sábado, 9 de mayo de 2015

HORRORES POSTAPOCALÍPTICOS PRESENTA: Revolución XXI, o los ríos de hipocresía galopante.


Seguramente alguna vez hiciste algo que te hizo sentir una profunda vergüenza, que tal vez no mostraste al exterior, pero que estaba presente para ti como un hierro candente en tus vísceras, como aquella vez que le hiciste calzón chino a un compañero, cuando se te salió un comentario insensible, cuando tiraste basura en un hermoso bosque o cuando no le dijiste a un vendedor que te había dado dinero de más en el cambio. Pero lo que te convierte en un ser humano es precisamente ese arrepentimiento que te enseña a no hacer esas cosas nunca más, quizá no solo por el bienestar de los otros, sino por hacer más soportable vivir en tu piel. Eso es consciencia de sí mismo, y todos tenemos una historia como aquéllas inscrita en nuestros recuerdos. Bueno, no todos… precisamente de quienes quiero hablar hoy es de esos seres que carecen de esta cualidad: del que ves pasar un día marchando con una pancarta por los derechos humanos, y al otro, aunque de milagro puede operar un teclado, está usando un hashtag abominable como el #MujerAprendeTuLugar del jueves pasado; de la que no pierde oportunidad para reclamar que los políticos son viles ladrones, pero en casa explota, humilla y priva de prestaciones básicas al personal doméstico,  o de aquél que defiende a los animales a costa de su integridad, pero hace un año que no visita a su abuela enferma. 

No necesito aclarar que no se trata de un fenómeno aislado, sino de una verdadera plaga, algo así como los sapos de Egipto, pero más repugnante. Porque no hay otra palabra que se pueda usar para definir lo que provoca la hipocresía, que es algo así como una melcocha putrefacta que se usa para embadurnar la realidad. ¿Por qué alguien se desprecia tanto para esconderse debajo de semejante porquería? No sé si estés de acuerdo, lector/a, pero en ese sentido es preferible un cínico, porque sabes a quién tienes enfrente. Por lo menos acepta que lo que quiere es que le rindan pleitesía, y ser popular en su mundillo, y no disfraza exactamente la misma pretensión con una heroicidad puramente auto-publicitaria y vacía.

Pero yo no soy una predicadora moralista, sólo una humilde persona preocupada por el rumbo de su sociedad, así que cada quien verá lo que hace… pero ese es exactamente el punto al que quiero llegar. Cada quien toma sus elecciones, y no tenemos por qué meter la nariz en los asuntos ajenos. No entiendo de dónde salió la noción de ir por la vida, no sugiriendo, sino ordenando a los otros sobre por quién deben o no votar, lo que tienen que comer, comprar, decir, pensar, leer, amar, qué tipo de entretenimiento deben preferir… es insano. Y si los que sí parecen predicadores de ni Dios sabe qué doctrina fueran un modelo de ascetismo y autocontrol, entonces a lo mejor al verlos tirar a la basura su laptop, regalar su auto y propiedades, dejar de comprarle dulcecitos al narco, e irse al campo a comer bayas orgánicas, ejercitarse, meditar y trabajar la tierra para los niños hambrientos, mientras tratan a todos con igualdad y amabilidad, tomábamos en cuenta su verborrea, porque al menos tendría algo de verdad y sentido. Y aun así no es seguro porque, una vez más, todos tenemos libertad de decidir lo que nos pegue la regalada gana.

Por supuesto, hay personas que nos cambian, nos ayudan y nos mueven, pero ellos y ellas no parlotean, arman barullo, chantajean, pintan edificios patrimonio de la humanidad y se hacen las interesantes: ACTÚAN, sin mendigar ni exigir seguidores y reconocimiento. Su Revolución discreta es la que tal vez nos garantice un futuro.


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