miércoles, 9 de enero de 2013

TRES ESPOSAS, parte 5.

Carmen. Crisis. Clímax.


Un hombre es un hombre era la obra de Brecht que Carmen intentaba recordar desde hacía meses. Sabía que alguna vez vio representada en alguna parte su propia desgracia de asumir una identidad ajena, y, al releer el texto en la biblioteca de Ariel, Julieta le pareció menos trastornada que cuando la escuchó vociferar por primera vez que ya no sabía si era Julieta o Darina. En aquel instante pensó que era una consecuencia de las muchas drogas que se metía, pero ahora ella misma empezaba a dudar si el gesto que estaba realizando frente al espejo era suyo o alguno de los que le había copiado a Altea.

Lo peor es que Altea ni siquiera le agradaba. Como actriz, le parecía anquilosada y chillona, y una diva ridícula en la vida real. Quién le iba a decir que el inicio de su carrera consistiría en captar cada uno de sus movimientos e inflexiones casi las veinticuatro horas del día. Le aterró la sola idea de terminar siendo como ella. Si iba a ser una pésima actriz y una frívola, por lo menos quería serlo a su manera.

Por otro lado, su única esperanza en un mundo que ya no le generaba más que desilusiones, como el fracaso en taquilla y las burlas por la biografía musical de Altea, era el espejismo de que Ariel la amaba. Sin importar cuantas veces se echara al plato a Julieta, o que tuviera deferencias con Emma que a ella jamás le iba a conceder, Carmen se aferraba a la idea de que era enteramente correspondida por él, como a una tabla astillada flotando precariamente en mitad del mar. Con tal antecedente, está de más declarar que el momento de la anagnórisis fue devastador.  

No pudo resistir más y le habló a Ariel de sus sentimientos. Él recibió la confesión enojándose y reclamando que Altea jamás habría tenido semejante arranque emocional. Luego le aclaró que sólo la quería para llenar un poco la ausencia de su único amor, y le advirtió que si le volvía a salir con un discurso estúpido de ese tipo y a abandonar su personaje, la echaría de la casa y se tendría que olvidar de los contactos profesionales que sólo él podía conseguirle. Tras superar su sorpresa al descubrir que existía alguien a quien saberse amado le causaba molestia, tomó la gran decisión. Salió al jardín y en el cuarto de herramientas tomó una cuerda. No se dio cuenta de que Emma leía en el porche, aunque la luz del atardecer ya no era suficiente.

Después de ver las acciones y el estado emocional de Carmen, Emma tardó un poco en deducir lo que estaba pasando. Corrió a tocar en su puerta, pero ella no contestó, con lo cual confirmó sus sospechas. No había tiempo que perder. Ariel tenía una llave que guardaba en su bolsillo con la que se abrían todos los cerrojos interiores de la casa, motivo por el cual Emma siempre atrancaba su puerta con una pesada cajonera. Tenía que pedirle la llave inmediatamente, pero resultó que él acababa de salir. Desesperada, trató de disuadir a Carmen a gritos. Tras escucharla, Julieta apareció, y cuando Emma le hubo explicado torpemente, se sacó un pasador de la cabeza y abrió la cerradura en un santiamén. Emma nunca quiso preguntarle después en qué circunstancias había aprendido a hacer eso, pero fue providencial porque Carmen acababa de colgarse del candelabro, pero aún seguía viva. La bajaron de allí lo más rápido posible, y se cercioraron de que respirara correctamente. No fue necesario llamar una ambulancia.  

Era la primera vez que las tres mujeres estaban reunidas sin que mediara la hostilidad entre ellas. Emma preparó un té y Julieta consoló a Carmen, aunque se echó a llorar también. Cuando las tres estuvieron tranquilas, pudieron hablar de sus experiencias, y descubrir que a pesar de todo ese tiempo viviendo en la misma casa, no tenían idea de quiénes eran esos otros dos seres humanos… tres, contando a Ariel.

Carmen habló del vacío que la había llevado a intentar suicidarse, y cómo no tuvo ganas de escribir una nota porque no se le ocurrió nadie a quien le pudiera importar, ni siquiera a sus padres, que la habían corrido de su casa a los dieciséis años. Julieta se tuvo que encargar de sus hermanos pequeños desde la misma edad, porque su madre era una adicta como ella. A Emma siempre la había apoyado su familia, pero después de su muerte estaba aterrada ante la perspectiva de enfrentarse a la vida sola y al cuidado de una hermana con problemas físicos de gravedad. También les afirmó que Ariel tenía un lado vulnerable… y en ese momento se le ocurrió lo que podrían hacer, por lo menos para experimentar.

