sábado, 7 de febrero de 2015

EL TAROT POÉTICO DE H. RUANO, CAPÍTULO FINAL.


La Rueda de la Fortuna, el Juicio Final y la Estrella.

Úrsula estaba tan interesada en seguir escuchando a Iris, que le había llamado a su novio para cancelar su asistencia al paseo, e invitó a Iris y a su hija a tomar un café en su departamento y continuar con el relato. Mientras ella las guiaba hasta la puerta de su casa, Iris sólo tenía una imagen, breve y concisa, que se repetía una y otra vez en su conciencia: 
   
Las manos sudorosas  de Jacobo temblaban recargadas en sus rodillas, pero el resto de su cuerpo sentado en el suelo del recibidor era el de una estatua. Cuando escuchó la puerta abrirse no reaccionó. Fue hasta que Iris se acercó a él que levantó los ojos, y en ella se clavó la certeza helada de que otra tragedia había ocurrido. 

Iris no sólo tenía una extraordinaria memoria de aquel instante, sino que lo volvía a vivir cada día. Para ella su hermano Jacobo era lo más preciado, la persona que en aquél momento amaba más, y ese sólo gesto suyo de una tarde distante se quedó como un dolor que no se disolvía con el paso de las décadas. Se preguntó a sí misma si no se quedaría muda al llegar a esa parte de la historia.

Úrsula puso la cafetera y luego se sentó.


—¿Y cómo fue que un tipo que usted describió como un cínico y machista de primer orden le obedecía a Abigail Duarte al grado de tirarse al vacío? 

—Porque Bernardo podía ser así, pero era también era un joven inocente, activo, lleno de sueños y ambicionesa. Es más, me atrevo a decir que era un idealista. El sueño y ambición de Abigaíl, que era una mujer demasiado experimentada e inteligente, era jugar con las personas como con las cartas de su Tarot, porque así es como estaba estructurada su mente. No sé si llamarle malvada, porque no podía evitar vernos a los demás de ese modo, y creo que realmente estaba convencida de que Bernardo necesitaba morir joven para ser el poeta que quería ser.

El café estaba listo, y mientras llenaba las tazas en la cocina, Úrsula recordó algo que le enseñaron en la preparatoria. Nunca fue buena en la escuela, así que hasta ese momento no relacionaba una información que, al igual que cualquier vestigio del procedimiento para resolver ecuaciones, había dejado en el absoluto e intencional olvido. 

—Respóndame otra cosa, señora Iris—inquirió mientras acomodaba el plato de galletas en el centro de la mesa —De repente recordé dos historias de mi clase de literatura: ¿Acaso es Abigaíl Duarte la señora que se suicidó en Notre Dame?

—No, esa fue Antonieta Rivas Mercado.—respondió Iris mientras se llevaba su taza a los labios. 




—Ah… ¿y tampoco es aquella otra a la que su amante la estranguló? 

Iris se quemó la lengua con el café al escuchar aquello. Hubo un silencio elocuente, y luego simplemente se dedicó a narrar desde donde se había quedado.

Después de lo que ocurrió con Lucena, Tadeo prefería huir que terminar estrellado en el piso, y sin haber encontrado una pista de sus padres, pero lo que le hizo continuar con el Tarot Poético fue precisamente que empezó a sospechar que el loco de la esquina podía tratarse de su padre.  Lo único que sabía de él eran dos cosas: que había sido un mago, y que estaba mal de la cabeza, y esas dos piezas parecían encajar en el vagabundo que, además, no se separaba de la casa de Abigaíl.  

El segundo turno en el juego era de Paulino, pero él sacó "La Estrella", el comodín del juego, por lo cual quedó exento de participar. No parecía sorprendido. Tadeo sacó las tres cartas, y  resultó: "El sumo sacerdote, los amantes y el mago".

 
Qué curioso... el mago.— comentó Abigaíl con intención. "En la visita del Sumo Sacerdote-será la dulce comunión de los cuerpos-cuando el mago se presente". 
 
En un momento en que se quedó solo con Paulino, éste le pregunto a Tadeo si no le parecía curioso que Abigaíl acabara de concertar la visita de Tathagata, y ahora a él le resultara lo de “la dulce comunión de los cuerpos” y la indirecta de “el mago”.

Por supuesto que sí, pero, ¿cómo podría Abigaíl amañar el juego si él mismo había barajado  y tomado cada una de las cartas al azar? Paulino levantó los ojos al techo, y luego tomó la baraja y la extendió con los arcanos descubiertos. Sólo había tres cartas repetidas varias veces: “El sumo sacerdote”, “Los amantes” y “El mago”. Tadeo no pudo evitar extrañarse, pues él había visto a los demás arcanos hacía un momento. Paulino le aclaró que Abigaíl la había cambiado sin que él se diera cuenta, y que le daba igual el orden porque al final el resultado de lo que quería expresar sería el mismo: llevarse a la cama a Tadeo, y hacerle ver que era imposible engañarla, pues sabía que era el hijo de Hilda Ruano desde el primer día.

