su costumbre, Atzin intentó negociar con los líderes, ofreciéndoles joyas y telas, a cambio de que les dejaran llevarse unos diez quetzales. Pero estos individuos no sólo no estaban dispuestos a ceder ni un solo pájaro de los que habitaban en sus dominios, sino que pretendían tomar a Atzin y sus hombres en calidad de prisioneros. La pelea sin tregua no se hizo esperar, y, evidentemente, los Tlacuaches llevaban las de perder.

Al igual que el resto de sus amigos, la suerte de Atzin  habría sido funesta, si no fuera porque uno de los micos se robó el broche de oro y turquesa que Meztli llevaba siempre en su cabello, lo único que le quedaba de su amada. Atzin persiguió al primate por una gran extensión de la selva. Cuando por fin derribó al chango, que se defendió rasguñándolo como orate, y le quitó el preciado broche, un mal paso hizo que Atzin cayera por una pendiente. Perdió el sentido y, cuando despertó, ya no estaba en lo agreste, sino en una oscura habitación, recostado en el suelo, y alguien lo observaba desde la penumbra…


miércoles, 24 de abril de 2013

EL QUE DE AMARILLO SE VISTE, EN SU BELLEZA CONFÍA…


"Me visto para matar, pero con buen gusto"
Existe una situación peculiar en la vida en que algo parece perseguirnos de forma fortuita y, sin embargo, con una misteriosa lógica que, por decir lo menos, resulta increíble. Para mí, ese algo que me sigue a todos lados es el famoso concierto de Queen en Wembley, grabado en 1986. Por inverosímil que parezca, suele encenderse en alguna pantalla cada vez que me encuentro en un momento difícil, tan infalible y constantemente, que ya podría decirse que espero y sé que cuando algo turbe a mi corazón, allí estará Freddie para cantarle. 

A pesar de ese raro y hermoso fenómeno -que espero no haber arruinado al tomar plena conciencia de él, y quemarlo públicamente- confieso lo inconfesable para una fanática de hueso colorado: nunca me había tomado el tiempo de ver el concierto de principio a fin y sin interrupciones. Menos mal que eso cambió este domingo, en que desempolvé mi copia del DVD (tengo la versión publicada en 2003).

La conclusión que saqué después de casi dos horas de felicidad paroxística y cantos neurasténicos que hicieron ladrar al perro de los vecinos, fue: “esto merece, como mínimo, que me tome el trabajo de escribir una entrada,  no es que ya esté sobado el tema, ni mucho menos”.

Todo comienza con una especie de alardeo de la magnitud del evento, común en los conciertos grabados de cualquier banda, con el montaje en cámara rápida del tremendo escenario, las luces, el sofisticado equipo de sonido, muñecos inflables, pantalla y demás parafernalia, que nos prepara para el tour de force prometido en Let me entertain you, y que sin duda nos harán efectivo a continuación. Durante este prólogo, suenan los gritos de la multitud, mientras se ilustran los empujones que se propinaron para entrar al recinto, y cuando comienzan los primeros acordes de OneVision casi nos hacemos pipí ante la expectativa de un show intimidante y fenomenal. Así ocurre, excepto por lo de intimidante, porque lo curioso del asunto es que, a pesar de tanto despliegue, y todos esos armatostes colosales que amenazaban con romperle el cráneo a alguien a la menor falla, la sensación es en todo momento de una deliciosa intimidad, como si cuatro amigos queridísimos de siempre nos tocaran con toda confianza en la sala de nuestro hogar.

…O DE SINVERGÜENZA SE PASA.


No voy a continuar describiendo cada canción y movimiento, porque asumo que conocemos hasta el último pestañeo de Freddie en esa bella tardecita, y si no, de cualquier forma es mejor verlo, narrarlo no tiene chiste.