Hacía dos semanas, Emma había buscado a Sonia y a su hijo. Al hablar con ellos percibió que en el guión Ariel había omitido muchos aspectos de su exesposa, porque seguramente no le gustaban, entre ellos el propio Moisés. Entonces pensó que la peor lección que podía recibir Ariel era que las tres se comportaran como Altea, Sonia y Darina HASTA EL ÚLTIMO DETALLE. Las tres nuevas amigas descubrieron cierto poder en su unión, y si bien el plan no las ayudaría a solucionar sus problemas, por lo menos serían ellas las que se divertirían ahora…

CONTINUARÁ...

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miércoles, 19 de diciembre de 2012

TRES ESPOSAS, parte 4.


Emma.


Ariel no lo podía evitar: Emma le infundía demasiado respeto. No se atrevía a tocarla o reclamar nada, tal vez reconociendo en ella a un ser superior a su entendimiento, aunque no lo aceptaría jamás, ni siquiera ante sí mismo. Haciendo honor a la verdad, Emma no se parecía a Sonia en nada, y, por otro lado, en contraste con su actitud intransigente hacia Carmen y Julieta, Ariel le permitía gozar de una gran libertad de acción, sin que le importara que ella no representase su papel, cosa que ocurría a diario, al principio por momentos, pero después con frecuencia creciente, hasta que no tuvo ya ni siquiera la obligación de ponerse los vestuarios “estilo Sonia” que se le habían proporcionado. El motivo de fondo era que Emma le recordaba a Sonia en un nivel subjetivo, y no necesitaba formas externas para hacerle sentir su presencia. Fuera de eso, Emma seguía sintiéndose prisionera, y, si no fuera porque su hermana todavía necesitaba una prótesis costosa y rehabilitación, se habría largado sin avisar al tercer mes, no tanto por Ariel, sino por Carmen y Julieta, que al notar sus privilegios decidieron dedicarse a hostigarla hasta llegar a los golpes.

Emma, para colmo, aunque era la única que no sostenía una relación con él, fue la elegida para aparecer como pareja oficial de Ariel. Por eso lo acompañaba a todas partes, como a aquel festejo de las cien representaciones de una puesta teatral.

Después de felicitar a todos los actores, tratando de poner la mejor cara para que no se notara que no les gustó nada el espectáculo, Ariel le invitó una copa a Emma en un bar cercano. Tal vez porque llevaba muchas copas de vino de la develación de placa y dos destornilladores, o porque Emma le inspiró confianza, pero Ariel terminó contándole su vida, sin omitir las partes que estando sobrio habría mantenido ocultas a toda costa. Emma descubrió de repente a un bebé solitario y asustado, que nada tenía que ver con el cotidiano monstruo ególatra, que no soltaba su careta de autosuficiencia ni un instante. 

Una de esas cosas que Ariel no le contaría a nadie en otro momento apenas un poco menos vulnerable, era el motivo del distanciamiento con su hijo: a Moisés le gustaba vestirse de mujer desde la infancia, lo cual le valió el inmediato desprecio de su padre. La ruptura definitiva sobrevino cuando creció y consiguió trabajo en un bar imitando a Thalía, y se fue de casa de su madre para vivir con un hombre. Desde entonces Ariel lo consideraba muerto y no había hecho un solo esfuerzo por volverlo a ver. Emma trató de convencerlo de llamar a Moisés, pero desde luego que no tenía su número telefónico. Estaba el de Sonia, pero era inútil llamarla porque no contestaría. Regresaron a casa, donde Ariel fue directo a vomitar, momento que Emma aprovechó para revisar sus contactos del celular. Había decidido buscar a Sonia y entrevistarse con ella. 

CONTINUARÁ...

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

TRES ESPOSAS, parte 3.


Julieta.


Hay cosas tan grandes o tan minúsculas que sólo pueden pertenecer a una sola persona, y terminan formando parte de ella como en una aleación química indivisible. Julieta descubrió, cuando era tarde, que Ariel le pedía descomponerse en mil pedazos y desaparecer en un vacío de artificios.

En un principio, había asumido una postura de condescendencia hacia él. Estaba dispuesta a complacer al loco, mientras éste siguiera cumpliendo con su parte. Sin embargo, le costó dejarse a sí misma de lado y comportarse día y noche como Darina. Eso no se lo esperaba, porque cuando Ariel le explicó cómo era aquélla, se le figuró tan parecida a sí misma, que supuso que no tendría que hacer mucho esfuerzo para imitarla.