Abigaíl regresaba del tocador, por lo que Paulino y Tadeo quedaron para hablar más tarde.




En la madrugada, en una calle solitaria, finalmente Paulino arribó, una hora después de lo concertado. Se disculpó, porque había tenido que esperar a escuchar los ronquidos de Abigaíl para evitar que lo descubriera saliendo de la casa. 

—A mí ya me tiene harto esa vieja. Nos ha destrozado la existencia a muchos, y no hay manera de hacerla pagar porque siempre va un paso delante de todos, y ni le importaría. Pero ya supe lo único que puede llegar a sentir: frustración. Así que lo que le aconsejo, joven, es que encuentre el modo de echarse al plato a otra dama el día del tal Tata de la gata, o como se llame, y le dé en toda la torre a la pinche harpía.

Después de seguir el consejo, y de que Iván mostrara su identidad sin mayor indagación, Tadeo y Paulino pensaron que le habían ganado aquella partida Abigaíl, pero, como cualquiera que lo hubiese intentado antes, estaban equivocados. Ella envió a Paulino, que ya no quería cargar con la existencia de nadie en sus manos, a colgar a Iván con una sábana, bajo la amenaza de distribuir fotos de él vestido como mujer… cosa que de cualquier forma hizo, lo que provocó que humillaran públicamente y le dieran una paliza al hombre, que luego desapareció.

Después de visitar a Hilda en casa del señor Pepe Luis, Tadeo le prometió a Iris que se encargaría de hablar con Jacobo, para que cancelara su boda, que ya estaba a unos días de celebrarse. 



Dos días más tarde, Jacobo no estaba en la casa ni en su oficina, así que Iris fue a la mansión de Abigaíl. Paulino aún trabajaba allí y le abrió la puerta. Abigaíl, como siempre, se hizo del rogar para recibirla y se quedó en el piso superior. Iris fue directo al cajón de los arcanos, los puso en un cenicero grande junto con el libro que Hilda Ruano había escrito con el único objetivo de poner un ejercicio de escritura a sus alumnos, y les prendió fuego. Luego le gritó a Abigaíl que no iba a permitir que volviera a hacerle daño a nadie nunca más, y que podía seguir haciéndose la idiota en su recámara,  y luego salió azotando la puerta. Continuó buscando a Jacobo en la casa de todos sus parientes y amigos, sin éxito. Entonces empezó de nuevo y llamó a sus padres para saber si él había llegado. Como la respuesta fue negativa, volvió a casa de Abigaíl, y fue cuando encontró a su hermano totalmente trastornado en el piso. 

—Bebimos mucho, le eché en cara lo que me contó Tadeo, ella me dijo algo como: “Sólo a través de la poesía he podido convertirme en algo parecido a una humana, la idea de una poesía trasladada a los hechos me obsesionó”, y … creo que la maté. 

Mientras Jacobo se derrumbaba y se jalaba el cabello, Iris subió. Abigaíl yacía muerta sobre su cama, casi en la misma posición que Bernardo, con los ojos desorbitados, y la marca de dos manos sobre su cuello. 
Jacobo se entregó a la policía y pasó casi toda su vida en la cárcel. Tadeo le confesó a Iris que, aunque en un principio la utilizó, se había enamorado profundamente de ella, le pidió matrimonio, se casaron,  tuvieron hijos, y todo transcurrió como en una novela rosa, hasta que Tadeo falleció de cáncer y el notario abrió, junto con su testamento, una declaración póstuma: él había estrangulado a Abigaíl, con la complicidad de Paulino, que puso droga en la bebida de Jacobo. Tadeo después traicionó también a Paulino, pues fue él quien distribuyó las evidencias de su travestismo.



Exoneraron a Jacobo, que ya no duró demasiados años al lado de Iris, pero sí fueron suficientes para que ella pudiera dejar de odiar a Tadeo, pues él mismo Jacobo le enseñó lo que es el verdadero perdón. El día de su muerte plácida, Jacobo no había dejado de ser el muchacho que se asombraba con el atardecer, aún en el cuerpo de un pobre viejo que pagó un crimen ajeno.

Úrsula seguía conmovida horas después de que Iris y su hija se marcharon. Decidió que los recortes de su bisabuelo se los daría a su padre, para que lo agregara a la colección de recuerdos familiares. En cuanto a la última copia del librito de Hilda Ruano, que seguramente estaba bastante editado de acuerdo a los designios y caprichos de la Duarte, lo quemó. Al ver las llamas, pensaba en Pepe Luis, Iván, Hilda, Iris, Jacobo, Lucena, y en las oscuras elecciones de vida de su tío Jorge, de Abigaíl y de Tadeo. Tal vez Úrsula no era tan creativa, terrible y apasionada como todos ellos, pero si sería la que pusiera el punto final a la historia.



post signature

No hay comentarios.:

Publicar un comentario