Lo que me limitaré a comentar es que, para todos aquellos que hemos sentido el llamado a colocar nuestros pies en el terreno sagrado del escenario, sea la disciplina que fuere, ver y analizar el desempeño de Freddie es muy recomendable, si no es que obligado. Como en la clase más elocuente y precisa de expresión corporal y vocal, aquí tenemos la mejor cátedra de lo que está esperando la audiencia de un intérprete. Él deja clara la diferencia entre el artista escénico que trabaja para sí mismo, y el que se pone al servicio del público (postura que él definiera en su encantador lenguaje procaz como “soy una prostituta musical”). Sabía escucharlo y adaptarse a lo que está pidiendo, lo cual tiene una importancia cardinal. Eso no impide que haya tenido las notas, letras, desplazamientos y gestos bien calculados (recuerdo, con gran temor a equivocarme, que ensayaron alrededor de un mes), pero es precisamente la suma de las dos partes: rigurosa preparación y flexibilidad ante la disposición de cada auditorio, lo que cambia el nivel de calidad de un espectáculo, no importa de qué tamaño o importancia sea.

En cuanto a May, Taylor y Deacon, creo que el excesivo brillo de Mercury a veces nos hace olvidar que cada uno de ellos tenía luz propia, cosa que no ocurre en todas las bandas, y es justo remarcarlo. Para muestra, uno de los momentos inolvidables en esa ocasión es el solo de Brighton Rock de Brian May, con la aliteración mágica del sonido, de por sí único y virtuoso, que mana de la Red Special; la presencia de John Deacon es discreta, pero imprescindible, como si fuera un cimiento; y la voz,presencia y energía de Roger Taylor me parecen mejores que los de muchos frontmen que se sienten la última Coca-Cola del desierto… sólo que estar sentado detrás de Freddie no era el mejor lugar para destacar.

En fin, para no redundar en un asunto sobre el que se han escrito un mar de loas, críticas y reseñas, hacia el final descubrimos que estamos presenciando el acto de (auto) coronación más merecido en la historia de Inglaterra, y lo único que una puede exclamar mientras hace una graciosa genuflexión cortesana es DIOS SALVE A LA REINA.



miércoles, 17 de abril de 2013

LOS VISITANTES, parte 3.

La Fiesta

Tenía varios meses sintiéndose fatal, e incluso percibió el grave deterioro progresivo en su cuerpo. No había sido falta de conciencia, sino que no le importó, e incluso le causó una amarga alegría saber que pronto terminaría esa vida que ella consideraba un fracaso. Siempre quiso ser ingeniera agrónoma, casarse y tener hijos, pero pensaba que su talento para enemistarse con los demás había ahorcado sus sueños, al igual que la enfermedad misteriosa que mató a todos sus peces, o la que la consumía a ella. Se hubiera conformado con haber alcanzado a reunir el dinero para comprar un pequeño rancho de huertos y hortalizas, pero ya no podría ser. Al menos, tenía alguien a quien dejarle esos ahorros y la casa. Lo curioso es que ya no le generaba ninguna emoción. Todos sus pensamientos estaban centrados en aquel señor japonés, con quien deseaba estar, más que nada en este mundo. A pesar de que no sabía nada de él, al mismo tiempo sentía que no necesitaba hacerlo para desear su eterna compañía.

Perla decidió permanecer en casa de Viviana con su bebé para cuidar a su amiga hasta el final. Por dentro, Perla sentía mucha ira porque pensaba que si Viviana se hubiese atendido a tiempo, estaría curada para entonces, pero luchaba por no demostrarlo.

Cuando recién regresaron del hospital, los diez peces restantes flotaban muertos en el acuario y el olor era indescriptiblemente fétido. Perla vació y limpió el recipiente con infinito asco, y luego se instaló en el estudio, pensando que la obsesión con el caballero Koi de Viviana era un síntoma de que ya estaba desconectándose del mundo. Tampoco creía que la hubiera mordido un lunático, aquella herida parecía una simple cortada.

Unas dos semanas pasaron, y Perla seguía ocultando su enojo, esta vez porque consideraba injusto que la vida le regresara a Viviana para volvérsela a quitar tan rápido. Entretanto, Viviana tenía una actitud indolente cada vez más insoportable, y aunque ninguna se atrevía a reclamarle nada a la otra, el ambiente era denso y lóbrego.