Uno de los problemas principales fue, precisamente, que de un lado estaba la Darina que Ariel se imaginaba, y del otro la que Julieta había entendido. Una vez se vio obligada a entrar cuarenta veces en el comedor, hasta que logró hacerlo tal cual como Ariel tenía en mente, y así en otros episodios, hasta que el asunto terminó volviéndose una verdadera monserga.

Desde luego, Julieta no comprendió bien en ese entonces en lo que se había metido, pero se le manifestó una honda incomodidad, a pesar de que al exterior demostraba que no tenía absolutamente ningún otro interés que pasársela bien. Esto, cabe mencionar, era cierto. Ya estando allí, tenía que aprovechar para darse la gran vida. Acompañó a Ariel a todas las fiestas, se metió todas las sustancias que pudo, se involucró con hombres que jamás habría conocido ni en sus más excéntricos sueños y sobregiró las tarjetas de crédito. Las otras dos fulanas, Carmen y Emma, se le hacían unas apretadas, por lo que le encantaba escandalizarlas sentándose en las piernas de Ariel de la forma más vulgar posible, por ejemplo, en especial frente a Carmen, que se ponía celosa con mucho menos que eso. Con todo y tanta diversión garantizada, dentro de ella continuaba esa zozobra inefable.

Pero esa situación, que era más o menos llevadera, cambió cuando Ariel dejó de preocuparse por la forma y se enfocó en manipular los detalles, a veces íntimos y profundos, muchos de los cuales tal vez se había inventado, o creía recordar de un pasado nebuloso y distorsionado. Lo que era un juego, se tornó en esclavitud. El día en que Julieta intentó rebelarse, no pudo soportar la miseria y el síndrome de abstinencia cuando Ariel la dejó en la calle, y regresó con él. 

Llegó a un punto en que a veces ya no sabía quién era ella, y en las noches dudaba entre pesadillas si alguna vez había sido Julieta Gómez. Tenía miedo de perderse en el torbellino de su desconcierto, y supo que tendría que cambiar su perspectiva o morir… 

CONTINUARÁ...

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miércoles, 5 de diciembre de 2012

TRES ESPOSAS, parte 2

Construcción de personajes.



Carmen estaba indignada, no sólo porque era un vil chantaje, sino porque no tenía escapatoria: era dar un salto cuántico en su carrera a cambio de eso, o continuar con su vida espinosa, alternando la lucha por no ahogarse en un mar de traiciones o sucumbir en un desierto de soledad. Por otro lado, se estaba enamorando profundamente, y la sola idea de compartir a Ariel con otras dos farsantes le reventaba las entrañas. Sabía que iba a aceptar desde el preciso momento en que Ariel le planteó su lunático proyecto, pero necesitaba tiempo para asimilarlo y rescatar aunque fuera una pieza de dignidad. Una noche, entre la humareda de su cigarrillo, asintió con voz entrecortada en el teléfono.

El día pactado, llegó tarde a propósito. En el comedor de la enorme y opaca mansión de Ariel, esperaban ellas. Las tres permanecieron sentadas en puntos distantes, ignorándose del todo. Ariel hizo su entrada triunfal después de quince minutos, que se dilataron hasta parecer siglos, y les extendió sus “guiones” a Emma y Julieta, que de ahora en adelante se llamarían Sonia y Darina.

Emma era una joven castaña de grandes ojos que estudiaba comunicación y formaba parte de una pequeña compañía teatral. La casa de interés social de sus padres, que ella había abandonado hacía unos días para hacinarse en un feo departamento con sus compañeros de clase, se vino abajo, lo que causó la muerte de todos sus familiares. Su hermana menor sobrevivió, pero quedó malherida. Al no tener seguro, la atención médica que estaba recibiendo era insuficiente, y Ariel se aprovechó de eso para ingresar a la chica en un buen hospital a cambio de que Emma representara el papel de su exesposa Sonia. A Emma le costó tragarse todo su orgullo, pero tuvo que aceptar porque la única persona que le quedaba en el mundo estaba al borde de la muerte. Por lo menos, consiguió que Ariel aceptara su condición de descartar las relaciones sexuales, pero aun así sentía como si se hubiera vendido a sí misma como esclava.

