Araceli Guízar
Nunca he creído en la reencarnación, pero de ser real, haber
sido Gandhi o algo así es la única explicación que encuentro para tener una
madre como la mía, un balance fuera de lo común entre belleza, talento y
bondad. Todos piensan que su mamita es la mejor del universo, pero aseguro
categóricamente que lo que yo declaro arriba es mucho más que sólo un rapto de
histeria amorosa.
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Aclaro que jamás he probado el LSD |
Ya hablando en serio, mi madre es algo así como un unicornio
volador mágico color dorado, con el cuerno de la súper sabiduría cósmica, que
deja tras de sí una estela multicolor de polvo de risas, flores y chocolate. No
exagero. No hay un sólo día que no prodigue gestos amables, consejos útiles y
acertados, que no cocine un postre (ahora mismo me está ofreciendo uno) confeccione
un vestido o regalo personalizado, que no atienda a alguien si está enfermo o
decaído, y todo esto sin discriminar si se trata de alguien que le ha hecho
daño o que no conoce, y a pesar de que a menudo no recibe el agradecimiento
merecido. Por el contrario, a veces tiene reacciones negativas a cambio. Hay a
quienes su entusiasmo les molesta, porque hace resaltar por contraste su amargura
y sus feas caras, supongo, y a veces provoca irritación porque si el bienestar de
alguien depende de, digamos, que se coma su sopita, y el sujeto en cuestión reacciona de esta forma:

...ella insistirá como en aquella tortura china de la gota constante en la
cabeza, hasta que no quede más remedio que comerse la fregada sopita. Sin
embargo, entre refunfuños, una tiene que aceptar que se siente mejor, más
cómoda, y que, como siempre, la señora tenía toda la razón desde un principio.
Su forma de ser, tan inteligente, generosa y cálida, tiene su contraparte en
una sensibilidad muy delicada, por lo que la lastiman con frecuencia. Pero me
imagino que eso es lo que pasa cuando un súper unicornio mágico está forzado a
vivir en un establo común como es este mundo cruel. Con todo, a pesar de que yo intento disuadirla a
veces, nunca deja de comportarse exactamente igual que antes, ni pierde su
sonrisa y positividad.
A pesar de su instinto maternal híper desarrollado, de joven
tenía ambiciones intelectuales y profesionales elevadas, que se toparon con la
férrea resistencia de mis abuelos. La abuela la había educado para
el servilismo y el fervor religioso, no para los conceptos racionales y mucho
menos para el arte. No obstante, mi madre desplegó sus alas a como diera lugar.
Entró a trabajar en un banco a los diecisiete, mientras estudiaba la prepa
nocturna, y, aunque lo tenía más que prohibido, también comenzó a estudiar
teatro a escondidas. Cuando mi abuela se enteró, le gritaba cuando llegaba a
casa terribles imprecaciones que no tengo permitido reproducir en este espacio, aunque a decir verdad nunca la corrió de la casa, ni nada parecido.
Pero Araceli no cejó, trabajando y estudiando duro de sol a sol, hasta que entró a la facultad de Filosofía,
donde fue una estudiante ejemplar y comenzó a escribir poesía y otras cosas que
después, por desgracia, quemó. Por suerte, sí existe un libro suyo de poesía
que se publicó años después, y espero que pronto se decida a comenzar a
escribir de nuevo.


Cuando pudo hacerse de su propio dinero, pues la mayoría lo
empleó a través de diez años en apoyar la economía familiar y echar a perder a
sus sobrinos con paseos y regalos (como me echaría a perder a mí más adelante), se mudó de Morelia a la ciudad de México
para iniciar su carrera de actuación. Logró cosas que, dadas las circunstancias
tan difíciles, son admirables. Llegó a protagonizar en la Compañía Nacional de
Teatro, a participar en puestas de Teatro Universitario, independiente y
comercial, y también figuró en televisión. Allí, una buena señora de la que era
amiga le dijo que le faltaba ser "más cabrona" para ser estrella. Lo
que no sabía esta dama era que su gentileza y honestidad no significan bajo
ningún concepto que sea débil de carácter.
Con la descripción que hice, que insisto en que no es una idealización,
no es de sorprender que le llovieran los enamorados (tiene un manojo bien gordo
de cartas y poemas de intelectuales, catedráticos y hasta políticos, y como dos
o tres trabajos originales de artistas plásticos de buen nivel), pero con su
forma de ser tan estricta y ética ella sólo tuvo unas cuantas relaciones
sólidas de larga duración, con hombres a los que en verdad amaba, y entre los
cuales se cuenta el señor que propició mi existencia.
Ella creía que había encontrado a la persona ideal para
asentarse y formar una familia, pero cuando quedó embarazada el tipo resultó
estar muy lejos de dar la talla. Tuvo que encargarse de mí ella sola. Al
principio todo fue muy bien, hasta que
tuvimos un accidente en la carretera del que salimos vivas de milagro. Después
de eso, tuvo que abandonar la actuación, y tomó empleos fijos como correctora
de estilo en la Secretaría Michoacana de Cultura y coordinadora de eventos
en la cámara de Diputados de San Lázaro. Después quedó desempleada y nuestras
penurias económicas comenzaron. A lo largo de la vida ha tenido que fluctuar
entre un montón de empleos, autoempleos, y regresos esporádicos a la escena. No
obstante, tuve una infancia plena, que aún añoro, enteramente gracias a ella.
En cuanto a mi origen, nunca se inventó un triste fallecimiento, o el divorcio
de un matrimonio inexistente, sino que contó la verdad, tan cruda como era, y
sin embargo con delicadeza. Mi conclusión fue que estábamos mejor solas que con
un señor como aquel, y la falta de padre nunca fue un trauma para mí, pero
huelga decir que las conclusiones de sus conservadores padres, fueron muy, pero
muy diferentes. Con la situación cada vez más complicada, la familia y amigos
que en otro tiempo se le pegaban como abejas a la miel desaparecieron de pronto
como quiméricas ilusiones.
Cuando a mí se me ocurrieron similares locuras vocacionales
a las que ella tuvo, su reacción fue de apoyo absoluto y me advirtió que tanto la actuación como la literatura son un apostolado, repleto de sacrificios
(ya lo veo), pero que ella los afrontaría a mi lado. Sería tedioso poner las
anécdotas, pero lo que ha hecho por mí, además de hacer a un lado su vida
entera, incluye pasar carencias, críticas a raudales, permitir sin chistar que
yo no le ayude en la casa ni aporte ningún dinero, muchas mudanzas salvajes,
que incluyen dos a Europa que fueron, según el punto de vista común, síntomas
de que ambas perdimos la cabeza, dos admisiones en escuelas de teatro de alto
rendimiento, y hoy mismo no podría actualizar este blog, ni escribir la novela
en que trabajo actualmente, ni buscar soluciones para el futuro incierto, si no
fuera por ella, que siempre está detrás
para impulsarme, o adelante para jalarme como burro, y hacerme pasar por encima
de mis límites, como mi fobia social y tendencias depresivas. Mis logros,
muchos o pocos, lo acepto con humildad, son más suyos. Es su fuerza, buen
sentido, su capacidad para materializar lo imposible, y su forma de rechazar
con severidad que me victimice, exalte mis defectos o deje de trabajar duro y
sin tregua por mis objetivos, el verdadero motivo por el cual la cosa no
terminó conmigo cortándome las venas en la adolescencia.
Creo que toda niña insegura debería tener una Araceli interior.