Perla se sentía exhausta, porque Viviana ya casi no podía hacer nada por sí misma, y  le llevó el bebé a su marido. Ese mismo día, cuando acababa de regresar y apenas encontraba un momento de paz, tocaron el timbre con insistencia. Detrás de la puerta, había once personas con trajes de colores, seis mujeres y cinco hombres, y entre ellos estaba… sí, no era su imaginación, un loco con ojos desorbitados y pupilas azules dilatadas que vestía un deformado traje como de rumbero. Cada uno de ellos cargaba con algún elemento para lo que al parecer sería la fiesta del siglo. Sin esperar la reacción de Perla, entraron a la casa y colocaron las deliciosas viandas, licores y vistosos adornos por todas partes en un abrir y cerrar de ojos. Cuatro de ellos se pusieron en una esquina con sus instrumentos musicales y tocaron un vals. Al escuchar la música, Viviana salió de su recámara. Perla, que en ese momento intentaba correrlos a todos, no podía dar crédito al verla. Sus mejillas estaban rosadas y bajaba las escaleras sin dificultad, cuando la había dejado hacía unos minutos casi inerte y sin poder abrir los ojos. Sintieron muchas ganas de festejar. Así lo hicieron toda la noche, mientras daban vueltas tomadas de las manos como cuando eran niñas, en una embriaguez absoluta. Después de varias horas, volvieron a tocar a la puerta. Era el caballero Koi, que indicó a todos con un suave gesto que era hora de dar por terminado el jolgorio. Los otros once obedecieron, y desaparecieron con sus cosas igual de rápido que las habían traído. El caballero se acercó a Viviana y le tendió una mano. Ella entendió que era el momento de irse con él. Acarició el rostro de Perla y la besó en la frente. Luego, ella y su caballero Koi cerraron la puerta tras de sí.

Cuando Perla despertó al día siguiente, se sentía feliz de que Viviana se hubiera marchado con aquel precioso anciano. Entendía perfectamente lo que había pasado y no le dio miedo, ni angustia abrir la puerta de la recámara para encontrarse con el cuerpo sin vida de su mejor amiga.

Perla decidió derribar la casa de Viviana, y en su lugar colocó un pequeño huerto y un jardín zen, con un estanque repleto de carpas koi.


 

miércoles, 10 de abril de 2013

LOS VISITANTES, parte 2


El Guppy Demente.


Perla ya había dejado atrás al novio de la discordia; estaba casada con otro y tenía un hijo de dos años, así que no había nada que aclarar, ni perdonar… ni lo hubo nunca.

Viviana era huérfana, y no pudo tener hijos, por lo que Perla era lo más cercano que tenía a una familia, y se sentía profundamente aliviada por tenerla una vez más en su vida. Mientras recapitulaban todo lo ocurrido durante su distanciamiento, Perla notó a través de la enorme pecera del tamaño de la pared que uno de los peces de Viviana daba vueltas en su propio eje sin cesar. Beaty, el guppy, ya tenía unos días enfermo. En la veterinaria le aseguraron a Viviana que era la calidad del agua, tal vez el PH, pero a pesar de que ella siguió el procedimiento que le indicaron, Beaty empeoró.  

Perla y Viviana observaron al animal, mientras expiraba en el fondo del acuario. Los demás peces danzaron en círculos y se acostaron cerca de él, tal como habían hecho para despedir a Pacino. Era posible que estuvieran enfermos de lo mismo.

Viviana, por supuesto, no relacionó la muerte de sus mascotas con la extraña visita del agradable señor japonés, ni con la del segundo personaje que apareció después de lanzar a Beaty al excusado. Al igual que su predecesor, este hombre nunca pronunció palabra, pero no inspiraba la misma serenidad. Sus colosales pupilas azules, tan asombradas como asombrosas, eran dos discos fijos que reflejaban, por el contrario, una locura desaforada. Viviana retrocedió tras abrirle la puerta. El sujeto era muy flaco, casi podría decirse que se moría de hambre, tenía la barbilla larga y la cabeza y el bigote afeitados. Para acabalar su apariencia psicótica, llevaba un traje de corte desigual, con olanes carnavalescos en rayas y motas en azul y rojo encendido. El loco le recordaba a alguien o algo más, pero Viviana no pudo detenerse a pensarlo, porque el tipo empezó casi de inmediato a perseguirla por toda la casa, con la clara intención de  morderla.

Por fin, la alcanzó, y le dio un señor mordisco en el brazo. Por reflejo, Viviana lo lanzó por las escaleras. Tras rodar unos diez escalones, el fulano se levantó como si nada, sonrió guasonamente, y se marchó. Después de recuperar el aliento, Viviana sintió un dolor intenso y descubrió que la herida en su brazo se veía
grave, y la sangre no paraba de fluir, por lo que acudió al médico. 