Por su parte, a diferencia de Carmen y Emma, que parecían condenadas a morir en la horca, a Julieta no le costó trabajo consentir transformarse en Darina. A decir verdad, entre las intensas y sonoras mascadas que le daba a su chicle se podía entrever una sonrisa entre cínica, curiosa y, desde luego, satisfecha por tener aseguradas sus provisiones de crack durante un tiempo indefinido y haberse mudado de su casa de lámina en Neza a esa casota tan padriuris.   

Una vez entregadas y expuestas las indicaciones exactas de cómo debían vestir, comportarse y hablar de ahora en adelante, así como las fotografías de Sonia y Darina, la orden de Ariel fue que Emma y Julieta se encerraran en sus habitaciones, decoradas al gusto de las respectivas exesposas, y no podrían salir hasta que concluyeran la metamorfosis. En cuanto a Carmen, ella ya tenía casi listo el papel que representaría en la ficción y en la realidad. Ariel le pidió a ésta última que se quedara con él, pero ella se levantó en silencio y se encerró en el estudio que era de Altea, y que permanecía intacto desde su muerte. 

CONTINUARÁ...

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miércoles, 21 de noviembre de 2012

TRES ESPOSAS, parte 1.


El Incidente Incitador.

Ariel Méndez se sentó en cualquier silla del comedor y de un soplo cayó en la cuenta de que estaba extremadamente aburrido. Su trayectoria como guionista y compositor había sido exitosa, con altas y bajas, pero La Irremediable Sentencia bastaba para darle regalías suficientes para vivir como sibarita el resto de sus días sin volver a escribir nada, y eso sin contar la cuantiosa herencia de su difunta tercera esposa. Irreflexivamente, se había hundido en su mullida situación hasta llegar a ser víctima de una falta de significado sistémica. Repasó sus últimas vomitivas tardes con bouquet a piña revenida, y extrañó como nunca a su preciosa Altea, musa de sus mejores creaciones, y la única mujer que amó  y admiró de verdad, después de su madre. Dibujó entre sus dedos su rostro afilado, pero ya no encontraba nada de ella en el aire, antes impregnado de su cuerpo, su aroma y su fuerte personalidad. Solo flotaba el polvo: ceniza de otros tiempos y de su propia existencia. 

Altea había fallecido prematuramente en un accidente de tránsito. No tenía mucho de haber protagonizado La irremediable sentencia, pero su carrera se estancaba poco a poco, y eso era insoportable para ella porque nunca amó a nadie ni a nada como a su profesión. Una ironía para Ariel, pues el amor de su vida lo trató igual que él había tratado a sus otras dos esposas, a su hijo y a todos los demás: con una altiva displicencia condescendiente. Altea murió tan aparatosamente como vivió, casi como si lo hubiera planeado… Súbitamente, una idea recorrió todo el cuerpo de Ariel, como si fuera un viejo electrodoméstico empolvado que se encendió después de años en desuso. ¡Tenía que filmar la vida de Altea! Comenzó en ese instante a escribir todo lo que recordaba de ella. Empezó por su infancia en Toluca con unos padres conservadores que reprimían su vocación… pero se quedó estancado en la tercera página. Daba igual, podía recurrir al biógrafo. Lo realmente importante y complicado era encontrar a una actriz que la interpretara.

Durante meses, Ariel revisó todas las películas y series de televisión de moda, e investigó a quienes fueran semejantes en físico y talento. No obstante, ninguna ERA Altea. Se obsesionó con encontrar a alguien capaz de convertirse en ella, más allá de la caracterización. Eligió a las que se parecían más y tenían un historial similar, pero a todas las desechó tras la audición. A esas alturas, ya estaba listo el guion de lo que sería un biopic musical de épicas proporciones, y la casa productora que financiaría el proyecto se estaba poniendo impaciente. Entonces, la encontró. Fue en un supermercado, mientras se surtía de jícamas, que Ariel vio por vez primera a Carmen en una pantalla. Su personaje era el de una secretaria sin trascendencia en un insulso programa, pero su estela refulgente atravesaba sin piedad a la actriz protagónica hasta hacerla pedazos. Después de varias entrevistas, la visitó. Esa diosa que fumaba en el balcón de un cuartucho de azotea, sabiéndose menospreciada, era la mismísima Altea en sus días de universidad, cuando sufría su anonimato con el gesto doloroso y enigmático de una madre trágica de García Lorca o una mujer incomprendida de Ibsen. Casi tuvo el impulso de llamarla Altea en un par de ocasiones. Durante la preproducción no dejaba de pensar en Carmen, ¿se estaría enamorando, o era sólo la falsa ilusión de tener a Altea de vuelta? Precisamente ese último pensamiento fue el génesis de su retorcido plan de auto-resurrección.

