sábado, 6 de diciembre de 2014

EL TAROT POÉTICO PROHIBIDO DE H. RUANO. CAPÍTULO 2.


El sumo sacerdote, los amantes y el mago. 

 

Hacía cinco días que Bernardo Lucena moría al caer al vacío en circunstancias sin aclarar, e Iris iba camino al cementerio en aquella tarde esplendorosa. Una vez allí, prefirió mirar, en lugar del féretro que introducían al foso, un árbol que se mecía al viento como lo haría en cualquier otra ocasión, y comparó en su mente los ojos muertos de Bernardo con las pupilas vibrantes de Tadeo, que en ese momento se clavaban pensativas en la lápida. De pronto, un vagabundo anciano y demente que vivía en una esquina afuera de la casa de Abigaíl, donde presentaba algo así como un espectáculo que involucraba latas oxidadas y un zapato viejo, gritó a todo pulmón, como lo hacía cada día en la calle para conminar a damas y caballeros a verlo manipular basura con brazos ondulantes de bailarín:

—¡Es el tarot poético!

Paulino, el asistente personal de Abigaíl, un hombre tan alto y fuerte que inspiraba miedo, se aproximó al viejo para invitarlo a abandonar el camposanto por las buenas, pero éste siguió insistiendo con su absurdo:

—¡El tarot poético! 

Esa tarde, mientras tomaban un refrigerio en casa de Abigaíl, aún conmocionada por la muerte de Bernardo, Iris tuvo el valor de confesarle a Tadeo que lo amaba. Él la miró un instante con extrañeza, y un dejo de incomodidad. Iris no necesitó más para dar media vuelta y alejarse de él. El rechazo en su mirada era contundente y recibir otra estocada sería mortal. 

Tadeo, no obstante, consideró necesario recordarle con la voz más alta que pudo que tenía una novia formal, y lo sentía mucho. Iris siguió su camino, como si no hubiera escuchado. 

Meses más tarde, Iris oía recitar Haikús de aficionados en un bar, cuando Tadeo la interceptó de manera inesperada. 

—No vale la pena perder una amistad como la nuestra, Iris. 

Iris sabía que él tenía razón, pero le parecía imposible continuar como antes, se sentía humillada, en especial porque era varios años mayor que Tadeo, y ya se consideraba una solterona. Como si él adivinara sus pensamientos, le aseguró que no tenía por qué avergonzarse.

—Sé que siempre te ha encantado todo lo de Oriente.— Tadeo cambió el tema a continuación, mientras oteaba escéptico a la mujer obesa que leía su Haikú con manos temblorosas—Hemos preparado la visita de varios monjes tibetanos para el mes siguiente, entre ellos el pequeño Tathagata, el más joven en alcanzar la iluminación, y harán una ceremonia en casa de la maestra Duarte. Supongo que querrás venir.

Por supuesto que a Iris le interesaba ir. Jacobo fue por ella a la casa de sus padres, y entre los dos les inventaron otro compromiso con Abigaíl, pues no querían lastimar su fervor católico, o que les impidieran acudir a un evento que les causaba tanta curiosidad. De cualquier forma, a los señores Gabaldón les disgustó que Abigaíl hubiera invitado a Iris a dormir, con el supuesto fin de convivir un poco más con su futura cuñada.

El día de la ceremonia los monjes rezaron varias letanías en su idioma, mientras uno de ellos tocaba los cuencos tibetanos. El pequeño Tathagata meditó casi todo el tiempo, sentado en un cojín al fondo de la sala en flor de loto, pero irradiaba luz y serenidad incluso con los ojos cerrados. Cuando terminaron la primera parte por fin se levantó el niño y se acercó a cada uno de los asistentes para imponerles sus manitas suaves sobre la cabeza. Lo que sintieron fue insondable, casi como experimentar la esencia del amor. Tathagata les entregó a cada uno un puñado de arroz y un collar de hilo verde.

Cuando se fueron los monjes a su hotel, Iris y Tadeo observaron por la ventana al vagabundo, que dormitaba en plena calle, y se preguntaron por qué habría ido al entierro de Bernardo. Tadeo dijo que le parecía que en aquel viejo, como en todos los locos, había una sabiduría misteriosa y que le había escuchado balbucear sobre una mujer que amó por sobre todas las cosas. Se acercó al decir esto al oído de Iris. ¿La estaba seduciendo? Ella se sintió aún más herida en su orgullo, y lo apartó.

Se hizo tarde. Abigaíl le indicó a Iris una recámara espaciosa y decorada en una monocromía de color turquesa, y le trajo otra manta y un poco de leche tibia. 

—Te invité porque me gustaría que nos acercáramos un poco más, como familia, y dejar atrás la relación de alumna y maestra— le dijo, y le acarició una mejilla. Era obvio que ella y Jacobo querían tenerla de su lado para defender su relación, a menudo atacada por propios y extraños.

Conversaron durante una hora sobre la boda y los acontecimientos recientes, y, varios minutos después de que saliera Abigaíl, tocaron suavemente a la puerta de Iris, que aún no lograba pegar el ojo. Pensó que era Abigaíl, pues suponía que estaban solas en la casa, pero se trataba de Tadeo. No le dio tiempo a hablar y la besó, pero Iris lo empujó con tal fuerza que casi lo tira por el barandal de la segunda planta. A la nueva acometida de Tadeo ya no pudo resistirse, y esa noche la pasaron entre las sábanas.

Apenas clareó, Tadeo salió a la calle con sigilo, e Iris lo acompañó a la puerta. El loco vagabundo hacía su acto sin sentido, pero se detuvo al ver a Tadeo besar a Iris suavemente en los labios. Esperó a que se alejara, para interceptarla

—Niña, no dejes que te incluyan en el tarot poético. Te he visto, tienes buen futuro, niña, no dejes que te metan al tarot. 

Iris le llevó la corriente, se desafanó de él, haciendo arcadas al recibir su olor a orines, cebo y excremento, y cerró la puerta. Unas cuantas horas después, Jacobo llegó por ella para llevarla de vuelta a casa. El viejo volvió a gritarle lo mismo, que no permitiera que la incluyeran en el tal tarot poético. Iris empezó a suponer que algo tenía que significar eso en su mente trastornada. Lo que no sabía era que su advertencia le había llegado tarde.
 
CONTINUARÁ...
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Imagen del monje niño cortesía de arztsamui, imagen de pareja cortesía de imagerymajestic; imagen del hombre mayor cortesía de stockimages en FreeDigitalPhotos.net

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