
"Es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es tan sólo encantadora o aburrida." -Oscar Wilde
Los debates socio-políticos maniqueos de sobremesa, incluso cuando se llevan a
cabo con serenidad y sentido –cosa que rara vez ocurre- generan un sentimiento desagradable
en los interlocutores, que va de una ligera preocupación a la más desenfrenada
psicosis paranoide… peor si conlleva alguna disyuntiva ética. Pero en el momento actual, en que todo es un torbellino de ideologías, violencia, sospechas y transiciones caóticas, creo que es en particular complicado ver las cosas con una perspectiva adecuada, o por lo menos saber qué rayos significa "adecuado" o qué es "correcto". A ese terrible sentimiento que se agolpa en la boca del estómago con ciertos temas, y a las discusiones con socialistas que no sueltan su
iPhone, les dedico esta entrada, pero también planteo un conflicto engorroso concreto: para cambiar el paradigma económico actual ¿bastaría con ignorar que estamos inmersos en él y patalear en su contra? o ¿si no puedes con el "enemigo", únete a él?
Hace pocos años, me vi envuelta en una dramática controversia sobre si es "adecuado" o no para una empresa social o cooperativa
aceptar dinero de una empresa capitalista, con cuyos procedimientos, ha quedado
bastante claro, no estamos de acuerdo muchas veces. El ejemplo
ingenuo específico
era si seríamos capaces de recibir un financiamiento cuantioso de
Coca-Cola. Un par de camaradas se
mostraron en una postura muy radical, levantando el dedo flamígero para indicar
que si una empresa osaba aceptar dinero de
Coca-Cola,
entonces
ellos no la aprobarían como
empresa social y perdería toda credibilidad para hundirse en la negrura de la
nada. Yo, mientras tanto, pensaba para mis adentros: 1.- ¿Alguien en la vida
les va a preguntar, o le importará un sorbete, lo que opinan estas personas sobre
la credibilidad de su empresa social?, y 2.- ¿En qué universo paralelo
Coca-Cola destina recursos, y además en
abundancia, a pequeñas empresas con misión social o cooperativas?
De entrada, esa
discusión en particular tenía mucho de absurda, e incluso resultaba improcedente,
por esas y otras razones, pero creo que el tema medular es preciso tocarlo en
algún momento de la vida, a pesar de que por punto medular entiéndase una espina
clavada en el trasero.
Con mucha seguridad, expuse lo siguiente, aunque en realidad el asunto me llenó de conflictos y dudas hasta el insomnio:
En
consideración a algunos preceptos del cooperativismo: cooperación y apertura, supuestamente
se descarta la idea de excluir a alguien por su raza, sexo, religión o
ideología política. En “ideología política” cabría suponer que si tú eres capitalista o de derecha,
aún puedes participar, y que cualquiera que esté dispuesto a aportar algo es
bienvenido, porque ese tipo de apertura en la cual sólo admitimos a quien nos
cae bien, o no nos haga “ver mal” ya empieza a oler feo. Por otro lado no me
parece que la vida sea tan fácil como para andarse con remilgos ante una buena
oportunidad. Otro de mis argumentos más importantes fue que, si no estamos de
acuerdo con los procedimientos de X empresa, y queremos que desaparezca de la
faz de la tierra, ¿en qué le afecta que rehuyamos su ayuda? Es como lanzarle bolas de papel a un búnker. En resumen, me
parece que no somos tan importantes como para suponer que con el látigo del
desprecio abatiremos a Coca-Cola (a
menos que todos dejemos de consumir sus productos). Por ahora, las que tienen el
dinero y el poder son precisamente ESAS empresas, y si queremos formar parte de
la repartición justa de los recursos, tenemos que buscar la manera de “bajarlos”.
De hecho, esta idea me parece surgida de la más elemental lógica.
De ahí, como una persona que, sin ser apolítica, no comparte las ideas de ninguna postura radical, me pareció
que hacer alianzas con empresas grandes no es precisamente opcional, sino
FUNDAMENTAL para dar el gran paso hacia la economía social solidaria. Esto significa
darse cuenta de que los “capitalistas” no son entes extraterrestres o unas
máquinas sintéticas (aunque no falta el conspiracionista que opina lo
contrario, pero eso lo dejamos para
otra edición de HPP), también son seres humanos y tendrían que incluirse en esta teoría de inclusión
–utilizo tremendo pleonasmo a propósito-, para que así un día pueda haber un
cambio sustancial en nuestro destrozado mundo. De otra forma, es
comer pan con
lo mismo, la misma gata pero revolcada, o como gusten. Pero entonces viene el nudo en el estómago... ¿cuáles son las implicaciones?
Cuando leí
sobre
Mohammad Yunus, premio Nobel de la paz, que hizo un trato con Adidas para fabricar calzado accesible para los pobres en Bangladesh me confirmó en principio lo
que yo pensaba. La virtud de este hombre es que sabe observar lo que la
gente de verdad necesita y se compromete a hacer lo que sea necesario. Menciona
también, no sé si de manera ilusa, que las empresas capitalistas pueden empezar a cambiar su manera de
hacer las cosas al sentir la satisfacción de ayudar. No obstante, tengo entendido que el proyecto no funcionó, y que es muy probable que la intención de Adidas fuera promocionarse en India, donde nunca usan tenis, sino sandalias de manufactura local.
Pero aún así.... ¿Se trata de ayudar de verdad, o sólo
parecer bondadosos y alternativos? De
elegir la primera, lo que digan los demás o el riesgo a fracasar no importa, siempre y cuando no se dañe a nadie
(cito a Yunus cuando le decían que si se aprovechaban de él las empresas: “¡Que
se aprovechen de mí todas las empresas!”). De elegir la segunda entonces
impediremos hasta la ayuda más urgente con tal de no herir nuestro prestigio. Los problemas empiezan cuando confundimos principios con falso orgullo, y gritar como mono aullador con tener la razón.
Y, en fin, siempre se nos ha dicho con sabiduría que de política y religión no hay que hablar, para evitarse altercados... pero, por otro lado, en términos de literatura dramática: sin conflicto no hay acción.
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