Aunque sus otras dos ex-esposas no habían sido tan fundamentales en su vida como Altea, reconoció muy para sus adentros que nunca se había sentido despierto e inspirado más que cuando alguna de ellas estuvo con él, y de repente las erigió como una especie de Santísima Trinidad del universo a escala de sus sueños.

Sonia, su primera mujer, era una comunicadora seria, tranquila y con una inteligencia privilegiada, que provenía de una familia tan culta, como pobre y siniestra. Ariel odiaba sentirse inferior a ella y por eso luchó con uñas y dientes por sobajarla. Lo consiguió, hasta que ella dejó de amarlo y se marchó para siempre, junto con el hijo de ambos, Moisés, a quien Ariel prefería considerar muerto. Su segundo matrimonio fue con Darina, una chica mucho más joven que él, a la que conoció en una fiesta, y con quien le fue infiel a Sonia. Provenía de un barrio bajo y era drogadicta. Supuestamente soñaba con ser modelo, pero no tenía ninguna disciplina. Ella pensaba que quería usar a Ariel para escalar en el mundillo de la moda, pero en realidad él sólo era su medio para surtirse de cocaína. Sin embargo, era una rubia despampanante que le practicaba unos excelentes felatios, por lo que Ariel le cumplió todos sus deseos huecos. Su divorcio ocurrió porque ambos eran infieles, y por simple desgaste. 

Y tal vez por demasiado alcohol, demasiada imaginación, o por el desbordamiento de su excentricidad y egolatría, Ariel eclipsó su cordura en la espiral de sus elucubraciones, y se le ocurrió que la fuente de su genio y juventud eternos sería traer de vuelta al mismo tiempo a esas tres esposas. No iba a llamar a las auténticas Sonia y Darina, que estaban viejas y colgadas, sin mencionar que lo odiaban y lo mandarían al diablo, sino que, al igual que buscó a Altea incansablemente en otra persona, buscaría a aquellas Sonia y Darina que lo hicieron feliz, y entonces realizaría su más grande montaje, el de su propio paraíso. Puso manos a la obra inmediatamente… 

CONTINUARÁ...

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miércoles, 14 de noviembre de 2012

ERES, SOLAMENTE.


No eres en mi mundo, pero estás implícito en él como el alma de un cuerpo.

No me dices quién eres, pero tu boca habla incesantemente del contenido de mi vida.

No me miras, pero en tus ojos, pozos frescos con fondo de obsidiana, veo más allá de lo obvio.

No escuchas mi voz, pero me sientes, y me intuyes de tal forma, que tu imagen nace sola de la niebla que mana de la distancia y de las horas.

No respiras el viento de mi boca, y aún así, en mi nariz hay un aroma constante que es el tuyo.

Y lo sé porque eres en mí, aunque la demente que se hace llamar vida haya creado un océano de circunstancias que te hacen parecer ajeno.

Me das algo tan sublime, que me libra incluso del perro rabioso que acecha al abrirle las puertas a la idea de ti.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

LA COLEFICCIÓN, TEATRO: YERMA



Análisis de "Yerma", de Federico García Lorca


Son extrañas las formas en que obra el universo, ya que me encuentro con que el día en que decido publicar con nostalgia mi primer análisis para la inolvidable clase del profesor Fernando Martínez Monroy, resulta ser su 25 aniversario como Maestro. Que sirva como una especie de felicitación. 

Creo que fui un poco dura con la pobre Yerma, y hay cosas que sobran o que faltan, pero no quise cambiar ni corregir nada:

            La manera en que Lorca llama a su personaje principal, “Yerma“,  traduce mucho más de ella que el simple hecho de su incapacidad para tener hijos: una esterilidad absoluta del alma -por decirlo de alguna manera- que no le permite disfrutar su propia vida. Por esto, busca crear una nueva persona que supla esta pérdida de sentido de su existencia.    
           
            Su afán de tener ese hijo responde a un par de objetivos: el primero tiene que ver con su propia madre, la cual “no sintió haber dejado” cuando se casó con Juan, al cual, por cierto, no ama. De esta contundente sutileza, se infiere que prefería estar con el tipo X que le escogió su padre a continuar al lado de su madre, por la razón que fuere. Esto le ha generado la arraigada idea de ser la madre sacrificada y perfecta, quizá por el temor de repetir un esquema que le pareció inadecuado. Por otro lado, posee una delirante e imperiosa necesidad de sufrir, porque sólo algo tan fuerte como el dolor le hace sentir elevada en medio de su frustrante cotidianeidad.
           