Al parecer, la sangre de Viviana no coagulaba, por lo que el doctor consideró pertinente hacerle unos análisis. Viviana se había sentido muy débil y sangraba de vez en cuando por la nariz, pero ella siempre había sido muy enfermiza y estaba acostumbrada a ignorar sus problemas físicos, segura de que a nadie le interesaba. El médico se preocupó más.

Mientras la malhumorada enfermera la asistía, Viviana se entretuvo en recordar que Beaty le había mordido la aleta a Streep en una ocasión, y se portaba tan inquieto que lo había tenido que aislar de los demás. También pensó que el traje y los enormes ojos sin parpadear del loco que la mordió se parecían al cuerpo y la mirada de Beaty, pero juzgó esas coincidencias como irreales. 

Cuando fue a recoger los resultados, le pidió a Perla que la acompañara. Viviana entró al baño casi al llegar al consultorio, y Perla le pidió al médico que le revelara el diagnóstico antes del regreso de su amiga.  Se llevó la mano al rostro al saber que Viviana moriría pronto…

miércoles, 3 de abril de 2013

LOS VISITANTES


El Caballero Koi

Los peces se arremolinaron en el fondo del acuario, justo al frente de su nueva torre de plástico estilo Mordor, después de que Pacino, la carpa koi, falleció. Viviana pensó por un momento que se lo comerían, del mismo modo en que se habían dado un festín caníbal con DeNiro, pero lo que hicieron fue recostarse alrededor de él en un círculo perfecto durante unos cuantos minutos, que a Viviana le parecieron muy largos. Pensó que no sería mala idea preguntarle al de la tienda de mascotas si no habría tirado algo de su hierba por accidente en la comida para peces, en vista de que últimamente hacían cosas así de raras.

Dos semanas más tarde, tocó a la puerta de Viviana un caballero japonés de avanzada edad, pero indiscutible belleza. Su larga cabellera blanca y sedosa enmarcaba un rostro moreno claro de facciones delicadas, lo cual, a pesar de su delgadez y tamaño regular, le proporcionaba una fuerza enigmática a su amable presencia. Vestía un traje de seda blanco, que despedía algunos destellos plateados, y sobre la cabeza llevaba una estrafalaria boina roja que le daba un toque contradictoriamente cómico. Hizo una reverencia y, sin que Viviana tuviera tiempo de preguntar nada, él ya estaba en la sala. En la espalda, su casaca tenía bordados rojos, siguiendo un patrón que ella había visto antes en algún lado. El señor abrió un pequeño cajón con sus diminutas manos repletas de anillos y extrajo un círculo plateado. Viviana no supo cómo reaccionar, aunque después pensaría en muchas posibilidades obvias, pero el caso es que se quedó pasmada y sólo lo observó. El individuo se acercó a ella y puso el círculo en sus manos, estrechándoselas después. Los ojos del sujeto relumbraban como un diamante negro junto al fuego, y su sonrisa era tan franca, a pesar de que apenas se dibujaba con sutileza, que era imposible no sonreírle de vuelta. Sus manos, gráciles y pequeñas, también eran duras, rasposas y cuajadas de cicatrices. El caballero Koi se acercó a Viviana y le dio un beso en la mejilla. Ella lo recibió con un inesperado gozo que le hizo cerrar los ojos, y se quedó tanto tiempo así, que sólo escuchó la puerta cerrarse detrás del desconocido, cuya compañía, sin embargo, hubiese deseado que se prolongara más.

Cuando Viviana por fin vio el círculo que tenía entre las manos, reconoció una de las arracadas de Perla, su gran amiga desde la infancia. Le había prestado esos pendientes en una fiesta de hacía unos años, justo en la cual se pelearon. El problema, que era muy estúpido, nunca se solucionó, y Viviana pensó de repente, por primera vez en todo ese tiempo, que no era tan difícil volver a hablarle a quien consideraba como su hermana. Bastó una llamada por teléfono para que Perla accediera a ir a su casa ese mismo viernes. Mientras tanto, Beaty, el pez guppy, tenía un comportamiento anómalo…