            Juan goza enormemente de vivir el día a día y de ser la víctima de su mujer. Sin embargo, se sabe tan terriblemente débil e inseguro ante ella, que incluso manda por refuerzos, sus dos hermanas, quienes se comportan como Juan quisiera que fuera Yerma, lo cual significa que él tampoco la ama. Ellas permanecen mudas en su presencia, mientras que Yerma habla incluso mucho más que él. Las cuñadas fungen también como una especie de centinelas que cuidan “la honra“ de un matrimonio ajeno, quizá porque con sus vidas no tienen gran cosa que hacer. Juan está obsesionado con esa honra, pero no es capaz de salvaguardarla él mismo porque sabe que contra Yerma no puede.
           
            Dentro de Yerma hay una progresión de la simple decepción al desquiciamiento, que anecdóticamente comienza con su insatisfactoria vida sexual con el marido, y que culmina con el asesinato de éste. En la primera escena es evidente su actitud maternal hacia Juan, especialmente por el detalle del chantaje, pero también se hace manifiesto el hecho de que no es conciente de ello. A continuación, se enfrenta a múltiples estímulos externos: su amiga María descubre que está embarazada y va a presumírselo. Desde aquí, Yerma anuncia con bombo y platillo que terminará volviéndose lo que ella considera “mala”, lo cual es un deseo en el fondo de su corazón que aquí brota empujado por la envidia. Aún así, conserva algo de esperanza todavía. 
           
            La Vieja 1 trata de hacerle ver la verdad: la búsqueda del placer como medio para la vida plena, que conoce por su experiencia, pero Yerma escucha sólo lo que se amolda a su concepción, y, por el contrario, su odio crece y la envidia se fortalece, lo cual se pone a la vista cuando le advierte a la Muchacha 1a sobre los cerdos antropófagos y el peligro de dejar a su hijo pequeño a merced de ellos, con el claro deseo de que, en efecto, una muerte horrible le ocurra a aquel bebé. Y esto es porque su amargo rencor ha tomado -metafóricamente- la forma de esos cerdos antropófagos, devorándola por dentro, y ella tiene la extraña idea de verse a sí misma como hija suya. Así que si su hijo está muerto sin haber sido concebido, ¿Por qué tendría que estar a salvo el de la otra?
           
            Luego está la presión social, ya que se considera que una mujer que no tiene hijos no sirve para nada, y sus ganas locas de encajar le hacen creer aquello. Sin embargo, hay quien opina que no tener hijos es mejor, empezando por su esposo, pero ella hace caso omiso a estos comentarios, porque solo escucha lo que satisface su obsesión de penar y de basar su vida en lo que no tiene.
           
            A pesar de que siente atracción por Víctor, lo rechaza, porque sigue negándose al placer, (lo cual es una constante) hasta que él se va, y con él lo poco de alegría o esperanza que quedaba en Yerma.
           
            Cuando recurre al rito pagano de fertilidad con tintes obviamente manipuladores, ya no cree que ni eso la convierta en madre, y luego tiene un arranque instintivo de cariño hacia Juan, pero él la rechaza. Estos dos factores desatan el odio y la ira que tenía guardadas. Ataca a Juan, (a quien sentía culpable de su incapacidad para embarazarse) y sólo hasta que él esta muerto y es demasiado tarde, llega su anagnórisis: Juan era la persona en la que volcaba su maternidad frustrada. Ha matado al único hijo que había logrado tener en la vida. Por otro lado, Juan ha cumplido su propósito: ser el esposo mártir.
           
            Al deducir el estilo impreso por Federico García Lorca, hay pistas que desde una perspectiva superficial indican cierta supeditación al sino y a la suerte por parte de los personajes, como la creencia de que quien no ha de ser madre, no lo será porque una fuerza superior así lo dispuso, y se acabó. Esto implica que si Yerma se resiste a ello, será castigada, como, en efecto -aparentemente- sucede. Sin embargo, la línea de acción va en la dirección contraria, porque los sucesos son evidente responsabilidad de los personajes, y su línea de pensamiento tiene objetivos que se manifiestan de manera muy precisa. De hecho, tanto Yerma como Juan consiguen lo que inconcientemente deseaban, lo cual los exenta, en términos subjetivos, de ser víctimas del cosmos. Por ello se infiere que es un tratamiento realista que no permite sensación de dulzura, ni de lástima.